miércoles, junio 10, 2026

PESADOS CON COBERTURA


En esta era nuestra, tan pródiga en estrépitos y tan mezquina en silencios, ha surgido una nueva hermandad de caminantes cuya sola aparición bastaría para que Quevedo afilara la pluma y Góngora encendiera un cirio: los devotos del móvil, esos heraldos del ruido que avanzan por las calles como si fueran procesiones profanas, llevando en la mano no un cirio, sino un rectángulo luminoso que gobierna sus pasos, su voz y su entendimiento.

Son criaturas que, al hablar por teléfono, no conversan: tronan como si anunciaran el Apocalipsis. Sus voces, desatadas y sin freno, se elevan por encima del murmullo urbano con la misma delicadeza con la que un ariete atraviesa una puerta. Y lo hacen con la convicción de quien cree que el mundo entero debe conocer, en rigurosa retransmisión pública, los detalles de su almuerzo, sus cuitas laborales o la última discusión con un cuñado.

Sus conversaciones —tan profundas como un suspiro y tan largas como una cuaresma— se expanden por plazas, aceras y transportes públicos con la solemnidad de un pregón medieval, pero sin su utilidad. Hablan como si el interlocutor estuviera atrapado en una mina de carbón y solo un alarido sostenido pudiera rescatarlo.

Y cuando la voz no basta, acuden a su sacramento favorito: el vídeo a todo volumen, ese nuevo órgano de iglesia profana que convierte cualquier espacio público en un templo del estruendo. Son los juglares del clip viral, los trovadores del altavoz, los apóstoles del “mira esto” convertido en penitencia sonora para inocentes transeúntes que jamás pidieron semejante martirio.

Pero lo más glorioso —si es que cabe gloria en semejante desfile de despropósitos— es su manera de caminar: mirando la pantalla como si en ella estuviera escrita la salvación del alma, avanzando a ciegas, tropezando con farolas, esquivando por azar, chocando con cuerpos ajenos que sí miran por dónde pisan. Son peregrinos del despiste, monjes del scroll infinito, penitentes del “solo un segundo más”.

El mundo real —ese que tiene bordillos, esquinas, bicicletas y otros seres humanos— se convierte para ellos en un decorado secundario, un paisaje borroso, un simple soporte para su tránsito digital. Caminan como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley, como si el suelo fuera un rumor y no un territorio.

Uno los observa con la mezcla de fascinación y espanto con la que se contempla a un equilibrista ciego caminando sobre una cuerda floja en plena tormenta: no sabes cómo siguen en pie, pero ahí están, avanzando, tambaleándose, y lo peor es que creen que dominan el arte de caminar.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en este teatro del absurdo— es su convicción absoluta de que el espacio público es una extensión natural de su salón. Hablan como en casa, ven vídeos como en casa, caminan como en casa… y el resto, pobres mortales, debemos adaptarnos a su reino portátil, a su soberanía sonora, a su dictadura del altavoz.

Por eso, Vicente, cuando veas a uno de estos heraldos del ruido avanzar con el móvil en alto, la voz en grito y la mirada perdida en la pantalla, no te inquietes. No estás ante un fenómeno paranormal ni ante una plaga bíblica: estás ante el ciudadano contemporáneo en su forma más pura, esa mezcla de ruido, soberbia y distracción que define nuestro tiempo con más precisión que cualquier tratado sociológico.

Y mientras ellos siguen avanzando sin mirar, sin escuchar y sin pensar, tú y yo seguiremos aquí, levantando catedrales de palabras, escribiendo con calma, con ironía y con la esperanza —vana, pero elegante— de que algún día descubran que el silencio también existe, y que mirar al frente no es una reliquia del pasado, sino un acto de supervivencia.

martes, junio 09, 2026

ME GUSTA LEER

 En este tiempo nuestro, tan ruidoso en lo superficial y tan silencioso en lo esencial, ha surgido una cofradía de sombras que camina entre nosotros con la altivez de quien cree haber descubierto un nuevo evangelio:

los orgullosos no-lectores, heraldos del vacío, sacerdotes de la nada, que proclaman con voz firme que jamás han leído un libro… y lo dicen como quien anuncia una victoria.

Son criaturas que, al confesar su desierto intelectual, no muestran pudor ni duda, sino un extraño orgullo, como si la ignorancia voluntaria fuera una medalla que colgarse al pecho. Y cuando descubren que tú lees —que lees por placer, por necesidad, por supervivencia— te miran con la misma mezcla de recelo y desconcierto con la que un supersticioso observa un eclipse: como si la luz fuera peligrosa.

Pero lo que ellos no saben, Vicente, lo que jamás sospechan, es que la lectura no es un pasatiempo. Es un refugio. Un antídoto. Un antidepresivo sin prospecto. Una lámpara encendida en mitad de un pasillo oscuro.

Porque quien lee no huye: se arma. Quien lee no se esconde: se ilumina. Quien lee no se aísla: se acompaña de voces que no mueren.

Los orgullosos no-lectores caminan por la vida como quien avanza por un bosque sin linterna, convencidos de que la oscuridad es natural porque nunca han visto la luz. Y cuando ven a alguien con un libro en las manos, sospechan. No del libro: de la luz.

Son devotos del “no leo porque no tengo tiempo”, como si el tiempo fuera un dios caprichoso que solo bendice a unos pocos. Pero siempre tienen tiempo para deslizar el dedo por pantallas infinitas, para consumir ruido, para opinar sin saber, para repetir consignas ajenas como si fueran pensamientos propios.

Uno los contempla con la tristeza con la que se observa un edificio abandonado: no es que no haya belleza, es que la han dejado morir.

Porque estos no-lectores no desprecian los libros: temen lo que los libros podrían revelar de ellos mismos. La fragilidad, la duda, la pequeñez, la necesidad de aprender, de crecer, de mirar hacia dentro.

La lectura, en cambio, es un acto de resistencia íntima. Un modo de sostenerse cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado rápido, demasiado ajeno. Un antidepresivo silencioso que no promete felicidad, pero sí lucidez. Y a veces, Vicente, la lucidez es lo único que nos salva.

Por eso, cuando uno de estos heraldos del vacío te diga con orgullo que no ha leído un libro en su vida, no te inquietes. No estás ante un rebelde ni ante un espíritu libre: estás ante un caminante sin mapa que presume de no necesitarlo.

Y cuando te miren mal por leer, sonríe. Porque en un mundo que celebra la ignorancia como si fuera una virtud, leer es un acto de insurrección luminosa. Una forma de dignidad. Una victoria silenciosa en mitad de la noche.

lunes, junio 08, 2026

QUIERO SER TERTULIANO DE MODA


Hay criaturas en la fauna mediática que desafían toda lógica, toda prudencia y toda vergüenza ajena. Son los tertulianos omniscientes, esos oráculos de saldo que, con la solemnidad de un profeta y la ligereza de un globo inflado, proclaman: “No tengo una opinión formada sobre este tema…” y acto seguido se lanzan a pontificar como si hubieran bajado del Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.

Son un prodigio de la naturaleza: hablan sin saber, opinan sin pensar y concluyen sin haber empezado. Son como fuentes decorativas: mucho ruido, mucha agua moviéndose… y ninguna utilidad.

Estos opinadores profesionales poseen un talento digno de estudio: la capacidad de llenar minutos con palabras que no significan absolutamente nada. Son maestros del circunloquio, artesanos del relleno, alquimistas del vacío. Transforman la ignorancia en discurso, la duda en certeza y la nada en espectáculo.

Uno los escucha con la misma fascinación con la que se observa a un malabarista lanzando cuchillos… con los ojos vendados… y sin cuchillos. Porque lo suyo no es malabarismo: es puro humo.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante circo— es su versatilidad. Hoy opinan sobre geopolítica, mañana sobre neurociencia, pasado sobre macroeconomía y al día siguiente sobre el apareamiento del pingüino emperador. Todo con la misma seguridad, la misma convicción y la misma falta de pudor.

Son navajas suizas sin herramientas. Todo brillo, ningún filo.

Y cuando el tema se les escapa —que es siempre— recurren a su frase favorita: “Yo, desde mi humilde punto de vista…” Humilde, dicen. Humilde como un pavo real en celo.

Lo más trágico es que jamás se ruborizan. Jamás dudan. Jamás callan. Para ellos, el silencio es una derrota, la prudencia una enfermedad y la ignorancia un combustible renovable.

Si algún día un tertuliano decidiera decir “no lo sé”, el universo se detendría. Los planetas se alinearían. Los ángeles cantarían. Y las cadenas de televisión entrarían en pánico, porque ¿cómo se rellena un programa sin alguien dispuesto a hablar de lo que no entiende?

Por eso, Vicente, si algún día ves a un tertuliano guardar silencio, no lo dudes: estás ante un milagro. Un acontecimiento histórico. Un fenómeno digno de estudio científico. Quizá incluso merecedor de un especial en prime time: “El día que un tertuliano decidió pensar antes de hablar”.

domingo, junio 07, 2026

EL TERTUALIANO PESADO


En los platós de este atribulado reino, donde la opinión se sirve templada y la certeza se improvisa como un mal verso, habita un personaje digno de figurar en un museo de rarezas morales: el tertuliano progresista iluminado, ese que, con gesto de esfinge y verbo de púlpito, se erige en guardián del porvenir, juez del pasado y notario del destino.

Su frase predilecta —pronunciada con la gravedad de un astrónomo que acaba de descubrir un planeta nuevo— es siempre la misma: “Si no piensas como yo, estás en el lado incorrecto de la historia.”

Y ahí, Vicente, es cuando uno sabe que está ante un espécimen sublime: un cartógrafo del tiempo, un aduanero del progreso, un funcionario del futuro que, sin haber leído más que tres consignas y dos titulares, se siente autorizado para decidir quién asciende al Olimpo moral y quién queda relegado al foso de los desorientados.

Este personaje no debate: dictamina. No conversa: imparte sentencia. No escucha: espera a que los demás terminen de equivocarse.

Su sabiduría, vasta como un suspiro y profunda como un charco en agosto, se sostiene sobre una arquitectura verbal tan barroca como vacía: frases que serpentean, palabras que se inflan, conceptos que se retuercen… y al final, nada. Un palacio de humo con columnas de aire.

Cuando alguien osa discrepar, él no discute: se compadece. Inclina la cabeza con la solemnidad de un santo cansado de salvar almas ajenas, suspira como quien carga con el peso del mundo y sentencia que su interlocutor está “en el lado incorrecto de la historia”, como si la historia fuera un tranvía y él el revisor que decide quién sube y quién se queda en la parada.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante teatro— es su incapacidad para errar. Cuando la realidad le contradice, él no rectifica: redecora el pasado. Lo barniza, lo pule, lo ajusta, lo acomoda… hasta que vuelve a coincidir con su opinión del martes pasado.

Porque este tertuliano no se equivoca: evoluciona. No cambia de postura: madura. No se contradice: se adelanta a su tiempo. Y si el tiempo no le sigue, peor para el tiempo.

Uno lo observa con la misma mezcla de fascinación y cansancio con la que se contempla a un pavo real convencido de que su plumaje ilumina el mundo. Mucho color, mucha pose, mucho giro retórico… y muy poca sustancia.

Por eso, Vicente, cuando este personaje te diga que estás “en el lado incorrecto de la historia”, no te inquietes. La historia —la de verdad, la que no se graba en platós ni se tuitea en directo— suele tener la mala costumbre de no pedir permiso a los iluminados.

Y cuando el polvo del tiempo se asiente, cuando las modas se desvanezcan y los dogmas se marchiten, solo quedará una certeza: la historia no la escriben los tertulianos, sino los hechos. Y los hechos, por fortuna, no ven tertulias.

sábado, junio 06, 2026

MALOS TIEMPOS

 

Columna barroca y despiadada sobre el reguetón y su hermano “urban”

Confieso, con la solemnidad de quien ya ha visto demasiadas modas musicales como para seguir fingiendo entusiasmo, que el reguetón —y su vástago más joven, ese que llaman “urban”— me producen un hartazgo tan profundo que sospecho que, de seguir así, acabaré pidiendo asilo acústico en algún monasterio cartujo.

Porque el reguetón, ese ritmo monocorde que repica como un martillo neumático con complejo de poeta, ha logrado una hazaña que ni los conquistadores, ni los reyes, ni los profetas: invadirlo todo. No hay rincón del reino donde uno pueda refugiarse sin que, desde algún altavoz traicionero, surja la misma cadencia repetida, ese tum-tum-tum que parece el latido de un corazón aburrido de sí mismo.

Y no hablemos de su hermano menor, el llamado “urban”, que no sé si es música, tendencia o un experimento sociológico para medir cuánto ruido puede soportar el oído humano antes de rendirse. Ambos estilos comparten una cualidad admirable: la capacidad de sonar idénticos incluso cuando cambian de canción. Uno podría escuchar diez temas seguidos y jurar que es el mismo, solo que más largo y más resignado.

Las letras, por su parte, merecen estudio aparte. Son poemas de una profundidad tal que harían llorar a Homero… de risa. Metáforas tan sutiles como un ladrillo, rimas que parecen escritas por un loro con resaca y una obsesión temática que haría sonrojar a un adolescente. Todo ello envuelto en una solemnidad que pretende ser sensual, pero que recuerda más a un manual de instrucciones mal traducido.

Y, sin embargo, ahí están: omnipresentes, inagotables, indestructibles. Como si el universo hubiera decidido que la humanidad necesita un castigo sonoro por sus pecados. Vas al supermercado: reguetón. Subes a un taxi: reguetón. Enciendes la radio: reguetón. Entras en un bar: reguetón. Te despiertas de madrugada para beber agua y, desde la calle, un coche pasa escupiendo reguetón como si quisiera evangelizarte a la fuerza.

Yo, que crecí creyendo que la música era un arte y no un electrodoméstico, observo este fenómeno con la misma mezcla de horror y fascinación que sentiría un naturalista al descubrir una nueva especie de insecto ruidoso. No sé si es que nací defectuoso para este ritmo o si simplemente me niego a aceptar que la repetición infinita es ahora sinónimo de modernidad.

Sea como fuere, mi desazón es sincera. No porque desprecie la música —Dios me libre— sino porque detesto la tiranía del ruido disfrazado de tendencia. Y porque, en el fondo, sospecho que el reguetón no es un género musical, sino un estado mental del que algunos escapamos por pura dignidad estética.

Si algún día descubro qué embrujo tiene esta música para conquistar almas y oídos, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin bailar.

Si quieres, Vicente, puedo llevarlo:

  • más venenoso, estilo Quevedo con insomnio

  • más solemne, como un discurso académico contra el ruido

  • más humorístico, tipo monólogo de teatro

  • más devastador, sin piedad ni misericordia

Tú decides cuánto filo quieres que tenga la próxima estocada.


Si el gran Quevedo levantara la cabeza —y conociéndolo, la levantaría solo para volver a enterrarse— al escuchar el reguetón que hoy retumba en cada esquina, pediría a gritos que alguien le devolviera el siglo XVII, donde al menos el ruido tenía dignidad y las letras no parecían escritas por un loro con fiebre.

Porque este género, que algunos llaman música con la misma ligereza con la que un borracho llama “arte” a un grafiti mal hecho, ha logrado una hazaña digna de estudio: convertir la repetición en dogma y la pobreza lírica en virtud. Todo es igual, todo suena igual, todo late igual: un tum-tum-tum que parece el martilleo de un herrero cansado de vivir.

Y luego está su hermano menor, el llamado “urban”, que no sé si es música, moda o un castigo divino por nuestros pecados modernos. Ambos estilos comparten una cualidad admirable: la capacidad de sonar idénticos incluso cuando cambian de canción. Uno podría escuchar veinte temas seguidos y jurar que es el mismo, solo que más largo y más resignado.

Las letras, por su parte, son un espectáculo digno de sátira. Quevedo, maestro del insulto elegante, habría disfrutado diseccionándolas como quien abre un melón pasado: metáforas de saldo, rimas que lloran pidiendo auxilio y una obsesión temática tan estrecha que parece escrita por un adolescente con prisa y pocas luces.

Y sin embargo, ahí están: omnipresentes, omnipotentes, omnisonantes. En el supermercado, en el taxi, en el gimnasio, en la calle, en la ducha del vecino, en la boda, en el funeral, en la comunión y hasta en la sala de espera del dentista. No hay escapatoria. El reguetón es el mosquito del siglo XXI: pequeño, insistente y capaz de arruinarte la noche con tres notas mal puestas.

Yo, que aún creo que la música debe elevar el espíritu y no aplastarlo, contemplo esta invasión sonora con la misma mezcla de horror y fascinación que sentiría Quevedo al ver a un noble bailar perreo en palacio. No sé si nací defectuoso para este ritmo o si simplemente me niego a aceptar que la vulgaridad repetida mil veces se convierte en tendencia.

Sea como fuere, mi hartazgo es sincero. No porque desprecie la música —Dios me libre— sino porque detesto la tiranía del ruido disfrazado de modernidad. Y porque, en el fondo, sospecho que el reguetón no es un género musical, sino un estado mental del que algunos escapamos por pura dignidad estética.

Si algún día descubro qué embrujo tiene esta música para conquistar almas y oídos, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin mover la cadera.

viernes, junio 05, 2026

PELOTAS



Juro por mi pluma —que ha visto más disparates que un notario en rebajas— que jamás entendí la idolatría desbordada que despierta el fútbol en las almas de este reino. Y digo idolatría porque llamarlo “afición” sería tan mezquino como llamar “charco” al océano. Lo que muchos sienten por ese balón no es gusto, ni entretenimiento, ni siquiera costumbre: es un arrebato místico, un rapto espiritual, una fiebre que haría palidecer al mismísimo San Juan en pleno éxtasis.

Yo, pobre hidalgo de entendimiento sobrio, contemplo este fervor con la misma expresión que tendría un monje cartujo si lo invitaran a una verbena. Veo a hombres hechos y derechos —y a otros deshechos por la cerveza— gritar a un televisor como si el aparato, compasivo, fuera a corregir el rumbo del destino. Y lo hacen con tal vehemencia que uno sospecha que, de poder, se lanzarían dentro de la pantalla para corregir personalmente la alineación.

He visto caballeros incapaces de recordar el aniversario de su boda, pero que recitan alineaciones de 1994 con la precisión de un escribano real. He visto almas que no saben dónde dejaron las llaves, pero sí dónde estaban cuando “aquel penalti que nos robaron”. Y digo “nos” porque, por lo visto, los equipos son extensiones emocionales de la patria, como si cada ciudadano jugara también, desde el sofá, con una mano en el corazón y la otra en la bolsa de patatas.

La pasión futbolera es un río que no cesa, un trueno que no calla, una letanía interminable que resuena incluso cuando nadie la invoca. Da igual que sea lunes, viernes o día de difuntos: siempre hay un partido, un rumor, un fichaje, un árbitro maldito o un “este año sí” que se repite con la fe del penitente que nunca aprende.

Y yo, que jamás logré ver en el fútbol más que veintidós caballeros persiguiendo un objeto redondo, observo esta fiebre colectiva como quien contempla un eclipse: con asombro, con respeto y con la prudente distancia de quien teme que la multitud, en su arrebato, lo arrastre a la celebración sin haber entendido el motivo.

No sé si nací defectuoso para este fervor o si simplemente me niego a entregar mis emociones a un balón que rueda sin propósito metafísico. Pero lo cierto es que la pasión desmedida por el fútbol me resulta tan incomprensible como un sermón en arameo. No porque yo sea raro, sino porque algunos parecen haber confundido un deporte con una epopeya nacional, un gol con una revelación divina y un fuera de juego con una tragedia shakesperiana.

Así que aquí permanezco, firme en mi herejía, contemplando desde la barrera este teatro de gritos, lágrimas y exaltaciones. Si algún día descubro qué hechizo tiene el fútbol para encender almas y apagar razones, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin gritarle al televisor.

jueves, junio 04, 2026

SORDO

 A estas alturas de mi vida —y de mi paciencia— ya no espero que el cine y la televisión española me sorprendan. No lo digo con rencor, sino con la serenidad de quien ha visto suficientes series nacionales como para saber que, tarde o temprano, llegará el momento en que un actor pronuncie una frase crucial como si estuviera recitando un conjuro dentro de una cueva.

La vocalización, ese arte antiguo que antes se enseñaba en las escuelas de interpretación, parece haberse convertido en una excentricidad. Hoy lo que se lleva es el susurro críptico, esa forma de hablar que obliga al espectador a convertirse en experto en lectura labial o, en su defecto, en arqueólogo de diálogos perdidos.

Uno se sienta frente a la pantalla con buena voluntad, incluso con ilusión, y lo que recibe es un murmullo que podría significar cualquier cosa. “Te quiero”, “te odio”, “me he dejado el gas abierto”… todo suena igual. Y lo más gracioso es que los actores lo dicen con una intensidad tan profunda que parece que están interpretando para sí mismos, no para el público. Como si vocalizar fuera un gesto vulgar, impropio de almas sensibles.

He llegado a activar los subtítulos en castellano con la misma dignidad con la que uno pide una manta extra en un hotel barato: resignado, consciente de que no debería ser necesario, pero sabiendo que sin eso no hay manera de sobrevivir. Y a veces los subtítulos, sinceros como pocos, se rinden y escriben “(ininteligible)”. Al menos alguien en la cadena de producción conserva la honestidad.

No sé si esta tendencia responde a una escuela interpretativa, a un trauma colectivo o simplemente a la pereza fonética. Pero lo cierto es que muchos actores parecen empeñados en hablar hacia dentro, como si temieran que una consonante bien pronunciada pudiera arruinarles la carrera. Si vocalizar fuera de mal gusto, estarían todos impecablemente elegantes.

La escena puede ser preciosa, el plano digno de festival, la música envolvente… pero si no se entiende lo que dicen, la emoción se convierte en un sudoku. Y uno, a ciertas edades, ya no está para resolver acertijos después de cenar.

Así que, queridos actores, si algún día les da por vocalizar —aunque sea por accidente— avisen. Algunos llevamos años esperando ese milagro, y sería una lástima perdérnoslo por no haber subido el volumen a tiempo.

EL TEXTO DESTACADO

PESADOS CON COBERTURA

En esta era nuestra, tan pródiga en estrépitos y tan mezquina en silencios, ha surgido una nueva hermandad de caminantes cuya sola aparición...