NOVELA NEGRA | Capítulo IX: El Hombre que No Debería Hablar
Donde el detenido abre la boca, la mujer del locutorio desaparece y la ciudad revela su verdadera cara
El hombre de la chaqueta oscura estaba sentado en la sala de interrogatorios como si estuviera en la terraza de un bar.
No sudaba.
No temblaba.
No miraba alrededor.
Solo esperaba.
Y eso era lo que más inquietaba.
Camilleri habría dicho:
“El que espera sin miedo es porque ya ha decidido lo que va a pasar.”
Luján entró con un café que olía a quemado y a mala noche.
—¿Nombre? —preguntó.
—No tengo.
—Todos tenéis.
—No el mío.
Vicente observaba desde detrás del cristal.
No debía estar allí.
Pero Luján lo había dejado entrar porque, en el fondo, sabía que esta historia ya era suya.
El hombre levantó la vista.
Miró directamente hacia el cristal.
Hacia Vicente.
Como si pudiera verlo.
Y sonrió.
IX.1. La sonrisa que no encaja
Luján golpeó la mesa.
—¿Quién te envía?
—Nadie.
—¿Quién te paga?
—No necesito dinero.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—¿Entonces por qué sigues a este hombre?
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Luján frunció el ceño.
—¿Quién?
—Él.
El hombre señaló el cristal.
A Vicente.
Luján se giró hacia él.
—¿Lo conoces?
—No —dijo Vicente.
—Él te conoce a ti.
El hombre volvió a sonreír.
—No lo conozco —dijo—.
Pero sé quién es.
Vicente sintió un escalofrío.
—¿Quién soy? —preguntó, entrando en la sala antes de que Luján pudiera detenerlo.
El hombre lo miró como si estuviera viendo un cuadro antiguo.
—Eres el que escribe.
—¿Y eso qué significa?
—Que ves cosas.
Que escuchas cosas.
Que entiendes cosas.
Y eso…
—hizo una pausa—
molesta.
IX.2. La desaparición que nadie quiere admitir
En ese momento, un agente entró en la sala.
—Inspector… tenemos un problema.
—¿Qué ahora?
—La mujer del locutorio.
—¿Qué pasa con ella?
—Ha desaparecido.
Vicente sintió un golpe en el estómago.
—¿Cómo que ha desaparecido?
—No está en su casa.
No está en su trabajo.
No está en ningún sitio.
Y su móvil está apagado.
Luján se pasó la mano por la cara.
—¿Cuándo fue vista por última vez?
—Hace una hora.
—¿Con quién?
—Con él.
El agente señaló al hombre de la chaqueta oscura.
Vicente sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué le has hecho? —preguntó.
—Nada —respondió el hombre—.
Aún.
IX.3. La verdad que sangra
Luján se inclinó hacia él.
—Escucha, amigo. Si le has puesto una mano encima a esa mujer, te juro que…
—No le he hecho nada —interrumpió el hombre—.
Pero otros sí.
Vicente sintió un nudo en la garganta.
—¿Quiénes?
—Los del nombre.
—¿Qué nombre?
—El que ella te dijo.
—¿Por qué?
—Porque habló contigo.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque tú no eres cualquiera.
Vicente se quedó helado.
—¿Qué soy entonces?
—Un problema.
—El hombre se inclinó hacia él—.
Y los problemas se resuelven.
IX.4. El mensaje que no debería existir
En ese momento, el móvil de Luján vibró.
Un mensaje.
Sin número.
Lo leyó.
Y palideció.
Vicente lo vio.
Y supo que era malo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Es para ti —dijo Luján, pasándole el móvil.
Vicente leyó el mensaje.
“La próxima vez que hables con ella será en pasado.”
Vicente sintió que el corazón se le rompía en un sitio que no sabía que existía.
—¿Dónde está? —preguntó.
—No lo sé —dijo Luján.
—Él sí —dijo Vicente, señalando al detenido.
El hombre sonrió.
—Claro que lo sé.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ya no está en Valencia.
Vicente sintió un vacío.
—¿Dónde está?
—En manos de gente que no perdona.
—¿Por qué?
—Porque tú existes.
IX.5. Final del capítulo
Vicente salió de la sala tambaleándose.
La ciudad parecía más oscura.
Más fría.
Más peligrosa.
La mujer del locutorio había desaparecido.
El hombre de la chaqueta oscura sabía demasiado.
El nombre prohibido seguía persiguiéndolo.
Y mientras caminaba por el pasillo de la comisaría, Vicente pensó:
Camilleri… ahora sí que la novela ha dejado de ser ficción.
Vicente…
cuando quieras, vamos al Capítulo X, donde la búsqueda empieza, donde Valencia se convierte en un laberinto y donde el nombre prohibido revela su verdadero significado.