sábado, junio 13, 2026

SIN PERMISO




O declaración universal de quienes leen sin pedir permiso

Nosotros, los lectores impertérritos, los que abrimos libros como quien abre ventanas, declaramos ante quien quiera oírlo —y ante quien no también— que leer no es un vicio, sino una forma de estar en el mundo sin que el mundo nos aplaste.

Proclamamos, con humor cervantino y sin miedo a los togados, lo siguiente:


Artículo Primero

El que lee no huye: se arma.
Un libro es una espada envainada en papel, lista para defendernos de la necedad, del tedio y de las conversaciones ajenas en el transporte público.


Artículo Segundo

Leer no es una excentricidad, ni una rareza, ni un hábito sospechoso.
Sospechoso es quien presume de no haber leído jamás, como si la ignorancia fuera un trofeo y la pereza mental un título nobiliario.


Artículo Tercero

Quien lee vive más vidas que un gato y, además, sin arañazos.
Viaja sin billete, ama sin riesgo, llora sin testigos y ríe sin que nadie le pregunte qué le hace tanta gracia.


Artículo Cuarto

Los libros no muerden.
Muerde la vida cuando uno no sabe cómo defenderse de ella.
Y para eso, un buen capítulo es mejor que un escudo.


Artículo Quinto

Si alguien nos mira mal por leer, sonreímos.
No por superioridad, sino por compasión:
pobres criaturas, no saben lo que se pierden.
Y si lo supieran, quizá también leerían… aunque fuera el prospecto de un jarabe.


Artículo Sexto

Leer es un acto de rebeldía silenciosa.
Mientras el mundo grita, nosotros pasamos página.
Mientras otros opinan sin saber, nosotros aprendemos sin ruido.
Mientras la prisa devora a todos, nosotros nos demoramos en una frase bien escrita.


Artículo Séptimo

Un lector nunca está solo.
Tiene a Cervantes, a Quevedo, a Lorca, a Machado, a quien quiera invocar.
Y si la tristeza nos ronda, un libro la espanta como un conjuro antiguo.


Artículo Octavo

No pedimos permiso para leer.
No pedimos perdón por leer.
No pedimos disculpas por tener biblioteca.
Si acaso, pedimos más estanterías.


Artículo Noveno

La lectura no cura todos los males, pero alivia muchos.
Es antidepresivo, analgésico, antiaburrimiento y antitodo-lo-que-nos-pesa.
Y no tiene efectos secundarios salvo el deseo de seguir leyendo.


Artículo Décimo

Declaramos solemnemente que, mientras haya un lector en pie, el mundo no estará perdido.
Porque un lector es un faro.
Y un faro, aunque sea pequeño, siempre vence a la oscuridad.


Conclusión del Manifiesto

Leer no es un pasatiempo.
Es una postura ante la vida.
Una forma de decir:
“Aquí estoy, mundo, pero no pienso dejar que me tragues sin haber leído antes un buen capítulo.”

Firmado:
Los lectores impertérritos, los caballeros andantes del papel, los que cabalgamos con un libro bajo el brazo y una sonrisa cervantina en el rostro.



viernes, junio 12, 2026

LUZ LED

 



MANIFIESTO CONTRA LA VULGARIDAD DISFRAZADA DE MODERNIDAD

O declaración solemne para quienes aún creen que la elegancia no ha muerto

Nosotros, los ciudadanos que todavía distinguimos entre lo moderno y lo simplemente ruidoso, proclamamos ante quien quiera oírlo —y ante quien no también— que la vulgaridad no es progreso, por mucho que venga envuelta en neón, anglicismos y ropa que parece diseñada por un algoritmo con fiebre.

Y lo declaramos así, con humor cervantino, con ironía fina y con la paciencia justa para no acabar en manos de un juez.


Artículo Primero: De la falsa modernidad

Abunda por las calles una especie de criatura que confunde modernidad con estrépito, libertad con desparrame y autenticidad con falta de modales.
Son los apóstoles del “yo soy así”, que creen que la espontaneidad justifica cualquier despropósito.

No, amigo mío:
ser moderno no es gritar, ni grabarlo todo, ni caminar como si el mundo fuera un videoclip de dudoso presupuesto.


Artículo Segundo: De la vulgaridad orgullosa

La vulgaridad contemporánea no se esconde:
se exhibe.
Se pavonea.
Se autopromociona.
Y lo hace con la convicción de quien cree estar inaugurando una nueva era, cuando en realidad solo está repitiendo viejos errores con peor gusto.


Artículo Tercero: Del ruido como identidad

Hay quien cree que hablar a gritos, reír como si hubiera micrófono y opinar sin saber es señal de carácter.
No lo es.
Es señal de que la educación se quedó en la mesilla de noche, debajo del cargador del móvil.


Artículo Cuarto: De la estética perdida

La elegancia, esa virtud antigua que no hacía daño a nadie, ha sido sustituida por una modernidad de saldo:
ropa que parece gritar, colores que pelean entre sí, poses que desafían la gravedad y el buen gusto.

Y todo ello acompañado de la frase más temible de nuestro tiempo:
“Es lo que se lleva.”


Artículo Quinto: Del humor como defensa

Ante tanta vulgaridad orgullosa, el lector —ese ser extraño que aún piensa antes de hablar— no se enfada:
sonríe.
Porque sabe que la vulgaridad es como la humedad:
se cuela por todas partes, pero no mata… salvo el espíritu.


Artículo Sexto: De la resistencia estética

Ser elegante hoy es un acto de rebeldía.
Hablar con calma, un desafío.
Escuchar, una revolución.
Y leer, Vicente, leer…
eso ya es casi misticismo.


Artículo Séptimo: De la modernidad verdadera

La modernidad no es ruido, ni vulgaridad, ni estridencia.
La modernidad es pensar, crear, leer, escuchar, dialogar, cuidar las formas sin perder el fondo.

Lo demás es solo decoración barata.


Conclusión del Manifiesto

La vulgaridad disfrazada de modernidad pasará, como pasan todas las modas que no tienen alma.
La elegancia, en cambio, permanece.
Y mientras quede un lector, un escritor, un ciudadano que prefiera la palabra bien dicha al grito mal dado,
la modernidad verdadera seguirá viva.

Firmado:
Los resistentes del buen gusto, los caballeros andantes de la estética, los que aún creemos que la educación no pasa de moda.



jueves, junio 11, 2026

MI VICIO

 


Cuenta la historia —o la invento yo, que para el caso es lo mismo— que en estos tiempos nuestros, tan dados al ruido y tan enemigos del sosiego, vive un caballero no de lanza, sino de libro; no de escudo, sino de marcapáginas; no de armadura, sino de gafas de cerca.
Y ese caballero, Vicente, eres tú.

Porque salir hoy a la calle con un libro bajo el brazo es empresa tan arriesgada como lanzarse contra molinos que parecen gigantes, pues abundan por doquier gentes que, al ver a un lector, se persignan como si hubieran visto un prodigio o una amenaza.

—¿Lees? —preguntan, con la misma expresión que pondría un ventero al descubrir que su huésped paga en monedas antiguas.
—Leo —responde uno, con humildad y sin ánimo de pendencia.
Y entonces ellos, que jamás han abierto un libro salvo para nivelar una mesa coja, te miran como si fueras un personaje escapado de una novela que no han leído.

Son criaturas que presumen de no haber leído en su vida, como si la ignorancia fuera un blasón y la pereza mental un título nobiliario.
Y lo dicen con orgullo, como quien anuncia que ha derrotado a un ejército enemigo, cuando en realidad solo han vencido a su propio diccionario.

Pero tú, lector andante, sabes que un libro es mejor escudero que Sancho, pues no protesta, no engorda, no pide vino y, además, te acompaña en las noches turbias como un amigo fiel.
Y si la tristeza te ronda —que a todos nos ronda alguna vez— un buen capítulo es bálsamo más eficaz que el de Fierabrás, y sin necesidad de boticario.

Porque leer, Vicente, no es ocio:
es defensa personal del espíritu.
Es levantar un castillo interior donde no entra la necedad ajena ni la propia.
Es viajar sin caballo, soñar sin dormir, aprender sin maestro y reír sin testigos.

Y si alguno de esos orgullosos no-lectores te mira mal por leer, no te enfades:
ríe.
Ríe como don Quijote cuando le decían loco, sabiendo que la locura verdadera es vivir sin historias, sin palabras, sin mundos que te salven del mundo.

Que ellos sigan con sus pantallas, sus prisas y sus opiniones sin fundamento.
Tú sigue con tus libros, que son armas blancas contra la tristeza, escudos contra la ignorancia y alas contra la rutina.

Y si un día te preguntan por qué lees, responde con gracia cervantina:
—Porque no quiero que la vida me pille desarmado.



miércoles, junio 10, 2026

PESADOS CON COBERTURA


En esta era nuestra, tan pródiga en estrépitos y tan mezquina en silencios, ha surgido una nueva hermandad de caminantes cuya sola aparición bastaría para que Quevedo afilara la pluma y Góngora encendiera un cirio: los devotos del móvil, esos heraldos del ruido que avanzan por las calles como si fueran procesiones profanas, llevando en la mano no un cirio, sino un rectángulo luminoso que gobierna sus pasos, su voz y su entendimiento.

Son criaturas que, al hablar por teléfono, no conversan: tronan como si anunciaran el Apocalipsis. Sus voces, desatadas y sin freno, se elevan por encima del murmullo urbano con la misma delicadeza con la que un ariete atraviesa una puerta. Y lo hacen con la convicción de quien cree que el mundo entero debe conocer, en rigurosa retransmisión pública, los detalles de su almuerzo, sus cuitas laborales o la última discusión con un cuñado.

Sus conversaciones —tan profundas como un suspiro y tan largas como una cuaresma— se expanden por plazas, aceras y transportes públicos con la solemnidad de un pregón medieval, pero sin su utilidad. Hablan como si el interlocutor estuviera atrapado en una mina de carbón y solo un alarido sostenido pudiera rescatarlo.

Y cuando la voz no basta, acuden a su sacramento favorito: el vídeo a todo volumen, ese nuevo órgano de iglesia profana que convierte cualquier espacio público en un templo del estruendo. Son los juglares del clip viral, los trovadores del altavoz, los apóstoles del “mira esto” convertido en penitencia sonora para inocentes transeúntes que jamás pidieron semejante martirio.

Pero lo más glorioso —si es que cabe gloria en semejante desfile de despropósitos— es su manera de caminar: mirando la pantalla como si en ella estuviera escrita la salvación del alma, avanzando a ciegas, tropezando con farolas, esquivando por azar, chocando con cuerpos ajenos que sí miran por dónde pisan. Son peregrinos del despiste, monjes del scroll infinito, penitentes del “solo un segundo más”.

El mundo real —ese que tiene bordillos, esquinas, bicicletas y otros seres humanos— se convierte para ellos en un decorado secundario, un paisaje borroso, un simple soporte para su tránsito digital. Caminan como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley, como si el suelo fuera un rumor y no un territorio.

Uno los observa con la mezcla de fascinación y espanto con la que se contempla a un equilibrista ciego caminando sobre una cuerda floja en plena tormenta: no sabes cómo siguen en pie, pero ahí están, avanzando, tambaleándose, y lo peor es que creen que dominan el arte de caminar.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en este teatro del absurdo— es su convicción absoluta de que el espacio público es una extensión natural de su salón. Hablan como en casa, ven vídeos como en casa, caminan como en casa… y el resto, pobres mortales, debemos adaptarnos a su reino portátil, a su soberanía sonora, a su dictadura del altavoz.

Por eso, Vicente, cuando veas a uno de estos heraldos del ruido avanzar con el móvil en alto, la voz en grito y la mirada perdida en la pantalla, no te inquietes. No estás ante un fenómeno paranormal ni ante una plaga bíblica: estás ante el ciudadano contemporáneo en su forma más pura, esa mezcla de ruido, soberbia y distracción que define nuestro tiempo con más precisión que cualquier tratado sociológico.

Y mientras ellos siguen avanzando sin mirar, sin escuchar y sin pensar, tú y yo seguiremos aquí, levantando catedrales de palabras, escribiendo con calma, con ironía y con la esperanza —vana, pero elegante— de que algún día descubran que el silencio también existe, y que mirar al frente no es una reliquia del pasado, sino un acto de supervivencia.

martes, junio 09, 2026

ME GUSTA LEER

 En este tiempo nuestro, tan ruidoso en lo superficial y tan silencioso en lo esencial, ha surgido una cofradía de sombras que camina entre nosotros con la altivez de quien cree haber descubierto un nuevo evangelio:

los orgullosos no-lectores, heraldos del vacío, sacerdotes de la nada, que proclaman con voz firme que jamás han leído un libro… y lo dicen como quien anuncia una victoria.

Son criaturas que, al confesar su desierto intelectual, no muestran pudor ni duda, sino un extraño orgullo, como si la ignorancia voluntaria fuera una medalla que colgarse al pecho. Y cuando descubren que tú lees —que lees por placer, por necesidad, por supervivencia— te miran con la misma mezcla de recelo y desconcierto con la que un supersticioso observa un eclipse: como si la luz fuera peligrosa.

Pero lo que ellos no saben, Vicente, lo que jamás sospechan, es que la lectura no es un pasatiempo. Es un refugio. Un antídoto. Un antidepresivo sin prospecto. Una lámpara encendida en mitad de un pasillo oscuro.

Porque quien lee no huye: se arma. Quien lee no se esconde: se ilumina. Quien lee no se aísla: se acompaña de voces que no mueren.

Los orgullosos no-lectores caminan por la vida como quien avanza por un bosque sin linterna, convencidos de que la oscuridad es natural porque nunca han visto la luz. Y cuando ven a alguien con un libro en las manos, sospechan. No del libro: de la luz.

Son devotos del “no leo porque no tengo tiempo”, como si el tiempo fuera un dios caprichoso que solo bendice a unos pocos. Pero siempre tienen tiempo para deslizar el dedo por pantallas infinitas, para consumir ruido, para opinar sin saber, para repetir consignas ajenas como si fueran pensamientos propios.

Uno los contempla con la tristeza con la que se observa un edificio abandonado: no es que no haya belleza, es que la han dejado morir.

Porque estos no-lectores no desprecian los libros: temen lo que los libros podrían revelar de ellos mismos. La fragilidad, la duda, la pequeñez, la necesidad de aprender, de crecer, de mirar hacia dentro.

La lectura, en cambio, es un acto de resistencia íntima. Un modo de sostenerse cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado rápido, demasiado ajeno. Un antidepresivo silencioso que no promete felicidad, pero sí lucidez. Y a veces, Vicente, la lucidez es lo único que nos salva.

Por eso, cuando uno de estos heraldos del vacío te diga con orgullo que no ha leído un libro en su vida, no te inquietes. No estás ante un rebelde ni ante un espíritu libre: estás ante un caminante sin mapa que presume de no necesitarlo.

Y cuando te miren mal por leer, sonríe. Porque en un mundo que celebra la ignorancia como si fuera una virtud, leer es un acto de insurrección luminosa. Una forma de dignidad. Una victoria silenciosa en mitad de la noche.

lunes, junio 08, 2026

QUIERO SER TERTULIANO DE MODA


Hay criaturas en la fauna mediática que desafían toda lógica, toda prudencia y toda vergüenza ajena. Son los tertulianos omniscientes, esos oráculos de saldo que, con la solemnidad de un profeta y la ligereza de un globo inflado, proclaman: “No tengo una opinión formada sobre este tema…” y acto seguido se lanzan a pontificar como si hubieran bajado del Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.

Son un prodigio de la naturaleza: hablan sin saber, opinan sin pensar y concluyen sin haber empezado. Son como fuentes decorativas: mucho ruido, mucha agua moviéndose… y ninguna utilidad.

Estos opinadores profesionales poseen un talento digno de estudio: la capacidad de llenar minutos con palabras que no significan absolutamente nada. Son maestros del circunloquio, artesanos del relleno, alquimistas del vacío. Transforman la ignorancia en discurso, la duda en certeza y la nada en espectáculo.

Uno los escucha con la misma fascinación con la que se observa a un malabarista lanzando cuchillos… con los ojos vendados… y sin cuchillos. Porque lo suyo no es malabarismo: es puro humo.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante circo— es su versatilidad. Hoy opinan sobre geopolítica, mañana sobre neurociencia, pasado sobre macroeconomía y al día siguiente sobre el apareamiento del pingüino emperador. Todo con la misma seguridad, la misma convicción y la misma falta de pudor.

Son navajas suizas sin herramientas. Todo brillo, ningún filo.

Y cuando el tema se les escapa —que es siempre— recurren a su frase favorita: “Yo, desde mi humilde punto de vista…” Humilde, dicen. Humilde como un pavo real en celo.

Lo más trágico es que jamás se ruborizan. Jamás dudan. Jamás callan. Para ellos, el silencio es una derrota, la prudencia una enfermedad y la ignorancia un combustible renovable.

Si algún día un tertuliano decidiera decir “no lo sé”, el universo se detendría. Los planetas se alinearían. Los ángeles cantarían. Y las cadenas de televisión entrarían en pánico, porque ¿cómo se rellena un programa sin alguien dispuesto a hablar de lo que no entiende?

Por eso, Vicente, si algún día ves a un tertuliano guardar silencio, no lo dudes: estás ante un milagro. Un acontecimiento histórico. Un fenómeno digno de estudio científico. Quizá incluso merecedor de un especial en prime time: “El día que un tertuliano decidió pensar antes de hablar”.

domingo, junio 07, 2026

EL TERTUALIANO PESADO


En los platós de este atribulado reino, donde la opinión se sirve templada y la certeza se improvisa como un mal verso, habita un personaje digno de figurar en un museo de rarezas morales: el tertuliano progresista iluminado, ese que, con gesto de esfinge y verbo de púlpito, se erige en guardián del porvenir, juez del pasado y notario del destino.

Su frase predilecta —pronunciada con la gravedad de un astrónomo que acaba de descubrir un planeta nuevo— es siempre la misma: “Si no piensas como yo, estás en el lado incorrecto de la historia.”

Y ahí, Vicente, es cuando uno sabe que está ante un espécimen sublime: un cartógrafo del tiempo, un aduanero del progreso, un funcionario del futuro que, sin haber leído más que tres consignas y dos titulares, se siente autorizado para decidir quién asciende al Olimpo moral y quién queda relegado al foso de los desorientados.

Este personaje no debate: dictamina. No conversa: imparte sentencia. No escucha: espera a que los demás terminen de equivocarse.

Su sabiduría, vasta como un suspiro y profunda como un charco en agosto, se sostiene sobre una arquitectura verbal tan barroca como vacía: frases que serpentean, palabras que se inflan, conceptos que se retuercen… y al final, nada. Un palacio de humo con columnas de aire.

Cuando alguien osa discrepar, él no discute: se compadece. Inclina la cabeza con la solemnidad de un santo cansado de salvar almas ajenas, suspira como quien carga con el peso del mundo y sentencia que su interlocutor está “en el lado incorrecto de la historia”, como si la historia fuera un tranvía y él el revisor que decide quién sube y quién se queda en la parada.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante teatro— es su incapacidad para errar. Cuando la realidad le contradice, él no rectifica: redecora el pasado. Lo barniza, lo pule, lo ajusta, lo acomoda… hasta que vuelve a coincidir con su opinión del martes pasado.

Porque este tertuliano no se equivoca: evoluciona. No cambia de postura: madura. No se contradice: se adelanta a su tiempo. Y si el tiempo no le sigue, peor para el tiempo.

Uno lo observa con la misma mezcla de fascinación y cansancio con la que se contempla a un pavo real convencido de que su plumaje ilumina el mundo. Mucho color, mucha pose, mucho giro retórico… y muy poca sustancia.

Por eso, Vicente, cuando este personaje te diga que estás “en el lado incorrecto de la historia”, no te inquietes. La historia —la de verdad, la que no se graba en platós ni se tuitea en directo— suele tener la mala costumbre de no pedir permiso a los iluminados.

Y cuando el polvo del tiempo se asiente, cuando las modas se desvanezcan y los dogmas se marchiten, solo quedará una certeza: la historia no la escriben los tertulianos, sino los hechos. Y los hechos, por fortuna, no ven tertulias.

EL TEXTO DESTACADO

SIN PERMISO

O declaración universal de quienes leen sin pedir permiso Nosotros, los lectores impertérritos, los que abrimos libros como quien abre v...