Columna barroca y despiadada sobre el reguetón y su hermano “urban”
Confieso, con la solemnidad de quien ya ha visto demasiadas modas musicales como para seguir fingiendo entusiasmo, que el reguetón —y su vástago más joven, ese que llaman “urban”— me producen un hartazgo tan profundo que sospecho que, de seguir así, acabaré pidiendo asilo acústico en algún monasterio cartujo.
Porque el reguetón, ese ritmo monocorde que repica como un martillo neumático con complejo de poeta, ha logrado una hazaña que ni los conquistadores, ni los reyes, ni los profetas: invadirlo todo. No hay rincón del reino donde uno pueda refugiarse sin que, desde algún altavoz traicionero, surja la misma cadencia repetida, ese tum-tum-tum que parece el latido de un corazón aburrido de sí mismo.
Y no hablemos de su hermano menor, el llamado “urban”, que no sé si es música, tendencia o un experimento sociológico para medir cuánto ruido puede soportar el oído humano antes de rendirse. Ambos estilos comparten una cualidad admirable: la capacidad de sonar idénticos incluso cuando cambian de canción. Uno podría escuchar diez temas seguidos y jurar que es el mismo, solo que más largo y más resignado.
Las letras, por su parte, merecen estudio aparte. Son poemas de una profundidad tal que harían llorar a Homero… de risa. Metáforas tan sutiles como un ladrillo, rimas que parecen escritas por un loro con resaca y una obsesión temática que haría sonrojar a un adolescente. Todo ello envuelto en una solemnidad que pretende ser sensual, pero que recuerda más a un manual de instrucciones mal traducido.
Y, sin embargo, ahí están: omnipresentes, inagotables, indestructibles. Como si el universo hubiera decidido que la humanidad necesita un castigo sonoro por sus pecados. Vas al supermercado: reguetón. Subes a un taxi: reguetón. Enciendes la radio: reguetón. Entras en un bar: reguetón. Te despiertas de madrugada para beber agua y, desde la calle, un coche pasa escupiendo reguetón como si quisiera evangelizarte a la fuerza.
Yo, que crecí creyendo que la música era un arte y no un electrodoméstico, observo este fenómeno con la misma mezcla de horror y fascinación que sentiría un naturalista al descubrir una nueva especie de insecto ruidoso. No sé si es que nací defectuoso para este ritmo o si simplemente me niego a aceptar que la repetición infinita es ahora sinónimo de modernidad.
Sea como fuere, mi desazón es sincera. No porque desprecie la música —Dios me libre— sino porque detesto la tiranía del ruido disfrazado de tendencia. Y porque, en el fondo, sospecho que el reguetón no es un género musical, sino un estado mental del que algunos escapamos por pura dignidad estética.
Si algún día descubro qué embrujo tiene esta música para conquistar almas y oídos, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin bailar.
Si quieres, Vicente, puedo llevarlo:
más venenoso, estilo Quevedo con insomnio
más solemne, como un discurso académico contra el ruido
más humorístico, tipo monólogo de teatro
más devastador, sin piedad ni misericordia
Tú decides cuánto filo quieres que tenga la próxima estocada.
Si el gran Quevedo levantara la cabeza —y conociéndolo, la levantaría solo para volver a enterrarse— al escuchar el reguetón que hoy retumba en cada esquina, pediría a gritos que alguien le devolviera el siglo XVII, donde al menos el ruido tenía dignidad y las letras no parecían escritas por un loro con fiebre.
Porque este género, que algunos llaman música con la misma ligereza con la que un borracho llama “arte” a un grafiti mal hecho, ha logrado una hazaña digna de estudio: convertir la repetición en dogma y la pobreza lírica en virtud. Todo es igual, todo suena igual, todo late igual: un tum-tum-tum que parece el martilleo de un herrero cansado de vivir.
Y luego está su hermano menor, el llamado “urban”, que no sé si es música, moda o un castigo divino por nuestros pecados modernos. Ambos estilos comparten una cualidad admirable: la capacidad de sonar idénticos incluso cuando cambian de canción. Uno podría escuchar veinte temas seguidos y jurar que es el mismo, solo que más largo y más resignado.
Las letras, por su parte, son un espectáculo digno de sátira. Quevedo, maestro del insulto elegante, habría disfrutado diseccionándolas como quien abre un melón pasado: metáforas de saldo, rimas que lloran pidiendo auxilio y una obsesión temática tan estrecha que parece escrita por un adolescente con prisa y pocas luces.
Y sin embargo, ahí están: omnipresentes, omnipotentes, omnisonantes. En el supermercado, en el taxi, en el gimnasio, en la calle, en la ducha del vecino, en la boda, en el funeral, en la comunión y hasta en la sala de espera del dentista. No hay escapatoria. El reguetón es el mosquito del siglo XXI: pequeño, insistente y capaz de arruinarte la noche con tres notas mal puestas.
Yo, que aún creo que la música debe elevar el espíritu y no aplastarlo, contemplo esta invasión sonora con la misma mezcla de horror y fascinación que sentiría Quevedo al ver a un noble bailar perreo en palacio. No sé si nací defectuoso para este ritmo o si simplemente me niego a aceptar que la vulgaridad repetida mil veces se convierte en tendencia.
Sea como fuere, mi hartazgo es sincero. No porque desprecie la música —Dios me libre— sino porque detesto la tiranía del ruido disfrazado de modernidad. Y porque, en el fondo, sospecho que el reguetón no es un género musical, sino un estado mental del que algunos escapamos por pura dignidad estética.
Si algún día descubro qué embrujo tiene esta música para conquistar almas y oídos, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin mover la cadera.