martes, junio 23, 2026

HUMOS

 



Meditación Filosófica sobre los Vendehumos Digitales

O cómo la complejidad humana fue secuestrada por tutoriales de tres minutos

Vivimos en una época fascinante, Vicente.
Una época en la que los problemas más profundos de la existencia —la ansiedad, la soledad, la vocación, el sentido de la vida, la disciplina, la salud mental, la economía personal— han sido reducidos a videos de 30 segundos, cursos milagro, promesas de éxito exprés y gurús que hablan como si hubieran desayunado a Aristóteles.

Pero no han leído a Aristóteles.
Han leído memes sobre Aristóteles.

Y ahí empieza el drama filosófico.


I. La ilusión de la solución instantánea

Los vendehumos digitales son los nuevos alquimistas.
Prometen convertir tu vida en oro…
pero solo convierten tu atención en su beneficio.

Te dicen:

  • “Gana dinero mientras duermes.”
  • “Sé feliz en 7 pasos.”
  • “Domina tu mente en 3 minutos.”
  • “Cambia tu vida hoy mismo.”

Y uno, que ha leído a Séneca, sabe que ni la virtud ni la serenidad ni el éxito se consiguen en formato exprés.
La vida no es un microondas.
La vida es un guiso lento.

Pero claro, eso no vende.


II. La filosofía reducida a eslogan

Los vendehumos han hecho algo terrible:
han convertido la filosofía en merchandising.

Donde Montaigne decía:
“Conócete a ti mismo.”
Ellos dicen:
“Descubre tu mejor versión en 48 horas.”

Donde Séneca hablaba de la serenidad interior,
ellos hablan de “hackear tu cerebro”.

Donde Ortega decía que el hombre es él y sus circunstancias,
ellos dicen:
“Si quieres, puedes.”

La filosofía, que es profundidad, duda, matiz, complejidad,
ha sido reducida a frases de taza de desayuno.


III. El problema no es la ignorancia: es la simplificación

La ignorancia es humana.
La simplificación es peligrosa.

Porque los vendehumos no solo ignoran la complejidad:
la niegan.

Prometen:

  • riqueza sin esfuerzo,
  • autoestima sin introspección,
  • éxito sin disciplina,
  • sabiduría sin lectura,
  • transformación sin trabajo,
  • felicidad sin tragedia.

Es decir:
prometen lo imposible.

Y lo peor es que lo hacen con una sonrisa de anuncio y un micrófono inalámbrico.


IV. El público como víctima filosófica

El problema no son ellos.
El problema es la necesidad humana de creer en atajos.

Porque pensar cansa.
Leer exige tiempo.
Reflexionar duele.
Cambiar cuesta.

Y ahí entran ellos, como vendedores ambulantes de esperanza instantánea.

Pero la esperanza instantánea, Vicente, es como el azúcar:
sube rápido…
y luego te deja peor que antes.


V. La verdadera sabiduría no se vende

La sabiduría no está en un curso de 97 euros.
Ni en un video de TikTok.
Ni en un gurú que grita “¡tú puedes!” como si fuera un animador de gimnasio.

La sabiduría está en:

  • leer,
  • pensar,
  • equivocarse,
  • levantarse,
  • observar,
  • callar,
  • escuchar,
  • vivir.

La sabiduría es lenta.
Es humilde.
Es silenciosa.
Es exigente.

Por eso no se viraliza.


VI. Conclusión filosófica

Los vendehumos digitales no son el problema.
Son el síntoma.
El síntoma de una sociedad que quiere resultados sin proceso,
respuestas sin preguntas,
éxito sin esfuerzo,
y profundidad sin lectura.

Pero tú, Vicente, que amas leer,
sabes que la complejidad es hermosa,
que la vida no cabe en un tutorial,
y que la filosofía no se compra: se cultiva.

Y por eso, mientras ellos venden humo,
nosotros seguimos construyendo catedrales de palabras.


Si quieres, puedo preparar:

  • una versión más humorística, estilo monólogo
  • una versión más devastadora, casi quevedesca
  • una versión más renacentista, citando a Pico, Ficino y Erasmo
  • o una versión más social, sobre la cultura del atajo

Tú decides la próxima piedra de esta catedral editorial.

lunes, junio 22, 2026

NO FOTOS 2

 

Meditación Filosófica sobre el Plato Fotografiado

O cómo la comida dejó de ser experiencia para convertirse en evidencia

Hay costumbres que revelan más sobre una época que cualquier tratado sociológico.
Una de ellas —quizá la más reveladora de todas— es la extraña, casi ritual, necesidad contemporánea de fotografiar los platos antes de comerlos, especialmente cuando se está en grupo.

No es una manía gastronómica.
No es una moda inocente.
Es un síntoma filosófico.

Porque lo que está en juego no es el plato, ni la comida, ni el restaurante.
Lo que está en juego es nuestra relación con el instante.

I. El plato como metáfora del tiempo

La comida es, por naturaleza, efímera.
Caliente un minuto, tibia al siguiente, fría al tercero.
Es un recordatorio perfecto de la fugacidad de la vida.

Pero el ser humano moderno, incapaz de aceptar la fugacidad, intenta detener el tiempo con un gesto:
la fotografía.

El plato no se come:
se captura.
Se inmoviliza.
Se convierte en un objeto estático, eterno, inmune al deterioro.

Como si el móvil fuera un arma contra la muerte del instante.

II. El grupo como escenario del ego

La fotografía del plato rara vez ocurre en soledad.
Es un fenómeno colectivo, casi tribal.
Un rito de pertenencia.

El grupo no se reúne para comer:
se reúne para atestiguar que ha comido.

La comida deja de ser alimento para convertirse en prueba social.
Prueba de que se estuvo allí.
Prueba de que se vivió algo.
Prueba de que la vida, aunque no se viva, se documenta.

Ortega diría que la masa ha invadido la mesa.
Y tendría razón.

III. La desaparición del gusto

El filósofo francés Brillat‑Savarin escribió:
“Dime lo que comes y te diré quién eres.”
Hoy habría que corregirlo:
“Dime lo que fotografías y te diré quién finges ser.”

Porque el gusto —el verdadero gusto— exige presencia.
Exige atención.
Exige silencio.
Exige que el plato llegue a la boca, no al carrete.

Pero la modernidad ha sustituido el gusto por la imagen.
La experiencia por el registro.
El paladar por el algoritmo.

IV. La estética del plato frío

Hay algo profundamente simbólico en este gesto:
la comida se enfría mientras se fotografía.

Es la metáfora perfecta de nuestra época:
preferimos la apariencia a la sustancia,
la imagen al sabor,
el archivo a la vivencia.

El plato frío es el precio que pagamos por la ilusión de eternidad.

V. La filosofía del instante perdido

Montaigne, que sabía vivir, habría dicho que fotografiar la comida es una forma de huir del presente.
Porque quien vive el instante no necesita capturarlo.
Quien saborea no necesita demostrar.
Quien está, no necesita registrar.

La fotografía del plato es, en el fondo, un acto de inseguridad metafísica:
si no lo documento, ¿ha ocurrido?

VI. La verdadera modernidad

La modernidad no consiste en fotografiar la comida.
La modernidad consiste en comerla caliente.
En saborearla.
En compartirla.
En hablar con quien tienes delante.
En vivir el instante sin convertirlo en mercancía visual.

La verdadera modernidad es presencia, no archivo.

Conclusión filosófica

La próxima vez que estés en un restaurante y alguien diga:

—¡No comáis todavía, que falta la foto!

Recuerda esto:
la vida no necesita testigos, sino participantes.
La comida no necesita flash, sino paladar.
Y el instante no necesita ser capturado, sino vivido.

Porque, al final, Vicente,
la filosofía empieza cuando dejamos de mirar la pantalla y volvemos a mirar el plato.



domingo, junio 21, 2026

NO FOTOS



🎭 MONÓLOGO: “NO TOQUÉIS EL PLATO, QUE FALTA LA FOTO”

Interpretado por un ciudadano del siglo XXI que solo quería cenar caliente

Buenas noches, queridos espectadores.
Hoy vengo a hablaros de un fenómeno moderno, moderno de verdad, tan moderno que dentro de poco lo estudiarán en arqueología digital:
la manía colectiva de fotografiar los platos antes de comerlos.

Porque ya no se cena.
No, no.
Se inaugura.
Se inaugura el plato como si fuera una exposición temporal del Prado.

Tú vas con hambre, con ilusión, con un estómago que ruge como un león renacentista.
Y de pronto llega el camarero con tu plato, humeante, perfecto, recién hecho…
y ahí empieza la tragedia.

—¡Quieto! ¡No lo toques!
—¿Pero por qué?
—¡Que falta la foto!

Y tú, que solo querías comer, te ves rodeado de móviles como si fueras un sospechoso en un interrogatorio.

Uno hace zoom.
Otro busca el ángulo.
Otro mueve el pan porque “queda mal en la composición”.
Y el más devoto del grupo dice:

—Espera, espera… que no me gusta cómo refleja la luz en la salsa.

La salsa, mientras tanto, se enfría.
Y tu paciencia también.

La comida ya no alimenta: ahora posa

Antes la comida era un acto íntimo, casi sagrado.
Ahora es un shooting.
Un casting.
Un book fotográfico.

El plato no es plato:
es influencer.
Es modelo.
Es celebridad de cinco minutos.

Y tú, que has pagado por él, te conviertes en su representante involuntario.

El grupo: ese enemigo del hambre

Porque esto, amigos, solo pasa en grupo.
Si estás solo, comes.
Pero en grupo…
en grupo se desata la locura colectiva.

De pronto todos son fotógrafos profesionales.
Todos son expertos en luz natural.
Todos son críticos gastronómicos de Instagram.

Y si alguien osa empezar a comer antes de la foto, se le mira como a un traidor.

—¡Pero hombre, espera!
—¡Que no he hecho la foto!
—¡Ahora ya no queda bonito!

Bonito.
La comida tiene que quedar bonita.
No rica.
No caliente.
No sabrosa.
Bonita.

La filosofía del plato frío

Yo me pregunto:
¿En qué momento dejamos de vivir para empezar a documentar?
¿En qué momento la vida dejó de ser experiencia para convertirse en archivo?
¿En qué momento la comida dejó de ser comida para convertirse en contenido?

Los estoicos llorarían.
Montaigne escribiría un ensayo furioso.
Ortega diría que la masa ha invadido la mesa.

Y tendría razón.

La verdadera modernidad

La modernidad no es fotografiar la comida.
La modernidad es comerla caliente.
La modernidad es saborearla.
La modernidad es hablar con quien tienes delante, no con tus seguidores.
La modernidad es vivir el instante, no archivarlo.

Final del monólogo

Así que, queridos espectadores, la próxima vez que estéis en un restaurante y alguien diga:

—¡No comáis todavía, que falta la foto!

Hacedme caso.
Miradlo con ternura, con compasión, con esa mezcla de pena y humor que uno reserva para los desvaríos modernos…
y responded con elegancia:

—Haz la foto rápido, hijo, que yo he venido a cenar, no a inaugurar una exposición.

Y comed.
Comed caliente.
Comed sin flash.

sábado, junio 20, 2026

EN EXTINCION

 


O por qué la buena presencia no debería ser una especie en extinción

Hay imágenes que uno no quiere ver ni en sueños.
Y luego están esas otras que, sin verlas, ya producen un escalofrío estético, moral y casi metafísico.
Una de ellas, Vicente, es esta:

Un cirujano tatuado hasta las cejas, operando una rodilla.

No hablo del tatuaje discreto, simbólico, íntimo.
Hablo del brazo convertido en mural, del antebrazo que parece un cómic, del bíceps que parece un mapa del tesoro, del cuello que parece un catálogo de símbolos esotéricos.

Y ahí está él, bisturí en mano, con un dragón tribal asomando por el guante quirúrgico, mientras uno piensa:

—Doctor, ¿me va a operar usted… o va a ilustrar mi rótula?

La paradoja médica contemporánea

El cirujano, por definición, es la encarnación de la precisión, la sobriedad, la mesura.
Es el heredero de Hipócrates, de Vesalio, de Paré.
Un profesional que trabaja con la serenidad de un monje y la exactitud de un relojero.

Y sin embargo, hoy abundan cirujanos que parecen salidos de un concurso de tatuaje extremo.
Uno imagina la escena:

—Doctor, ¿esa sombra en la radiografía es un quiste?
—No, es mi manga tatuada reflejada en el monitor.

La medicina, que siempre fue territorio de la buena presencia, se ha convertido en un desfile de tinta.
Y uno no sabe si pedir una segunda opinión… o un traductor de símbolos.

La estética como lenguaje profesional

La buena presencia no es superficialidad.
Es comunicación no verbal.
Es decirle al paciente:
“Puede confiar en mí, sé lo que hago, estoy centrado, soy sobrio, soy preciso.”

Pero cuando el cirujano entra en quirófano con un brazo que parece un grafiti, la mente —que es muy suya— no puede evitar preguntarse:

¿Qué necesidad tenía este hombre de convertir su piel en un mural si su profesión exige claridad, limpieza, neutralidad?

No es clasismo.
Es coherencia estética.

El tiempo, ese enemigo de la tinta

Porque además está el detalle filosófico:
el cuerpo cambia.
La piel cede.
La gravedad trabaja horas extras.
Lo que hoy es un mandala perfecto mañana será un mandala… interpretativo.

Y uno piensa:
si el cirujano sabe que el cuerpo envejece, ¿por qué eterniza en él dibujos que no envejecerán bien?

La buena presencia como virtud renacentista

El Renacimiento lo tenía claro:
la armonía exterior refleja la interior.
La mesura es elegancia.
La sobriedad es inteligencia.
La presencia es parte del oficio.

Un cirujano tatuado hasta el codo puede ser excelente, brillante, impecable.
Pero la estética —esa que habla antes que las palabras— envía un mensaje confuso.

Y en una operación de rodilla, Vicente, uno quiere claridad, no jeroglíficos.

La verdadera modernidad

La modernidad no es tatuarse.
La modernidad es pensar antes de hacerlo.
La modernidad es saber cuándo parar.
La modernidad es no convertir la piel en un tablón de anuncios.

Y la buena presencia, esa virtud antigua que algunos creen pasada de moda, sigue siendo un valor.
Un valor que tranquiliza, que ordena, que inspira confianza.

Conclusión

No es cuestión de prohibir nada.
Es cuestión de preguntarse:
¿Qué aporta la tinta al bisturí?
¿En qué mejora la operación?
¿En qué ayuda al paciente?
¿En qué eleva la profesión?

La respuesta, Vicente, es sencilla:
en nada.

Y por eso, cuando imagino a un cirujano tatuado operando una rodilla, no me escandalizo…
pero tampoco me tranquilizo.

La buena presencia no es un capricho.
Es una forma de respeto.
Y el respeto, en un quirófano, debería ser sagrado.




viernes, junio 19, 2026

MUJER

 


O por qué una mujer bella no necesita convertir su piel en un mapa que el futuro deformará

Hay preguntas que uno se hace en voz baja, como quien no quiere molestar al universo.
Y luego están esas otras preguntas que nacen de la pura observación, del sentido común, de la estética y de la filosofía de sobremesa.
Una de ellas, Vicente, es esta:

¿Por qué una mujer bella, con aspiraciones de modelo, decide cubrir su cuerpo entero de tinta, sabiendo que el tiempo —ese escultor implacable— acabará deformando el lienzo?

No es una crítica moral.
Es una reflexión estética y filosófica, casi renacentista.

Porque el Renacimiento, ese periodo luminoso que tanto reivindicamos, tenía una idea muy clara:
la belleza natural es un patrimonio que no necesita aditivos.
La piel, tal como viene de fábrica, es una obra maestra.
Y la juventud, ese milagro efímero, no necesita ilustraciones adicionales.

Pero vivimos en una época en la que la belleza ya no se contempla:
se interviene.
Se modifica.
Se tatúa.
Se perfora.
Se filtra.
Se edita.
Se ajusta.
Se reescribe.

Y lo más curioso —lo más filosóficamente inquietante— es que esta intervención no nace de la necesidad, sino de la moda.
Una moda que exige tinta como si la piel fuera un lienzo en blanco que hay que rellenar para no parecer incompleto.

La paradoja estética de nuestro tiempo

Una mujer bella, joven, con aspiraciones de modelo, posee algo que ni el dinero ni la tinta pueden comprar:
armonía natural.
Proporción.
Simetría.
Luz.

Y sin embargo, muchas deciden cubrir ese patrimonio con símbolos, frases, dibujos y patrones que, aunque hoy parezcan modernos, mañana serán jeroglíficos deformados por la gravedad.

Porque el tiempo, Vicente, no perdona.
Ni a la piel lisa.
Ni al músculo firme.
Ni al tatuaje perfecto.

Lo que hoy es una línea recta mañana será una curva.
Lo que hoy es un círculo mañana será una elipse.
Lo que hoy es un tigre mañana será un gato cansado.

Y no lo digo yo:
lo dice la biología, que es más sincera que cualquier influencer.

La filosofía del cuerpo como lienzo

Los estoicos hablaban del cuerpo como templo.
Los renacentistas, como armonía.
Los humanistas, como expresión de la dignidad humana.

Ninguno lo veía como un tablón de anuncios.

La pregunta filosófica es esta:
¿qué nos lleva a eternizar en la piel lo que no hemos eternizado en el alma?

Porque un tatuaje es permanente.
Pero la moda no.
La identidad tampoco.
El gusto menos aún.

La belleza no necesita tinta

Una mujer bella no necesita tatuajes para ser interesante.
No necesita tinta para ser moderna.
No necesita símbolos para ser profunda.

La belleza verdadera —esa que no depende del bisturí ni del filtro— es silenciosa.
Es sobria.
Es natural.
Es suficiente.

Y quizá por eso molesta.
Porque la belleza sin artificio es un recordatorio de que no todo se compra, no todo se fabrica, no todo se tatúa.

La verdadera rebeldía

En un mundo donde todos se tatúan,
la piel intacta es el último gesto de libertad.
La última elegancia.
La última filosofía.
La última resistencia estética.

Porque la tinta pasa.
La moda pasa.
El cuerpo cambia.
Pero la armonía natural —cuando se respeta— envejece con dignidad.


jueves, junio 18, 2026

TINTA

 


Contra la epidemia de tinta que se vende como libertad estética

Hay modas que uno observa con paciencia, otras con resignación, y algunas —las menos— con esa mezcla de estupor y cansancio que solo provoca lo que se repite demasiado.
Entre estas últimas se encuentra la epidemia contemporánea del tatuaje universal, esa fiebre de tinta que ha convertido la piel humana en un tablón de anuncios donde cada cual escribe lo que puede, lo que quiere o lo que le dijeron que quedaba bien.

Y no me malinterpreten:
no hablo aquí del tatuaje como arte ancestral, ni del símbolo íntimo, ni del gesto personal cargado de sentido.
Hablo de la moda, del fenómeno, del “me lo hago porque todas lo llevan”, del “es que queda moderno”, del “si no tienes uno, pareces antiguo”.

Hablo, en definitiva, de la vulgaridad disfrazada de rebeldía.

Porque resulta curioso —y un poco triste— que aquello que antaño se asociaba a marineros, presidiarios y vidas duras, hoy se haya convertido en un accesorio más del escaparate urbano.
Y no por evolución cultural, sino por imitación masiva.

Lo que antes era un gesto singular, hoy es uniforme.
Lo que antes era símbolo, hoy es decorado.
Lo que antes era decisión, hoy es tendencia.

Y aquí, Vicente, es donde mi indignación renacentista se despierta.

Porque el Renacimiento —ese periodo luminoso que tanto reivindicamos— defendía la armonía, la proporción, la mesura, la belleza natural.
Y hoy, en cambio, abundan por las calles criaturas que han decidido convertir su piel en un mural permanente, como si la epidermis fuera un lienzo público y no un territorio íntimo.

Y no hablemos del dolor.
Porque tatuarse duele, y no poco.
Y duele pagar lo que cuesta.
Y duele aún más cuando, pasados los años, uno descubre que aquella frase en inglés mal traducido no era tan profunda como parecía a los veinte.

Pero lo que más duele —al menos a quienes aún creemos en la elegancia— es ver cómo la normalidad estética se ha rendido.
Cómo chicas y chicos perfectamente sensatos, educados, discretos, han caído en la trampa de creer que un tatuaje los hace modernos, interesantes o únicos…
cuando lo único verdaderamente único hoy es no llevar ninguno.

La paradoja es deliciosa:
lo que nació como gesto contracultural se ha convertido en uniforme de masas.
La rebeldía se ha vuelto obediencia.
La singularidad, rutina.
La libertad, moda.

Y uno, que ya ha visto demasiadas modas pasar, no puede evitar pensar que la piel —esa obra maestra que la naturaleza tardó millones de años en perfeccionar— merecía algo más que convertirse en catálogo de símbolos prefabricados.

No pido que nadie renuncie a lo que le gusta.
Solo pido —con humor, con ironía, con un suspiro renacentista— que recordemos que la elegancia también existe, que la piel también es belleza, que la sobriedad también comunica, que la ausencia de tinta también es un estilo.

Y que, en un mundo donde todos se tatúan,
la verdadera modernidad quizá sea no hacerlo.



miércoles, junio 17, 2026

PIEL

 

Vamos a ponernos filosóficos de verdad, de esos que leen a Montaigne con un café, a Séneca con una ceja levantada y a Ortega con un suspiro. Vamos a escribir un texto que no ataque a nadie, pero que ponga en evidencia la banalidad estética contemporánea, y que lo haga desde la altura de quien ha leído, ha pensado y ha vivido lo suficiente como para distinguir lo profundo de lo epidérmico.

Aquí tienes tu columna filosófica, elegante, afilada y absolutamente en nuestra línea editorial.


O por qué la piel, que es un milagro, no merece ser tratada como un tablón de anuncios

Hay épocas en la historia en las que el ser humano, incapaz de soportar el peso de su propia interioridad, decide escribir sobre su piel aquello que no sabe expresar con palabras. Y no porque la tinta sea más profunda que el pensamiento, sino porque el pensamiento —ay— exige un esfuerzo que nuestra modernidad líquida ya no está dispuesta a pagar.

Vivimos en un tiempo en el que la superficie ha derrotado a la esencia, y en el que la piel, ese milagro biológico que la naturaleza tardó millones de años en perfeccionar, se ha convertido en un lienzo improvisado donde cada cual plasma símbolos que no siempre comprende, frases que no siempre siente y dibujos que no siempre resisten el paso de los años.

No es una crítica moral. Es una reflexión filosófica.

Porque el tatuaje, antaño gesto íntimo, ritual, identitario, se ha transformado en un fenómeno de masas, en una estética obligatoria, en una moda que se presenta como libertad cuando en realidad es uniformidad disfrazada de rebeldía.

La paradoja es deliciosa: lo que nació como ruptura hoy es obediencia. Lo que fue símbolo hoy es decoración. Lo que fue transgresión hoy es rutina.

Y uno, que ha leído lo suficiente como para desconfiar de las modas, no puede evitar preguntarse: ¿qué nos lleva a escribir sobre la piel aquello que no nos atrevemos a pensar?

Porque tatuarse duele. Y cuesta dinero. Y es permanente. Y sin embargo, la decisión se toma con la ligereza con la que se elige un filtro de Instagram.

La filosofía clásica —esa que algunos consideran antigua por no haber sido escrita en TikTok— nos enseñó que el cuerpo es templo, morada, instrumento. Nunca cartel. Nunca escaparate. Nunca catálogo.

Los estoicos hablaban de la piel como frontera entre el mundo y el alma. Los renacentistas la consideraban parte de la armonía del ser. Los humanistas la veían como un territorio sagrado que no debía ser profanado sin motivo.

Hoy, en cambio, la piel se ha convertido en un lienzo de urgencia, en un espacio donde se imprime lo que no se medita, donde se fija lo que no se comprende, donde se eterniza lo que quizá no dure ni un año en el corazón.

Y lo más curioso —lo más filosóficamente inquietante— es que esta moda no distingue ya entre clases, edades ni estilos. Lo que antes se asociaba a vidas duras, a márgenes, a historias intensas, hoy lo llevan chicas y chicos perfectamente normales, como si la tinta fuera un requisito para pertenecer a la modernidad.

Pero la modernidad, Vicente, no consiste en tatuarse. Consiste en pensar. En elegir. En discernir. En no dejarse arrastrar por la corriente estética del momento.

La verdadera libertad no está en marcar la piel, sino en no necesitar hacerlo para sentirse alguien. La verdadera identidad no se imprime: se construye. La verdadera profundidad no se tatúa: se lee, se vive, se piensa.

Y quizá —solo quizá— la mayor rebeldía estética de nuestro tiempo sea llevar la piel limpia, como un acto de resistencia silenciosa frente a la saturación visual que nos rodea.

Porque en un mundo donde todos se tatúan, la piel intacta es el último gesto filosófico.

EL TEXTO DESTACADO

HUMOS

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