EL GATUPERIO

ELIGE IDIOMA

MENU

OTOÑO



No me gusta el otoño por el cambio de hora. De pronto, la tarde se encoge y la noche llega antes de que uno haya terminado de entender el día. La luz se retira con una prisa que parece personal, como si tuviera algo pendiente con nosotros. Y los días, ya de por sí breves, se vuelven extremadamente cortos, casi tristes.


No me gusta el otoño porque los árboles dejan caer sus hojas. Sé que es su manera de renovarse, que no hay caída sin un ciclo que la explique. Pero, aun sabiéndolo, me cuesta mirar las ramas desnudas sin pensar que todo termina alguna vez. Las hojas abandonan su sitio una a una, y el suelo las recibe en silencio. Hay algo en ese gesto que se parece demasiado a una despedida.


No me gusta el otoño porque me devuelve recuerdos de tiempos mejores. No siempre son recuerdos alegres; a veces basta una luz, una calle húmeda o el sonido de la tarde para que regrese una época entera. Entonces comprendo que la memoria también tiene estaciones: algunas nos abrigan y otras nos dejan a la intemperie.


Y no me gusta el otoño por el cambio de hora, porque hace que el tiempo parezca pasar aún más deprisa. Como si alguien hubiera adelantado el reloj no solo una hora, sino también los años. La tarde se va, el día se apaga, y uno se queda preguntándose en qué momento empezó a correr todo.


Quizá no me disguste el otoño por lo que es, sino por lo que me recuerda: que la luz mengua, que las cosas cambian y que ningún tiempo —ni siquiera el más querido— puede quedarse para siempre. Tal vez por eso me cuesta aceptarlo. No porque caigan las hojas, sino porque, al verlas caer, algo dentro de mí reconoce su propia forma de despedirse.