Juro por mi pluma —que ha visto más disparates que un notario en rebajas— que jamás entendí la idolatría desbordada que despierta el fútbol en las almas de este reino. Y digo idolatría porque llamarlo “afición” sería tan mezquino como llamar “charco” al océano. Lo que muchos sienten por ese balón no es gusto, ni entretenimiento, ni siquiera costumbre: es un arrebato místico, un rapto espiritual, una fiebre que haría palidecer al mismísimo San Juan en pleno éxtasis.
Yo, pobre hidalgo de entendimiento sobrio, contemplo este fervor con la misma expresión que tendría un monje cartujo si lo invitaran a una verbena. Veo a hombres hechos y derechos —y a otros deshechos por la cerveza— gritar a un televisor como si el aparato, compasivo, fuera a corregir el rumbo del destino. Y lo hacen con tal vehemencia que uno sospecha que, de poder, se lanzarían dentro de la pantalla para corregir personalmente la alineación.
He visto caballeros incapaces de recordar el aniversario de su boda, pero que recitan alineaciones de 1994 con la precisión de un escribano real. He visto almas que no saben dónde dejaron las llaves, pero sí dónde estaban cuando “aquel penalti que nos robaron”. Y digo “nos” porque, por lo visto, los equipos son extensiones emocionales de la patria, como si cada ciudadano jugara también, desde el sofá, con una mano en el corazón y la otra en la bolsa de patatas.
La pasión futbolera es un río que no cesa, un trueno que no calla, una letanía interminable que resuena incluso cuando nadie la invoca. Da igual que sea lunes, viernes o día de difuntos: siempre hay un partido, un rumor, un fichaje, un árbitro maldito o un “este año sí” que se repite con la fe del penitente que nunca aprende.
Y yo, que jamás logré ver en el fútbol más que veintidós caballeros persiguiendo un objeto redondo, observo esta fiebre colectiva como quien contempla un eclipse: con asombro, con respeto y con la prudente distancia de quien teme que la multitud, en su arrebato, lo arrastre a la celebración sin haber entendido el motivo.
No sé si nací defectuoso para este fervor o si simplemente me niego a entregar mis emociones a un balón que rueda sin propósito metafísico. Pero lo cierto es que la pasión desmedida por el fútbol me resulta tan incomprensible como un sermón en arameo. No porque yo sea raro, sino porque algunos parecen haber confundido un deporte con una epopeya nacional, un gol con una revelación divina y un fuera de juego con una tragedia shakesperiana.
Así que aquí permanezco, firme en mi herejía, contemplando desde la barrera este teatro de gritos, lágrimas y exaltaciones. Si algún día descubro qué hechizo tiene el fútbol para encender almas y apagar razones, prometo comunicarlo. Aunque, eso sí, sin gritarle al televisor.