NOVELA NEGRA | Capítulo III: La Mujer de la Voz y el Hombre de la Farola
Donde la ciudad empieza a hablar, y lo que dice no gusta nada
La mañana siguiente amaneció con un cielo gris que parecía tener resaca.
Vicente también.
No había dormido bien.
No por miedo, sino por esa sensación pegajosa de que algo se había puesto en marcha sin su permiso.
Se preparó un café que sabía a nada y se sentó frente al ordenador.
Intentó escribir.
No pudo.
Las palabras se negaban a salir, como si también ellas estuvieran vigilando la calle.
La frase que Camilleri habría usado le vino a la cabeza:
“Cuando la mente está ocupada en sobrevivir, la pluma se queda muda.”
Tenía razón.
III.1. El hombre de la farola
Vicente bajó a la calle con la excusa de comprar pan, pero en realidad quería comprobar si el tipo de la farola había sido un espejismo o un problema.
No estaba.
Pero el hueco que había dejado parecía más real que él.
Un vecino, el del tercero, estaba fumando en la puerta.
Un tipo flaco, con cara de haber visto demasiadas cosas y entendido muy pocas.
—¿Ayer viste a alguien raro por aquí? —preguntó Vicente.
—¿Raro? Aquí todos somos raros —respondió el vecino—. Pero sí, había un tío que no era del barrio.
—¿Qué hacía?
—Nada. Y eso es lo que más me mosquea. La gente que no hace nada siempre está haciendo algo.
Vicente asintió.
Camilleri habría aplaudido esa frase.
III.2. La voz sin rostro
De vuelta en casa, el móvil vibró.
Un mensaje.
Número oculto.
“No deberías preguntar tanto.”
Vicente sintió un escalofrío que no quiso admitir.
No contestó.
No borró el mensaje.
Lo dejó ahí, como quien deja un cadáver en la habitación para recordar que la muerte existe.
Se sirvió otro café.
Esta vez sabía a preocupación.
III.3. La comisaría de barrio
Decidió acercarse a la comisaría.
No para denunciar —todavía—, sino para tantear el terreno.
El inspector de guardia era un tipo gordo, con bigote triste y ojos de haber leído demasiados informes y muy pocas novelas.
Se llamaba Inspector Luján, pero tenía cara de llamarse otra cosa.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó sin levantar la vista.
—Una llamada rara —dijo Vicente—. Una mujer que me propuso blanquear dinero.
—Ah, eso —dijo Luján, como si le hubieran hablado del tiempo—. Están a la orden del día.
—¿No le preocupa?
—Me preocuparía si hubieras dicho que sí.
—No dije que sí.
—Entonces no me quites tiempo.
Vicente lo miró con incredulidad.
—¿Y si hay algo más detrás?
—Siempre hay algo más detrás —dijo Luján, levantando por fin la vista—. Pero si quieres que investigue, dame algo más que una voz bonita y un número fantasma.
Vicente salió de la comisaría con la sensación de que la policía era como el café de esa mañana:
caliente, pero inútil.
III.4. La pista inesperada
De camino a casa, pasó por un locutorio.
Uno de esos sitios donde la gente entra con prisas y sale con problemas.
En la puerta, una mujer discutía por teléfono.
Tenía la voz rota, el pelo recogido de cualquier manera y un acento que no era de aquí ni de allá.
Vicente se quedó helado.
La voz.
Era la voz.
La mujer colgó, suspiró y entró en el locutorio.
Vicente la siguió con la mirada.
No era la femme fatale de las novelas.
No era la ejecutiva elegante de los engaños digitales.
Era una mujer cansada, con ojeras profundas y un bolso que parecía llevar dentro toda su vida.
Pero la voz…
la voz era la misma.
Y en ese momento, Vicente entendió algo que Camilleri habría escrito con una sonrisa amarga:
“La delincuencia no siempre tiene glamour. A veces solo tiene hambre.”
III.5. Final del capítulo
Vicente no entró al locutorio.
No todavía.
No sin un plan.
Pero mientras se alejaba, supo que la historia había cambiado de forma.
Ya no era una llamada.
Ya no era un mensaje.
Ya no era un hombre en una farola.
Ahora tenía rostro.
Rostro cansado.
Rostro real.
Y eso, en una novela negra, siempre es el principio del peligro de verdad.
Vicente respiró hondo.
—Camilleri… esto se está poniendo bueno —murmuró.