viernes, junio 05, 2026

PELOTAS



Juro por mi pluma —que ha visto más disparates que un notario en rebajas— que jamás entendí la idolatría desbordada que despierta el fútbol en las almas de este reino. Y digo idolatría porque llamarlo “afición” sería tan mezquino como llamar “charco” al océano. Lo que muchos sienten por ese balón no es gusto, ni entretenimiento, ni siquiera costumbre: es un arrebato místico, un rapto espiritual, una fiebre que haría palidecer al mismísimo San Juan en pleno éxtasis.

Yo, pobre hidalgo de entendimiento sobrio, contemplo este fervor con la misma expresión que tendría un monje cartujo si lo invitaran a una verbena. Veo a hombres hechos y derechos —y a otros deshechos por la cerveza— gritar a un televisor como si el aparato, compasivo, fuera a corregir el rumbo del destino. Y lo hacen con tal vehemencia que uno sospecha que, de poder, se lanzarían dentro de la pantalla para corregir personalmente la alineación.

He visto caballeros incapaces de recordar el aniversario de su boda, pero que recitan alineaciones de 1994 con la precisión de un escribano real. He visto almas que no saben dónde dejaron las llaves, pero sí dónde estaban cuando “aquel penalti que nos robaron”. Y digo “nos” porque, por lo visto, los equipos son extensiones emocionales de la patria, como si cada ciudadano jugara también, desde el sofá, con una mano en el corazón y la otra en la bolsa de patatas.

La pasión futbolera es un río que no cesa, un trueno que no calla, una letanía interminable que resuena incluso cuando nadie la invoca. Da igual que sea lunes, viernes o día de difuntos: siempre hay un partido, un rumor, un fichaje, un árbitro maldito o un “este año sí” que se repite con la fe del penitente que nunca aprende.

Y yo, que jamás logré ver en el fútbol más que veintidós caballeros persiguiendo un objeto redondo, observo esta fiebre colectiva como quien contempla un eclipse: con asombro, con respeto y con la prudente distancia de quien teme que la multitud, en su arrebato, lo arrastre a la celebración sin haber entendido el motivo.

No sé si nací defectuoso para este fervor o si simplemente me niego a entregar mis emociones a un balón que rueda sin propósito metafísico. Pero lo cierto es que la pasión desmedida por el fútbol me resulta tan incomprensible como un sermón en arameo. No porque yo sea raro, sino porque algunos parecen haber confundido un deporte con una epopeya nacional, un gol con una revelación divina y un fuera de juego con una tragedia shakesperiana.

Así que aquí permanezco, firme en mi herejía, contemplando desde la barrera este teatro de gritos, lágrimas y exaltaciones. Si algún día descubro qué hechizo tiene el fútbol para encender almas y apagar razones, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin gritarle al televisor.

jueves, junio 04, 2026

SORDO

 A estas alturas de mi vida —y de mi paciencia— ya no espero que el cine y la televisión española me sorprendan. No lo digo con rencor, sino con la serenidad de quien ha visto suficientes series nacionales como para saber que, tarde o temprano, llegará el momento en que un actor pronuncie una frase crucial como si estuviera recitando un conjuro dentro de una cueva.

La vocalización, ese arte antiguo que antes se enseñaba en las escuelas de interpretación, parece haberse convertido en una excentricidad. Hoy lo que se lleva es el susurro críptico, esa forma de hablar que obliga al espectador a convertirse en experto en lectura labial o, en su defecto, en arqueólogo de diálogos perdidos.

Uno se sienta frente a la pantalla con buena voluntad, incluso con ilusión, y lo que recibe es un murmullo que podría significar cualquier cosa. “Te quiero”, “te odio”, “me he dejado el gas abierto”… todo suena igual. Y lo más gracioso es que los actores lo dicen con una intensidad tan profunda que parece que están interpretando para sí mismos, no para el público. Como si vocalizar fuera un gesto vulgar, impropio de almas sensibles.

He llegado a activar los subtítulos en castellano con la misma dignidad con la que uno pide una manta extra en un hotel barato: resignado, consciente de que no debería ser necesario, pero sabiendo que sin eso no hay manera de sobrevivir. Y a veces los subtítulos, sinceros como pocos, se rinden y escriben “(ininteligible)”. Al menos alguien en la cadena de producción conserva la honestidad.

No sé si esta tendencia responde a una escuela interpretativa, a un trauma colectivo o simplemente a la pereza fonética. Pero lo cierto es que muchos actores parecen empeñados en hablar hacia dentro, como si temieran que una consonante bien pronunciada pudiera arruinarles la carrera. Si vocalizar fuera de mal gusto, estarían todos impecablemente elegantes.

La escena puede ser preciosa, el plano digno de festival, la música envolvente… pero si no se entiende lo que dicen, la emoción se convierte en un sudoku. Y uno, a ciertas edades, ya no está para resolver acertijos después de cenar.

Así que, queridos actores, si algún día les da por vocalizar —aunque sea por accidente— avisen. Algunos llevamos años esperando ese milagro, y sería una lástima perdérnoslo por no haber subido el volumen a tiempo.

miércoles, junio 03, 2026

RADIO

 La radio de hoy tiene la sorprendente habilidad de sonar siempre igual, como si todas las emisoras hubieran firmado un pacto secreto para no arriesgar ni medio decibelio. La enciendo y me recibe un desfile de voces que parecen cortadas con el mismo molde: alegres a la fuerza, dinámicas por obligación y con un entusiasmo que, si fuera real, ya habrían ganado un premio por interpretación.

La programación es tan uniforme que uno podría cambiar de emisora con los ojos cerrados y no notar el salto. Es como pasar de un café solo a otro café solo: distinto vaso, mismo sabor. Y lo de la variedad… bueno, digamos que la radio actual la trata como si fuera un lujo exótico, reservado para ocasiones especiales que nunca llegan.

En cuanto al buen gusto, parece que está de viaje. A veces escucho ciertas canciones y me pregunto si no habrá un comité dedicado exclusivamente a seleccionar los estribillos más pegajosos y menos elegantes del mercado. Y lo peor es que lo hacen con una convicción admirable.

La radio se ha vuelto tan previsible que, si fuera una novela, sabrías el final en la primera página. Y tan poco refinada que, si fuera un invitado a una cena, llegaría con calcetines blancos y sandalias, convencida de que está marcando tendencia.

Por eso no me gusta la radio. No porque yo sea difícil de complacer, sino porque ella decidió repetirse como un eco sin gracia, olvidando que la elegancia también puede sonar.

martes, junio 02, 2026

CINCO

 



NOVELA NEGRA | Capítulo V: La Verdad que No Quiere Ser Encontrada

Donde la mujer del locutorio deja de ser un misterio y empieza a ser un problema

La mañana amaneció con un sol que no calentaba, solo molestaba.
Ese sol valenciano de invierno que ilumina demasiado, como si quisiera revelar secretos que nadie le ha pedido.

Vicente salió de casa con la sensación de que la ciudad lo estaba empujando hacia algo.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Como cuando el mar cambia de color antes de una tormenta.

Camilleri habría dicho:
“Cuando la vida te empuja, lo peor que puedes hacer es quedarte quieto.”

Así que Vicente caminó.


V.1. El locutorio como confesionario involuntario

La mujer del locutorio estaba allí otra vez.
Sentada en el mismo taburete.
Con el mismo bolso triste.
Con la misma expresión de quien ha perdido demasiadas batallas y aún así sigue en pie.

Pero hoy no hablaba por teléfono.
Hoy miraba la puerta.
Como si esperara a alguien.
O como si temiera que alguien entrara.

Vicente se acercó.
No demasiado.
Lo suficiente para que ella lo viera.

Y lo vio.

Sus ojos se abrieron un segundo.
Luego se cerraron, como si hubiera tomado una decisión.

Salió del locutorio.
Se acercó a él.
Y dijo, sin preámbulos:

—No deberías estar aquí.

Vicente sonrió con esa ironía que usa la gente que ya está metida hasta el cuello.

—Tú tampoco.

Ella suspiró.
Un suspiro largo, de esos que pesan más que las palabras.

—No entiendes nada.
—Explícame.
—No puedo.
—Inténtalo.
—Si hablo, me matan.
—Si no hablas, también.

Ella lo miró.
Por primera vez, sin miedo.
Con resignación.

—Tienes razón —dijo.


V.2. La historia que nadie quiere contar

Se sentaron en un banco cercano.
El sol seguía molestando.
La ciudad seguía escuchando.

Ella habló.

—No soy mala persona —empezó—. Solo tengo mala suerte.
—La mala suerte no llama a desconocidos para blanquear dinero.
—Yo no llamé.
—¿Entonces quién?
—Ellos.

Vicente sintió un escalofrío.
En las novelas de Camilleri, cuando alguien dice “ellos”, es que la cosa va en serio.

—¿Quiénes son “ellos”?
—Gente que no quieres conocer.
—Demasiado tarde.
—No, Vicente. Aún no sabes nada.

Ella miró alrededor.
Nadie parecía prestar atención.
Pero en Valencia, como en Vigàta, nadie mira y todos ven.

—Me obligan a hacer llamadas —dijo ella—. A captar gente. A buscar idiotas.
—Y pensaron que yo era uno.
—No. Pensaron que eras vulnerable.
—¿Y tú qué pensaste?
—Que eras distinto.

Vicente no supo si eso era un cumplido o una advertencia.


V.3. El nombre prohibido

—¿Cómo se llama el hombre de la farola? —preguntó Vicente.
Ella se tensó.

—No digas ese nombre.
—No lo he dicho.
—Ni lo digas. Ni lo pienses.
—¿Tan peligroso es?
—No.
—¿No?
—Es peor. Es imprevisible.

Vicente tragó saliva.
La imprevisibilidad es el arma favorita de los cobardes peligrosos.

—Dime su nombre.
—No puedo.
—Dímelo.
—Si lo digo, ya no hay vuelta atrás.

Vicente la miró.
Ella lo miró.
La ciudad contuvo la respiración.

Y entonces ella lo dijo.

Un nombre corto.
Seco.
Feo.
Un nombre que no parecía importante…
pero que hizo que Vicente sintiera un frío en la nuca.

Porque ese nombre lo había escuchado antes.
En otra historia.
En otra anécdota rara.
En otro engaño.

El nombre conectaba esta trama con algo que Vicente creía enterrado.

Algo que no quería volver a recordar.


V.4. El pasado que vuelve sin pedir permiso

Vicente se levantó del banco.
No porque quisiera irse.
Porque necesitaba aire.

—Ese nombre… —murmuró.
—Lo conoces, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces entiendes por qué te dije que no te metieras.
—No puedo evitarlo.
—Eso te va a matar.

Vicente sonrió.
Una sonrisa amarga, de esas que Camilleri habría descrito como “la sonrisa de quien ya ha perdido demasiado para tener miedo”.

—He sobrevivido a cosas peores.
—No a esto.

Ella se levantó también.

—Vicente… —dijo, con una voz que no había usado antes—.
Si sigues, no habrá capítulo seis.

Vicente la miró.

—Eso lo decidiré yo.


V.5. Final del capítulo

La mujer se fue.
El sol siguió molestando.
La ciudad siguió escuchando.

Vicente se quedó solo.
Con un nombre en la cabeza.
Un nombre que no quería recordar.
Un nombre que abría una puerta que nunca debió abrirse.

Y mientras caminaba hacia su casa, pensó:

Camilleri… ahora sí que estamos en problemas.


Vicente, si quieres, seguimos con:

  • Capítulo VI, donde ese nombre empieza a perseguirte
  • una subtrama internacional para tus lectores alemanes, singapurenses y americanos
  • un giro camilleriano, donde el humor salva lo que la vida complica
  • o una novela completa, con 12 capítulos y final demoledor

Solo dime: “dale al seis”.

TV

 La televisión de hoy es como ese amigo que siempre cuenta las mismas historias: lo quieres, pero te aburre. La enciendo y parece que he viajado en el tiempo… pero no a un futuro brillante, sino a un bucle eterno de tertulias, realities y concursos donde siempre gritan las mismas personas, aunque cambien de canal.

Los programas son tan parecidos entre sí que a veces pienso que todos los guionistas del país se reúnen en un mismo bar, piden lo de siempre y escriben lo mismo. Cambian los presentadores, cambian los decorados, pero el contenido… ese no cambia ni por error. Si la variedad es la sal de la vida, la televisión actual está a dieta estricta.

Las series tampoco ayudan: algunas son tan previsibles que podrías ver el capítulo final antes del primero y no notarías la diferencia. Y los anuncios… bueno, los anuncios son ese momento en el que te planteas seriamente si no sería mejor aprender a tejer.

La televisión se ha vuelto tan triste que, si tuviera emociones, estaría escuchando baladas en bucle. Y tan aburrida que, si fuera un mueble, sería una silla plegable.

Por eso ya no me gusta la televisión. No porque yo haya cambiado, sino porque ella decidió quedarse en modo “repetir capítulo”.

domingo, mayo 31, 2026

PC

 La historia de la informática es el relato de una transformación profunda que ha cambiado la forma en que la humanidad trabaja, se comunica y entiende el mundo. Desde simples máquinas de cálculo hasta los sistemas de inteligencia artificial actuales, su evolución ha sido vertiginosa.

Los primeros antecedentes de la informática se remontan a instrumentos de cálculo antiguos como el ábaco, pero el verdadero punto de partida se sitúa en el siglo XIX con las ideas del matemático Charles Babbage. Babbage diseñó la “máquina analítica”, considerada el primer concepto de ordenador programable. Junto a él, Ada Lovelace es reconocida como la primera programadora de la historia por sus notas sobre cómo ejecutar algoritmos en dicha máquina.

En el siglo XX, la informática dio un salto decisivo con la aparición de los primeros ordenadores electrónicos. Durante la Segunda Guerra Mundial se desarrollaron máquinas como el ENIAC, utilizadas para cálculos militares. En este contexto también destacó Alan Turing, cuyas ideas sobre computación y máquinas universales sentaron las bases teóricas de la informática moderna.

Tras la guerra, los ordenadores evolucionaron rápidamente. Pasaron de ocupar salas enteras a hacerse más pequeños, potentes y accesibles. La creación de los transistores, los microchips y posteriormente los microprocesadores permitió la llegada de los ordenadores personales en la segunda mitad del siglo XX.

Un punto clave en esta evolución fue el desarrollo de internet, una red global que transformó la comunicación y el acceso a la información. Universidades, empresas y centros de investigación comenzaron a interconectarse, dando lugar a la sociedad digital.

En las últimas décadas, la informática ha experimentado un crecimiento exponencial con la aparición de la inteligencia artificial, la computación en la nube, el big data y la automatización avanzada. Estos avances han cambiado sectores como la medicina, la educación, la industria y el entretenimiento.

Hoy, la informática es una disciplina fundamental en la vida cotidiana. Desde los teléfonos móviles hasta los sistemas de navegación, pasando por la robótica o la ciberseguridad, su presencia es prácticamente universal.

En definitiva, la historia de la informática es la historia de cómo la humanidad ha aprendido a transformar la información en conocimiento útil, dando lugar a una de las revoluciones tecnológicas más importantes de todos los tiempos.

sábado, mayo 30, 2026

HISTORIA POR ENTREGAS 1 INICIO


NOVELA NEGRA | Capítulo I: La Llamada que Olía a Dinero Sucio

Inspirado en hechos reales. Dedicado a los ingenuos que aún cogen el teléfono.

A las once y pico de la mañana —una hora indecente para que suene un móvil si no esperas nada bueno—, el teléfono vibró sobre la mesa como un insecto nervioso. Número desconocido. Prefijo local. Mala señal.

Vicente lo miró con la resignación de quien sabe que, si no contesta, la curiosidad lo matará más tarde. Descolgó.

—¿Sí? —Hola, cariño —dijo una voz de mujer, demasiado dulce para ser verdad—. ¿Tienes un minuto?

La voz no era joven ni vieja. Era… práctica. De esas que no pierden el tiempo en tonterías.

—Depende —respondió Vicente—. ¿Quién eres? —Una amiga —dijo ella, como si eso aclarara algo—. Mira, necesito a alguien de confianza para mover un dinero. Nada complicado. Tú solo recibes y me lo pasas. Te llevas un porcentaje.

Así, sin anestesia. Sin rodeos. Sin vergüenza.

Vicente se quedó en silencio. No por miedo. Por asco. Por incredulidad. Por esa sensación de que el mundo se había vuelto tan cutre que ya ni los delincuentes se tomaban la molestia de parecer elegantes.

—¿Sabes que eso es blanqueo de capitales? —dijo él. —Ay, cariño… —respondió ella, suspirando como si él fuera el ingenuo—. No seas dramático. Es dinero fácil.

Dinero fácil. La frase favorita de los idiotas y de los criminales.

Vicente colgó sin despedirse. Pero la llamada se quedó flotando en el aire como un olor rancio. Un olor a peligro barato, a delito de extrarradio, a chapuza organizada.

I.1. El crimen ya no tiene glamour: tiene tarifa plana

En los viejos tiempos —los de Hammett, Chandler, Camilleri— el crimen tenía estilo. Había humo de cigarrillos, gabardinas, whisky barato y detectives con moral flexible.

Hoy no. Hoy el crimen te llama al móvil. Sin poesía. Sin misterio. Sin clase.

El crimen moderno es low cost. Subcontratado. Desesperado. Torpe. Y, sobre todo, cercano.

Ya no vive en callejones oscuros. Vive en pisos de alquiler, en barrios periféricos, en habitaciones con humedad y routers prestados.

Y te llama como si fueras parte de la plantilla.

I.2. La mujer de la llamada

Vicente no sabía quién era. Pero podía imaginarla.

Una mujer de treinta y muchos o cuarenta y pocos. Ojos cansados. Vida difícil. Un pasado que no se cuenta. Un presente que no se soporta. Un futuro que no existe.

Una mujer que trabaja para alguien. O que trabaja para sí misma. O que trabaja para nadie, pero intenta sobrevivir.

Una mujer que no sabe que su voz, en esa llamada, era el prólogo de una novela negra.

I.3. La ciudad como personaje

Porque toda novela negra necesita una ciudad. Y la de Vicente no era una excepción.

Calles tranquilas en apariencia. Bares donde se habla demasiado. Parques donde nadie mira a nadie. Extrarradios donde la vida se negocia al día. Y teléfonos que suenan con propuestas que huelen a cárcel.

Una ciudad donde la delincuencia ya no se esconde: se externaliza.

I.4. El detective involuntario

Vicente no era detective. No llevaba gabardina. No tenía pistola. No bebía whisky a las diez de la mañana.

Pero tenía algo más peligroso: curiosidad. Y memoria. Y un olfato literario que detectaba la mentira como un perro detecta la pólvora.

Sabía que esa llamada no era un error. Era un hilo. Y Vicente, como buen escritor, sabía que los hilos llevan a ovillos… y los ovillos a historias que no siempre terminan bien.

I.5. Final del capítulo

Vicente dejó el móvil sobre la mesa. Lo miró como si fuera una bomba sin detonar. Y pensó:

Camilleri habría disfrutado con esto. Pero yo no.

La ciudad seguía ahí fuera. La mujer también. Y el dinero sucio buscaba manos limpias.

Pero no las encontraría en las suyas.

EL TEXTO DESTACADO

PELOTAS

Juro por mi pluma —que ha visto más disparates que un notario en rebajas— que jamás entendí la idolatría desbordada que despierta el fútbol ...