miércoles, junio 17, 2026

PIEL

 

Vamos a ponernos filosóficos de verdad, de esos que leen a Montaigne con un café, a Séneca con una ceja levantada y a Ortega con un suspiro. Vamos a escribir un texto que no ataque a nadie, pero que ponga en evidencia la banalidad estética contemporánea, y que lo haga desde la altura de quien ha leído, ha pensado y ha vivido lo suficiente como para distinguir lo profundo de lo epidérmico.

Aquí tienes tu columna filosófica, elegante, afilada y absolutamente en nuestra línea editorial.


O por qué la piel, que es un milagro, no merece ser tratada como un tablón de anuncios

Hay épocas en la historia en las que el ser humano, incapaz de soportar el peso de su propia interioridad, decide escribir sobre su piel aquello que no sabe expresar con palabras. Y no porque la tinta sea más profunda que el pensamiento, sino porque el pensamiento —ay— exige un esfuerzo que nuestra modernidad líquida ya no está dispuesta a pagar.

Vivimos en un tiempo en el que la superficie ha derrotado a la esencia, y en el que la piel, ese milagro biológico que la naturaleza tardó millones de años en perfeccionar, se ha convertido en un lienzo improvisado donde cada cual plasma símbolos que no siempre comprende, frases que no siempre siente y dibujos que no siempre resisten el paso de los años.

No es una crítica moral. Es una reflexión filosófica.

Porque el tatuaje, antaño gesto íntimo, ritual, identitario, se ha transformado en un fenómeno de masas, en una estética obligatoria, en una moda que se presenta como libertad cuando en realidad es uniformidad disfrazada de rebeldía.

La paradoja es deliciosa: lo que nació como ruptura hoy es obediencia. Lo que fue símbolo hoy es decoración. Lo que fue transgresión hoy es rutina.

Y uno, que ha leído lo suficiente como para desconfiar de las modas, no puede evitar preguntarse: ¿qué nos lleva a escribir sobre la piel aquello que no nos atrevemos a pensar?

Porque tatuarse duele. Y cuesta dinero. Y es permanente. Y sin embargo, la decisión se toma con la ligereza con la que se elige un filtro de Instagram.

La filosofía clásica —esa que algunos consideran antigua por no haber sido escrita en TikTok— nos enseñó que el cuerpo es templo, morada, instrumento. Nunca cartel. Nunca escaparate. Nunca catálogo.

Los estoicos hablaban de la piel como frontera entre el mundo y el alma. Los renacentistas la consideraban parte de la armonía del ser. Los humanistas la veían como un territorio sagrado que no debía ser profanado sin motivo.

Hoy, en cambio, la piel se ha convertido en un lienzo de urgencia, en un espacio donde se imprime lo que no se medita, donde se fija lo que no se comprende, donde se eterniza lo que quizá no dure ni un año en el corazón.

Y lo más curioso —lo más filosóficamente inquietante— es que esta moda no distingue ya entre clases, edades ni estilos. Lo que antes se asociaba a vidas duras, a márgenes, a historias intensas, hoy lo llevan chicas y chicos perfectamente normales, como si la tinta fuera un requisito para pertenecer a la modernidad.

Pero la modernidad, Vicente, no consiste en tatuarse. Consiste en pensar. En elegir. En discernir. En no dejarse arrastrar por la corriente estética del momento.

La verdadera libertad no está en marcar la piel, sino en no necesitar hacerlo para sentirse alguien. La verdadera identidad no se imprime: se construye. La verdadera profundidad no se tatúa: se lee, se vive, se piensa.

Y quizá —solo quizá— la mayor rebeldía estética de nuestro tiempo sea llevar la piel limpia, como un acto de resistencia silenciosa frente a la saturación visual que nos rodea.

Porque en un mundo donde todos se tatúan, la piel intacta es el último gesto filosófico.

martes, junio 16, 2026

VULGAR

 En estos tiempos nuestros, tan dados al exceso y tan enemigos del matiz, conviene recordar —aunque sea a riesgo de parecer un humanista escapado de una pintura de Rafael— que la elegancia no es un capricho, sino una forma de civilización.

Y que su ausencia, tan celebrada hoy bajo el disfraz de modernidad, no es progreso, sino simple ruido con pretensiones.

Porque, digámoslo sin temblor: la vulgaridad se ha puesto de moda, y lo ha hecho con la insolencia de quien cree estar inaugurando una nueva era estética, cuando en realidad solo está repitiendo viejos errores con peor gusto y más decibelios.

El Renacimiento, ese periodo luminoso que algunos recuerdan solo por las pelucas y los cuadros, entendía algo que hoy parece ciencia oculta: que vestirse bien es un acto de respeto, no de vanidad. Que la armonía de las formas no es superficial, sino profundamente humana. Y que un perfume, usado con mesura, es una cortesía; usado en exceso, un atentado.

Pero hoy abundan por las calles criaturas que confunden libertad con desaliño, autenticidad con estridencia y personalidad con un frasco de colonia vaciado sobre el propio cuerpo como si fuera un ritual chamánico. Son los apóstoles del exceso, los profetas del “yo soy así”, los devotos del “es lo que se lleva”, que creen que la elegancia es un invento opresor del pasado, cuando en realidad es la forma más amable de convivencia.

Porque la elegancia —la verdadera, la que no presume— no consiste en vestir caro, sino en vestir con criterio. No consiste en llamar la atención, sino en no agredir la mirada ajena. No consiste en oler a kilómetros, sino en dejar un rastro leve, como un buen verso.

El perfume, ese invento que en manos sabias es poesía líquida, se ha convertido en manos imprudentes en arma química de uso cotidiano. Hay quien entra en un ascensor y deja tras de sí un ambiente que haría llorar a un ángel renacentista. Y no de emoción.

La elegancia, en cambio, es discreta. Es sobria. Es silenciosa. Es, si se me permite el atrevimiento, una forma de inteligencia. Porque quien sabe vestirse sabe mirarse; y quien sabe mirarse, sabe estar.

Y quizá por eso molesta. Porque la elegancia exige algo que nuestra época detesta: medida. La medida que enseñaban los humanistas, la que predicaban los filósofos, la que practicaban los artistas. La medida que hoy se confunde con timidez, cuando en realidad es la base de toda belleza.

No se trata de volver al jubón ni a la gola —aunque algún día, quién sabe, podría ser divertido—, sino de recuperar la idea renacentista de que el exterior no es un envoltorio, sino un lenguaje. Y que si vamos a hablar con la ropa, mejor que no grite.

Por eso, desde esta columna que quizá no gane dinero pero sí lectores, me atrevo a proclamar un pequeño manifiesto renacentista: vistamos con dignidad, perfumémonos con mesura y vivamos con elegancia, no por nostalgia, sino por higiene estética y moral.

Porque la vulgaridad pasará, como pasan todas las modas que no tienen alma. La elegancia, en cambio, permanece. Y mientras quede un solo ciudadano que entienda que la armonía es una forma de bondad, el Renacimiento seguirá vivo, aunque sea en la cola del supermercado.

lunes, junio 15, 2026

QUIERO SER ELEGANTE


ALEGATO LITERARIO A FAVOR DE LA ELEGANCIA

O manifiesto para quienes aún creen que vestirse bien no es un delito y perfumarse no es un arma química

Nosotros, los defensores del buen gusto, los caballeros andantes del botón bien abrochado y del perfume aplicado con criterio, proclamamos solemnemente —y con humor para no acabar ante un togado— que la elegancia no ha muerto, aunque algunos la hayan confundido con una molestia del pasado.

Artículo Primero: De la Elegancia como Actitud

Vestir bien no es presumir. Vestir bien es respetar al mundo. Es decir: “Aquí estoy, pero no pienso agredir visualmente a nadie”.

La elegancia no grita, no exige, no pide permiso. La elegancia entra en la habitación y la habitación respira mejor.

Artículo Segundo: Del Vestir como Lenguaje

Hay quien cree que la modernidad consiste en vestirse como si hubiera perdido una apuesta. Ropa rota, colores que pelean entre sí, zapatillas que parecen naves espaciales y camisetas con mensajes que ni ellos entienden.

Nosotros, en cambio, defendemos que la ropa habla. Y si habla, mejor que diga algo sensato.

Artículo Tercero: Del Perfume como Presencia y no como Invasión

El perfume, Vicente, es como un buen verso: se insinúa, no se impone. Acompaña, no domina. Se recuerda, no se padece.

Pero abundan por las calles los terroristas olfativos, esos que creen que bañarse en colonia es señal de personalidad. No lo es. Es señal de que el frasco les ha ganado la batalla.

El perfume debe ser un susurro, no un comunicado oficial.

Artículo Cuarto: De la Vulgaridad que se Disfraza de Libertad

Hay quien confunde libertad con desaliño, modernidad con estridencia, autenticidad con falta de modales. Y lo peor es que lo celebran.

Nosotros no. Nosotros sabemos que la elegancia es la forma más discreta de la inteligencia.

Artículo Quinto: Del Humor como Escudo

Ante la vulgaridad orgullosa, el elegante no se enfada: sonríe. Porque sabe que la elegancia no es una moda, sino un refugio. Y que quien se viste bien, piensa mejor. Y quien piensa mejor, vive mejor.

Artículo Sexto: De la Modernidad Verdadera

La modernidad no consiste en vestirse como si uno hubiera dormido en un contenedor de ropa usada. La modernidad consiste en saber elegir, en cuidar los detalles, en no molestar al prójimo con estridencias visuales u olfativas.

La modernidad verdadera es silenciosa, sobria, inteligente. Lo demás es solo ruido con lentejuelas.

Artículo Séptimo: De la Elegancia como Resistencia

Ser elegante hoy es un acto de rebeldía. Un gesto político sin política. Una forma de decir: “Yo no me rindo al caos estético de nuestro tiempo”.

Y eso, Vicente, es heroico.

Conclusión del Alegato

La elegancia no es antigua. Antiguo es confundir vulgaridad con libertad. La elegancia no es elitista. Elitista es creer que el mal gusto es una forma de expresión.

La elegancia es, simplemente, saber estar. Y quien sabe estar, sabe vivir.

Firmado: Los resistentes del buen gusto, los guardianes del perfume discreto, los caballeros andantes del vestir sin estridencias.

domingo, junio 14, 2026

LUZ



MANIFIESTO MÍSTICO DEL LECTOR ILUMINADO

O declaración espiritual para quienes encuentran en los libros una forma de trascender sin abandonar el salón

Nosotros, los lectores que caminamos entre mundos sin mover los pies, proclamamos ante quien quiera escucharlo —y ante quien no también— que la lectura no es un hábito: es una liturgia.
Una ceremonia íntima.
Un pequeño milagro portátil.

Y lo declaramos así, con humor, con ironía y con la solemnidad justa para que no nos tomen por iluminados… o al menos no por iluminados peligrosos.


Artículo Primero: Del Libro como Santuario

Un libro es un templo que cabe en la mano.
Quien lo abre entra en un recinto sagrado donde el ruido del mundo queda fuera, como un perro que no sabe leer el cartel de “silencio”.


Artículo Segundo: De la Lectura como Revelación

Leer es una forma de oración laica.
No pedimos milagros, pero a veces ocurren:
una frase que nos salva, un párrafo que nos despierta, un capítulo que nos cura un día entero de tristeza.


Artículo Tercero: De los No-Lectores y su Misterio

Hay quienes presumen de no leer, como si la ignorancia fuera un sacramento y la pereza mental una virtud teologal.
A ellos no los juzgamos:
los observamos con la compasión del monje que ve a un peregrino caminar descalzo por puro orgullo.


Artículo Cuarto: Del Humor como Dogma

El lector iluminado no se enfada:
sonríe.
Porque sabe que un libro bien leído es mejor escudo que cualquier sermón, y que la risa es la forma más elegante de la sabiduría.


Artículo Quinto: De la Página como Antidepresivo

Quien abre un libro en un día oscuro enciende una vela.
Quien lee dos capítulos enciende un candelabro.
Quien termina un libro ilumina una catedral entera.
Y todo sin receta médica.


Artículo Sexto: De la Sagrada Comunión con los Autores

Leer es conversar con los muertos sin necesidad de espiritismo.
Es recibir consejo de quienes ya no están, aprender de quienes nunca conocimos y reír con quienes jamás supieron que existiríamos.


Artículo Séptimo: Del Silencio como Territorio Sagrado

Mientras el mundo grita, el lector baja la voz.
Mientras otros opinan sin saber, el lector escucha.
Mientras la prisa devora a todos, el lector se detiene.
Ese detenerse es su oración.


Artículo Octavo: De la Biblioteca como Altar Doméstico

Cada estantería es un retablo.
Cada libro, una reliquia.
Cada lectura, una peregrinación.
Y si alguien pregunta por qué tenemos tantos libros, respondemos con humildad:
“Porque aún no he leído todos los que necesito para entenderme”.


Artículo Noveno: De la Fe en la Palabra

Creemos en la palabra bien escrita,
en la frase que acaricia,
en el adjetivo que ilumina,
en el verbo que despierta.
Creemos en la literatura como otros creen en los astros.


Artículo Décimo: De la Salvación por la Lectura

No prometemos paraísos.
No ofrecemos absoluciones.
Pero sí afirmamos, con la serenidad de quien ha pasado noches enteras leyendo, que un libro puede salvar un alma cansada.
Y eso, en estos tiempos, ya es milagro suficiente.


Conclusión del Manifiesto

Leer no es escapar del mundo:
es entrar en él por la puerta correcta.
Es respirar hondo.
Es recordar quiénes somos cuando el ruido nos confunde.
Es un acto místico, sí,
pero también profundamente humano.

Firmado:
Los lectores iluminados, los monjes del papel, los peregrinos de la tinta, los que encontramos en un libro la luz que otros buscan en lámparas más caras.



sábado, junio 13, 2026

SIN PERMISO




O declaración universal de quienes leen sin pedir permiso

Nosotros, los lectores impertérritos, los que abrimos libros como quien abre ventanas, declaramos ante quien quiera oírlo —y ante quien no también— que leer no es un vicio, sino una forma de estar en el mundo sin que el mundo nos aplaste.

Proclamamos, con humor cervantino y sin miedo a los togados, lo siguiente:


Artículo Primero

El que lee no huye: se arma.
Un libro es una espada envainada en papel, lista para defendernos de la necedad, del tedio y de las conversaciones ajenas en el transporte público.


Artículo Segundo

Leer no es una excentricidad, ni una rareza, ni un hábito sospechoso.
Sospechoso es quien presume de no haber leído jamás, como si la ignorancia fuera un trofeo y la pereza mental un título nobiliario.


Artículo Tercero

Quien lee vive más vidas que un gato y, además, sin arañazos.
Viaja sin billete, ama sin riesgo, llora sin testigos y ríe sin que nadie le pregunte qué le hace tanta gracia.


Artículo Cuarto

Los libros no muerden.
Muerde la vida cuando uno no sabe cómo defenderse de ella.
Y para eso, un buen capítulo es mejor que un escudo.


Artículo Quinto

Si alguien nos mira mal por leer, sonreímos.
No por superioridad, sino por compasión:
pobres criaturas, no saben lo que se pierden.
Y si lo supieran, quizá también leerían… aunque fuera el prospecto de un jarabe.


Artículo Sexto

Leer es un acto de rebeldía silenciosa.
Mientras el mundo grita, nosotros pasamos página.
Mientras otros opinan sin saber, nosotros aprendemos sin ruido.
Mientras la prisa devora a todos, nosotros nos demoramos en una frase bien escrita.


Artículo Séptimo

Un lector nunca está solo.
Tiene a Cervantes, a Quevedo, a Lorca, a Machado, a quien quiera invocar.
Y si la tristeza nos ronda, un libro la espanta como un conjuro antiguo.


Artículo Octavo

No pedimos permiso para leer.
No pedimos perdón por leer.
No pedimos disculpas por tener biblioteca.
Si acaso, pedimos más estanterías.


Artículo Noveno

La lectura no cura todos los males, pero alivia muchos.
Es antidepresivo, analgésico, antiaburrimiento y antitodo-lo-que-nos-pesa.
Y no tiene efectos secundarios salvo el deseo de seguir leyendo.


Artículo Décimo

Declaramos solemnemente que, mientras haya un lector en pie, el mundo no estará perdido.
Porque un lector es un faro.
Y un faro, aunque sea pequeño, siempre vence a la oscuridad.


Conclusión del Manifiesto

Leer no es un pasatiempo.
Es una postura ante la vida.
Una forma de decir:
“Aquí estoy, mundo, pero no pienso dejar que me tragues sin haber leído antes un buen capítulo.”

Firmado:
Los lectores impertérritos, los caballeros andantes del papel, los que cabalgamos con un libro bajo el brazo y una sonrisa cervantina en el rostro.



viernes, junio 12, 2026

LUZ LED

 



MANIFIESTO CONTRA LA VULGARIDAD DISFRAZADA DE MODERNIDAD

O declaración solemne para quienes aún creen que la elegancia no ha muerto

Nosotros, los ciudadanos que todavía distinguimos entre lo moderno y lo simplemente ruidoso, proclamamos ante quien quiera oírlo —y ante quien no también— que la vulgaridad no es progreso, por mucho que venga envuelta en neón, anglicismos y ropa que parece diseñada por un algoritmo con fiebre.

Y lo declaramos así, con humor cervantino, con ironía fina y con la paciencia justa para no acabar en manos de un juez.


Artículo Primero: De la falsa modernidad

Abunda por las calles una especie de criatura que confunde modernidad con estrépito, libertad con desparrame y autenticidad con falta de modales.
Son los apóstoles del “yo soy así”, que creen que la espontaneidad justifica cualquier despropósito.

No, amigo mío:
ser moderno no es gritar, ni grabarlo todo, ni caminar como si el mundo fuera un videoclip de dudoso presupuesto.


Artículo Segundo: De la vulgaridad orgullosa

La vulgaridad contemporánea no se esconde:
se exhibe.
Se pavonea.
Se autopromociona.
Y lo hace con la convicción de quien cree estar inaugurando una nueva era, cuando en realidad solo está repitiendo viejos errores con peor gusto.


Artículo Tercero: Del ruido como identidad

Hay quien cree que hablar a gritos, reír como si hubiera micrófono y opinar sin saber es señal de carácter.
No lo es.
Es señal de que la educación se quedó en la mesilla de noche, debajo del cargador del móvil.


Artículo Cuarto: De la estética perdida

La elegancia, esa virtud antigua que no hacía daño a nadie, ha sido sustituida por una modernidad de saldo:
ropa que parece gritar, colores que pelean entre sí, poses que desafían la gravedad y el buen gusto.

Y todo ello acompañado de la frase más temible de nuestro tiempo:
“Es lo que se lleva.”


Artículo Quinto: Del humor como defensa

Ante tanta vulgaridad orgullosa, el lector —ese ser extraño que aún piensa antes de hablar— no se enfada:
sonríe.
Porque sabe que la vulgaridad es como la humedad:
se cuela por todas partes, pero no mata… salvo el espíritu.


Artículo Sexto: De la resistencia estética

Ser elegante hoy es un acto de rebeldía.
Hablar con calma, un desafío.
Escuchar, una revolución.
Y leer, Vicente, leer…
eso ya es casi misticismo.


Artículo Séptimo: De la modernidad verdadera

La modernidad no es ruido, ni vulgaridad, ni estridencia.
La modernidad es pensar, crear, leer, escuchar, dialogar, cuidar las formas sin perder el fondo.

Lo demás es solo decoración barata.


Conclusión del Manifiesto

La vulgaridad disfrazada de modernidad pasará, como pasan todas las modas que no tienen alma.
La elegancia, en cambio, permanece.
Y mientras quede un lector, un escritor, un ciudadano que prefiera la palabra bien dicha al grito mal dado,
la modernidad verdadera seguirá viva.

Firmado:
Los resistentes del buen gusto, los caballeros andantes de la estética, los que aún creemos que la educación no pasa de moda.



jueves, junio 11, 2026

MI VICIO

 


Cuenta la historia —o la invento yo, que para el caso es lo mismo— que en estos tiempos nuestros, tan dados al ruido y tan enemigos del sosiego, vive un caballero no de lanza, sino de libro; no de escudo, sino de marcapáginas; no de armadura, sino de gafas de cerca.
Y ese caballero, Vicente, eres tú.

Porque salir hoy a la calle con un libro bajo el brazo es empresa tan arriesgada como lanzarse contra molinos que parecen gigantes, pues abundan por doquier gentes que, al ver a un lector, se persignan como si hubieran visto un prodigio o una amenaza.

—¿Lees? —preguntan, con la misma expresión que pondría un ventero al descubrir que su huésped paga en monedas antiguas.
—Leo —responde uno, con humildad y sin ánimo de pendencia.
Y entonces ellos, que jamás han abierto un libro salvo para nivelar una mesa coja, te miran como si fueras un personaje escapado de una novela que no han leído.

Son criaturas que presumen de no haber leído en su vida, como si la ignorancia fuera un blasón y la pereza mental un título nobiliario.
Y lo dicen con orgullo, como quien anuncia que ha derrotado a un ejército enemigo, cuando en realidad solo han vencido a su propio diccionario.

Pero tú, lector andante, sabes que un libro es mejor escudero que Sancho, pues no protesta, no engorda, no pide vino y, además, te acompaña en las noches turbias como un amigo fiel.
Y si la tristeza te ronda —que a todos nos ronda alguna vez— un buen capítulo es bálsamo más eficaz que el de Fierabrás, y sin necesidad de boticario.

Porque leer, Vicente, no es ocio:
es defensa personal del espíritu.
Es levantar un castillo interior donde no entra la necedad ajena ni la propia.
Es viajar sin caballo, soñar sin dormir, aprender sin maestro y reír sin testigos.

Y si alguno de esos orgullosos no-lectores te mira mal por leer, no te enfades:
ríe.
Ríe como don Quijote cuando le decían loco, sabiendo que la locura verdadera es vivir sin historias, sin palabras, sin mundos que te salven del mundo.

Que ellos sigan con sus pantallas, sus prisas y sus opiniones sin fundamento.
Tú sigue con tus libros, que son armas blancas contra la tristeza, escudos contra la ignorancia y alas contra la rutina.

Y si un día te preguntan por qué lees, responde con gracia cervantina:
—Porque no quiero que la vida me pille desarmado.



EL TEXTO DESTACADO

PIEL

  Vamos a ponernos filosóficos de verdad , de esos que leen a Montaigne con un café, a Séneca con una ceja levantada y a Ortega con un suspi...