sábado, julio 11, 2026

NOTAS



NOTA DE AUTOR

Escribir esta historia no fue una decisión.
Fue una consecuencia.

Una consecuencia de vivir en una ciudad donde las sombras caminan más rápido que la luz, donde las voces se cruzan sin tocarse, donde las historias reales son más extrañas que las inventadas.
Una ciudad que, como todas las mediterráneas, tiene memoria larga y paciencia corta.

Mucho de lo que aquí se cuenta nació de anécdotas que me ocurrieron de verdad.
Anécdotas pequeñas, raras, aparentemente insignificantes, pero que se quedaron conmigo como piedras en el zapato.
Unas llamadas extrañas.
Unas miradas que no encajaban.
Unos silencios demasiado largos.
Unos encuentros que parecían casuales… y no lo eran tanto.

No he escrito esta novela para denunciar nada.
Ni para señalar a nadie.
Ni para buscar culpables.

La he escrito porque las historias que no se cuentan se pudren, y yo no quería que esta se pudriera.
Quería darle forma.
Quería darle voz.
Quería darle un final, aunque la vida rara vez los ofrece.

Si algo he aprendido mientras escribía es que todos somos un poco como Vicente:
curiosos, tercos, vulnerables, testarudos, incapaces de dejar un hilo suelto sin tirar de él.
Y también he aprendido que, a veces, tirar del hilo es lo que nos salva.
O lo que nos complica la vida.
O ambas cosas a la vez.

A quienes lean esta historia —en Valencia, en Alemania, en Singapur o en Estados Unidos— solo puedo decirles una cosa:

Gracias por acompañarme en este paseo por las calles donde la luz deslumbra y las sombras hablan.

Y si alguna vez sienten que la realidad se parece demasiado a esta novela…
no se preocupen.

A veces la ficción solo es la realidad con mejor ritmo.

Vicente
L’Eliana, Valencia
2026



viernes, julio 10, 2026

CIERRE

 


.


EPÍLOGO ADICIONAL: La Ciudad Después del Silencio

Donde la historia termina, pero la vida sigue caminando por las mismas calles

Valencia amaneció igual que siempre.
Los mismos ruidos.
Los mismos coches.
Los mismos vecinos que saludan sin mirar.
La misma luz que lo revela todo, incluso lo que uno preferiría dejar en sombra.

Pero para Vicente, la ciudad ya no era la misma.

Había algo distinto en el aire.
No miedo.
No amenaza.
Otra cosa.

Conciencia.

Como si la ciudad supiera lo que había pasado.
Como si hubiera sido testigo.
Como si hubiera decidido guardar silencio por respeto.

Vicente caminó por la calle con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de frases que aún no sabía si escribir o enterrar.
El mar olía igual.
El viento soplaba igual.
Pero él no era el mismo.

Camilleri habría dicho:
“Las historias no cambian el mundo, pero cambian a quien las vive.”

Y Vicente la había vivido entera.


1. El inspector Luján y el caso que no se archiva

Luján lo llamó una semana después.

—El caso sigue abierto —dijo.
—¿Y eso qué significa?
—Que no lo hemos cerrado.
—¿Y lo vais a cerrar?
—No.

Vicente sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero sincera.

—Gracias.
—No me des las gracias —respondió Luján—.
No lo hago por ti.
Lo hago porque hay cosas que no se deben olvidar.

Vicente entendió perfectamente.


2. El hombre de la chaqueta oscura

Nunca lo volvieron a ver.
Ni en el puerto.
Ni en el barrio.
Ni en ninguna cámara.

Desapareció como había aparecido:
sin ruido, sin prisa, sin explicación.

Pero Vicente sabía que seguía ahí.
No cerca.
No lejos.
Simplemente… ahí.

Como una sombra que no amenaza, pero tampoco se va.


3. La mujer del locutorio

La policía entregó sus pocas pertenencias a un familiar lejano.
Un bolso gastado.
Un par de fotos.
Un pañuelo.

El pañuelo que Vicente guardó.

No como recuerdo.
Como promesa.


4. La palabra

Vicente volvió a escribir.
No sobre ella.
No sobre ellos.
No sobre el nombre prohibido.

Escribió sobre la ciudad.
Sobre la gente que mira sin ver.
Sobre los silencios que pesan.
Sobre las historias que nadie cuenta.

Y, sin querer, escribió sobre sí mismo.

Porque al final, toda novela negra es una confesión disfrazada.


5. El final que no es final

Una tarde, mientras caminaba por el barrio, Vicente sintió algo extraño.

No miedo.
No peligro.
Una presencia.

Se giró.

Nadie.

Solo una farola.
Una sombra.
Un silencio.

Y entonces lo entendió.

La historia había terminado.
Pero el eco seguiría ahí.
En las calles.
En la ciudad.
En él.

Camilleri habría dicho:
“Las historias no se acaban. Se cansan.”

Y esta, por fin, se había cansado.

Vicente respiró hondo.
Miró el cielo.
Y siguió caminando.

Porque la vida, como las buenas novelas, siempre deja una puerta entreabierta.



jueves, julio 09, 2026

CAPITULO 12

 



NOVELA NEGRA | Capítulo XII: El Silencio que Habla

Donde la verdad aparece, la ciudad decide y Vicente descubre que no todas las historias terminan como uno quiere

El puerto amaneció gris.
No nublado.
Gris.
Ese gris que no es meteorología, sino presagio.

Vicente llevaba horas allí, sentado en un banco metálico que le helaba la espalda.
El pañuelo de la mujer del locutorio seguía en su mano.
Seco.
Frío.
Con olor a perfume barato y a algo que no quería identificar.

Camilleri habría dicho:
“La verdad llega cuando ya no la necesitas.”

Y Vicente estaba a punto de comprobarlo.


XII.1. El almacén y la puerta que no debería abrirse

Luján llegó con dos agentes.
Sin sirenas.
Sin ruido.
Sin esperanza.

—Hemos localizado otro almacén —dijo—.
En el polígono.
Uno que no estaba en el mapa.

Vicente se levantó.

—Vamos.

El polígono industrial estaba desierto.
Ni un coche.
Ni un perro.
Ni un alma.

El almacén tenía la puerta entreabierta.
Eso era lo peor.
Las puertas cerradas esconden.
Las puertas abiertas anuncian.

Entraron.

El silencio era tan espeso que parecía sólido.

Y entonces la vieron.


XII.2. La mujer del locutorio y la verdad que duele

Estaba sentada en una silla.
No atada.
No golpeada.
No muerta.

Pero tampoco viva del todo.

Los ojos abiertos.
La mirada perdida.
La respiración lenta.
Demasiado lenta.

Vicente corrió hacia ella.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Mírame! ¡Soy yo!

Ella parpadeó.
Una vez.
Dos.

—Vicente… —susurró—.
No debiste venir.

Vicente sintió que se le rompía algo por dentro.

—Estoy aquí.
—No…
—ella negó con la cabeza—
no estás aquí para mí.
Estás aquí para ellos.

Luján se acercó.

—¿Quién te ha hecho esto?
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Nadie…
—ella respiró hondo—
porque no hay un quién.
Hay un qué.

Vicente tragó saliva.

—El nombre.
—Sí.
—¿Qué es?
—Una red.
Una forma de desaparecer gente.
Una forma de callar voces.
Una forma de borrar historias.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Y yo qué pinto en esto?
—Tú…
—ella lo miró con una mezcla de cariño y lástima—
tú escribes.
Y ellos no quieren que nadie escriba lo que ve.


XII.3. La revelación que nadie quería

Luján encontró un móvil en el suelo.
Encendido.
Grabando.

Lo levantó.

En la pantalla había un mensaje:

“Esto no es contra ella.
Es contra él.”

Vicente sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Contra mí?
—Sí —dijo la mujer—.
Porque tú no te callas.
Porque tú preguntas.
Porque tú ves.
Porque tú cuentas.

Vicente se arrodilló frente a ella.

—¿Qué quieren que haga?
—Nada.
—¿Nada?
—Que desaparezcas.
—ella sonrió con tristeza—
pero no físicamente.
Peor.
Que dejes de escribir.

Vicente sintió un golpe en el pecho.

—Eso no puedo hacerlo.
—Entonces…
—ella cerró los ojos—
ya sabes cómo termina esto.


XII.4. El final que no es final

Un ruido detrás.
Pasos.
Luján levantó el arma.

El hombre de la chaqueta oscura apareció en la puerta.
Sin esposas.
Sin prisa.
Sin miedo.

—¿Cómo has salido? —preguntó Luján.
—Nunca estuve dentro.

Vicente se levantó.

—¿Qué quieres?
—Nada.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Para decirte algo.

Vicente apretó los dientes.

—Dilo.
—Esto no es personal.
—¿Ah, no?
—No.
—el hombre lo miró con calma—
Es profesional.

Luján apuntó.

—Un paso más y disparo.
—No hace falta —dijo el hombre—.
Ya me voy.

Y se fue.
Sin correr.
Sin mirar atrás.
Como si supiera que nadie podía detenerlo.


XII.5. El silencio que habla

La mujer del locutorio abrió los ojos por última vez.

—Vicente…
—susurró—
no dejes que te callen.

Vicente la tomó de la mano.

—No lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.

Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Suficiente.

Y entonces…
el silencio.

No un silencio de muerte.
Un silencio de verdad.

Un silencio que hablaba.


XII.6. Epílogo

Días después, Vicente se sentó frente al ordenador.
La ciudad seguía ahí fuera.
El nombre prohibido seguía en las sombras.
El hombre de la chaqueta oscura seguía libre.

Pero él tenía algo que ellos no podían controlar.

La palabra.

Y empezó a escribir.

No para vengarse.
No para denunciar.
No para ganar.

Para cumplir una promesa.

Y mientras las primeras frases aparecían en la pantalla, pensó:

Camilleri… esta vez, la novela la termino yo.



miércoles, julio 08, 2026

ENTREGA 11

 



NOVELA NEGRA | Capítulo XI: La Ciudad que No Perdona

Donde el nombre prohibido enseña los dientes y Vicente descubre que no está solo en el tablero

La mañana amaneció con un cielo limpio, demasiado limpio.
Ese azul valenciano que parece una postal pero que, cuando la vida se tuerce, se vuelve insultante.

Vicente no había dormido.
No podía.
Cada vez que cerraba los ojos veía la foto en el sobre, la sonrisa del detenido, la mirada rota de la mujer del locutorio.

Camilleri habría dicho:
“El insomnio no es falta de sueño, es exceso de pensamientos.”

Y Vicente tenía demasiados.


XI.1. El inspector Luján y la pieza que falta

Luján lo llamó a primera hora.

—Ven —dijo sin más.

Vicente llegó a la comisaría con el estómago vacío y la cabeza llena.

Luján estaba de pie, mirando un mapa de Valencia lleno de chinchetas rojas.

—¿Qué es esto? —preguntó Vicente.
—El tablero.
—¿Tablero de qué?
—De ellos.

Vicente se acercó.

Las chinchetas marcaban:

  • El locutorio.
  • Su casa.
  • El bar de Manolo.
  • La comisaría.
  • Un polígono industrial en las afueras.
  • Y un punto en el puerto.

—¿Qué significa esto? —preguntó Vicente.
—Que no eres el único.
—¿El único qué?
—El único vigilado.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Quién más?
—Gente que habló.
—¿Y qué les pasó?
—No llegaron al capítulo once.


XI.2. El detenido y la verdad que no quiere decir

Luján lo llevó de nuevo a la sala de interrogatorios.

El hombre de la chaqueta oscura seguía allí.
Tranquilo.
Sereno.
Como si estuviera esperando un autobús.

—Tenemos preguntas —dijo Luján.
—Yo también —respondió el hombre.
—¿Dónde está la mujer?
—Lejos.
—¿Lejos dónde?
—Lejos de ti.
—¿Está viva?
—Por ahora.

Vicente sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué quieren de ella?
—Lo mismo que quieren de ti.
—¿Qué?
—Silencio.

Luján golpeó la mesa.

—Dinos quién está detrás del nombre.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no es un quién.
—El hombre sonrió—.
Es un qué.

Vicente sintió que el aire se volvía más pesado.

—Explícate.
—Ese nombre…
—el hombre bajó la voz—
es una red.
Una estructura.
Una forma de operar.
No un líder.
No un jefe.
No un rostro.

Vicente tragó saliva.

—Entonces, ¿a quién buscamos?
—A nadie.
—¿Cómo que a nadie?
—Porque cuando un nombre es todos, no puedes detener a uno.


XI.3. La pista que no debería existir

Un agente entró corriendo.

—Inspector, tenemos algo.
—¿Qué?
—Una cámara de tráfico.
—¿Dónde?
—En el puerto.
—¿Qué ha grabado?
—A la mujer del locutorio.

Vicente sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Cuándo?
—Hace dos horas.
—¿Sola?
—No.
—¿Con quién?
—Con dos hombres.
—¿Los del nombre?
—No lo sabemos.
—¿A dónde iban?
—A un almacén.

Luján lo miró.

—Vicente…
—dijo con voz grave—
esto ya no es una desaparición.
Es un traslado.


XI.4. El puerto y la verdad que huele a sal y peligro

Vicente y Luján llegaron al puerto en un coche sin distintivos.

El aire olía a sal, a gasoil y a algo más…
a miedo.

El almacén estaba cerrado.
Demasiado cerrado.
Puerta reforzada.
Cerradura nueva.
Silencio absoluto.

—Aquí no hay nadie —dijo Luján.
—O hay alguien que no quiere que lo oigamos —respondió Vicente.

Luján sacó una linterna.
Vicente sacó valor.

Rodearon el edificio.
Nada.
Ni un ruido.
Ni un movimiento.

Hasta que Vicente vio algo en el suelo.

Un pañuelo.
El pañuelo de ella.
El que llevaba siempre en el bolso.

Lo recogió.

Estaba húmedo.
Y olía a perfume barato.

Y a sangre.


XI.5. Final del capítulo

Vicente se quedó quieto, con el pañuelo en la mano.
El puerto parecía más grande.
Más vacío.
Más peligroso.

Luján lo miró.

—¿Estás bien?
—No.
—¿Quieres parar?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ahora ya no es ella.
—Vicente apretó el pañuelo—.
Ahora soy yo.

La ciudad respiraba.
El mar golpeaba.
El nombre prohibido se hacía más grande.

Y Vicente pensó:

Camilleri… ahora sí que estamos entrando en el final.



martes, julio 07, 2026

ENTREGA 10

 



NOVELA NEGRA | Capítulo X: El Nombre que Respira en las Sombras

Donde la ciudad se estrecha, la policía duda y Vicente descubre que el pasado no estaba dormido

La noche cayó sobre Valencia como una manta húmeda.
No refrescaba.
No calmaba.
Solo pesaba.

Vicente caminaba sin rumbo, como si la ciudad pudiera darle respuestas si la recorría lo suficiente.
Pero la ciudad no hablaba.
La ciudad observaba.

Camilleri habría dicho:
“Cuando la ciudad calla, es porque está esperando que seas tú quien hable.”

Y Vicente no tenía ganas de hablar.


X.1. El inspector Luján y la verdad que no quiere decir

Luján lo llamó a medianoche.

—Ven a la comisaría —dijo sin saludar.
—¿Ha pasado algo?
—Siempre pasa algo. Ven.

Vicente llegó en diez minutos.
Luján estaba en su despacho, con la camisa arrugada y la mirada de quien lleva demasiadas horas peleando con la realidad.

—Tenemos un problema —dijo.
—¿Otro?
—Uno grande.

Luján dejó caer una carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotos.
Documentos.
Informes.

Vicente reconoció un rostro.

La mujer del locutorio.

—¿Qué es esto? —preguntó.
—Su expediente.
—¿Por qué me lo enseñas?
—Porque ya no es testigo.
—¿Qué es entonces?
—Una desaparecida.
—Luján bajó la voz—.
Y una pieza clave.

Vicente sintió un nudo en el estómago.

—¿Clave de qué?
—De algo que no debería existir.


X.2. El nombre prohibido empieza a tomar forma

Luján abrió otra carpeta.
Esta vez no había fotos.
Solo un nombre escrito en mayúsculas.

El nombre.

El que la mujer había dicho en voz baja.
El que Vicente había intentado olvidar.
El que había vuelto del pasado como un perro callejero.

Vicente tragó saliva.

—¿Qué sabes de él? —preguntó.
—Lo justo para no querer saber más.
—Dímelo.
—No te va a gustar.
—Dímelo igual.
—Ese nombre…
—Luján respiró hondo—
no es un hombre.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Cómo que no es un hombre?
—Es un alias.
—¿De quién?
—De un grupo.
—¿Qué grupo?
—Uno que opera entre Valencia, Marsella y Palermo.
—¿Mafia?
—No exactamente.
—¿Entonces qué?
—Algo peor.
—Luján lo miró a los ojos—.
Gente que no quiere dinero.
Quiere silencio.

Vicente se apoyó en la mesa.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Todo.


X.3. La mujer del locutorio y la deuda que no sabía que tenía

Luján encendió un cigarrillo.
No debía fumar allí.
Pero lo hizo igual.

—La mujer del locutorio —dijo— no trabajaba para ellos.
—¿Entonces?
—Les debía algo.
—¿Qué?
—Un favor.
—¿Qué favor?
—El tipo de favor que no se puede devolver.

Vicente sintió un vacío.

—¿Y yo qué pinto en esto?
—Ella habló contigo.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque tú escribes.
Porque tú cuentas cosas.
Porque tú ves cosas.
Y ellos no quieren que nadie vea nada.

Vicente se dejó caer en la silla.

—¿La han matado?
—No lo sé.
—¿Lo sospechas?
—Sí.


X.4. El detenido habla… pero no lo suficiente

Luján lo llevó a la sala de interrogatorios.
El hombre de la chaqueta oscura seguía allí.
Sentado.
Tranquilo.
Como si el tiempo no le afectara.

—Tenemos preguntas —dijo Luján.
—Yo también —respondió el hombre.
—¿Dónde está la mujer?
—No lo sé.
—Mientes.
—Siempre.
—¿Quién se la llevó?
—Gente que no perdona.
—¿Por qué?
—Porque habló.
—¿Con quién?
—Con él.

El hombre señaló a Vicente.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Qué quieren de mí? —preguntó.
—Nada.
—¿Entonces por qué me siguen?
—Porque existes.
—Eso no tiene sentido.
—Para ellos sí.

El hombre se inclinó hacia adelante.

—Vicente…
—dijo con una voz que no había usado antes—
tú no eres un objetivo.
Eres un mensaje.


X.5. Final del capítulo

Vicente salió de la sala con la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies.
La ciudad parecía más estrecha.
Más oscura.
Más consciente.

La mujer del locutorio estaba desaparecida.
El nombre prohibido ya no era un hombre.
Era un grupo.
Una sombra.
Una estructura.

Y él estaba en medio.

Mientras caminaba hacia la salida, Vicente pensó:

Camilleri… ahora sí que la novela ha dejado de ser una historia. Ahora es una advertencia.


lunes, julio 06, 2026

ENTREGA 9

 

.


NOVELA NEGRA | Capítulo IX: El Hombre que No Debería Hablar

Donde el detenido abre la boca, la mujer del locutorio desaparece y la ciudad revela su verdadera cara

El hombre de la chaqueta oscura estaba sentado en la sala de interrogatorios como si estuviera en la terraza de un bar.
No sudaba.
No temblaba.
No miraba alrededor.

Solo esperaba.

Y eso era lo que más inquietaba.

Camilleri habría dicho:
“El que espera sin miedo es porque ya ha decidido lo que va a pasar.”

Luján entró con un café que olía a quemado y a mala noche.

—¿Nombre? —preguntó.
—No tengo.
—Todos tenéis.
—No el mío.

Vicente observaba desde detrás del cristal.
No debía estar allí.
Pero Luján lo había dejado entrar porque, en el fondo, sabía que esta historia ya era suya.

El hombre levantó la vista.
Miró directamente hacia el cristal.
Hacia Vicente.
Como si pudiera verlo.

Y sonrió.


IX.1. La sonrisa que no encaja

Luján golpeó la mesa.

—¿Quién te envía?
—Nadie.
—¿Quién te paga?
—No necesito dinero.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—¿Entonces por qué sigues a este hombre?
—Porque alguien tiene que hacerlo.

Luján frunció el ceño.

—¿Quién?
—Él.

El hombre señaló el cristal.
A Vicente.

Luján se giró hacia él.

—¿Lo conoces?
—No —dijo Vicente.
—Él te conoce a ti.

El hombre volvió a sonreír.

—No lo conozco —dijo—.
Pero sé quién es.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Quién soy? —preguntó, entrando en la sala antes de que Luján pudiera detenerlo.

El hombre lo miró como si estuviera viendo un cuadro antiguo.

—Eres el que escribe.
—¿Y eso qué significa?
—Que ves cosas.
Que escuchas cosas.
Que entiendes cosas.
Y eso…
—hizo una pausa—
molesta.


IX.2. La desaparición que nadie quiere admitir

En ese momento, un agente entró en la sala.

—Inspector… tenemos un problema.
—¿Qué ahora?
—La mujer del locutorio.
—¿Qué pasa con ella?
—Ha desaparecido.

Vicente sintió un golpe en el estómago.

—¿Cómo que ha desaparecido?
—No está en su casa.
No está en su trabajo.
No está en ningún sitio.
Y su móvil está apagado.

Luján se pasó la mano por la cara.

—¿Cuándo fue vista por última vez?
—Hace una hora.
—¿Con quién?
—Con él.

El agente señaló al hombre de la chaqueta oscura.

Vicente sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué le has hecho? —preguntó.
—Nada —respondió el hombre—.
Aún.


IX.3. La verdad que sangra

Luján se inclinó hacia él.

—Escucha, amigo. Si le has puesto una mano encima a esa mujer, te juro que…
—No le he hecho nada —interrumpió el hombre—.
Pero otros sí.

Vicente sintió un nudo en la garganta.

—¿Quiénes?
—Los del nombre.
—¿Qué nombre?
—El que ella te dijo.
—¿Por qué?
—Porque habló contigo.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque tú no eres cualquiera.

Vicente se quedó helado.

—¿Qué soy entonces?
—Un problema.
—El hombre se inclinó hacia él—.
Y los problemas se resuelven.


IX.4. El mensaje que no debería existir

En ese momento, el móvil de Luján vibró.
Un mensaje.
Sin número.

Lo leyó.
Y palideció.

Vicente lo vio.
Y supo que era malo.

—¿Qué pasa? —preguntó.
—Es para ti —dijo Luján, pasándole el móvil.

Vicente leyó el mensaje.

“La próxima vez que hables con ella será en pasado.”

Vicente sintió que el corazón se le rompía en un sitio que no sabía que existía.

—¿Dónde está? —preguntó.
—No lo sé —dijo Luján.
—Él sí —dijo Vicente, señalando al detenido.

El hombre sonrió.

—Claro que lo sé.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ya no está en Valencia.

Vicente sintió un vacío.

—¿Dónde está?
—En manos de gente que no perdona.
—¿Por qué?
—Porque tú existes.


IX.5. Final del capítulo

Vicente salió de la sala tambaleándose.
La ciudad parecía más oscura.
Más fría.
Más peligrosa.

La mujer del locutorio había desaparecido.
El hombre de la chaqueta oscura sabía demasiado.
El nombre prohibido seguía persiguiéndolo.

Y mientras caminaba por el pasillo de la comisaría, Vicente pensó:

Camilleri… ahora sí que la novela ha dejado de ser ficción.



domingo, julio 05, 2026

ENTREGA 8

 

NOVELA NEGRA | Capítulo IX: El Hombre que No Debería Hablar

Donde el detenido abre la boca, la mujer del locutorio desaparece y la ciudad revela su verdadera cara

El hombre de la chaqueta oscura estaba sentado en la sala de interrogatorios como si estuviera en la terraza de un bar.
No sudaba.
No temblaba.
No miraba alrededor.

Solo esperaba.

Y eso era lo que más inquietaba.

Camilleri habría dicho:
“El que espera sin miedo es porque ya ha decidido lo que va a pasar.”

Luján entró con un café que olía a quemado y a mala noche.

—¿Nombre? —preguntó.
—No tengo.
—Todos tenéis.
—No el mío.

Vicente observaba desde detrás del cristal.
No debía estar allí.
Pero Luján lo había dejado entrar porque, en el fondo, sabía que esta historia ya era suya.

El hombre levantó la vista.
Miró directamente hacia el cristal.
Hacia Vicente.
Como si pudiera verlo.

Y sonrió.


IX.1. La sonrisa que no encaja

Luján golpeó la mesa.

—¿Quién te envía?
—Nadie.
—¿Quién te paga?
—No necesito dinero.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—¿Entonces por qué sigues a este hombre?
—Porque alguien tiene que hacerlo.

Luján frunció el ceño.

—¿Quién?
—Él.

El hombre señaló el cristal.
A Vicente.

Luján se giró hacia él.

—¿Lo conoces?
—No —dijo Vicente.
—Él te conoce a ti.

El hombre volvió a sonreír.

—No lo conozco —dijo—.
Pero sé quién es.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Quién soy? —preguntó, entrando en la sala antes de que Luján pudiera detenerlo.

El hombre lo miró como si estuviera viendo un cuadro antiguo.

—Eres el que escribe.
—¿Y eso qué significa?
—Que ves cosas.
Que escuchas cosas.
Que entiendes cosas.
Y eso…
—hizo una pausa—
molesta.


IX.2. La desaparición que nadie quiere admitir

En ese momento, un agente entró en la sala.

—Inspector… tenemos un problema.
—¿Qué ahora?
—La mujer del locutorio.
—¿Qué pasa con ella?
—Ha desaparecido.

Vicente sintió un golpe en el estómago.

—¿Cómo que ha desaparecido?
—No está en su casa.
No está en su trabajo.
No está en ningún sitio.
Y su móvil está apagado.

Luján se pasó la mano por la cara.

—¿Cuándo fue vista por última vez?
—Hace una hora.
—¿Con quién?
—Con él.

El agente señaló al hombre de la chaqueta oscura.

Vicente sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué le has hecho? —preguntó.
—Nada —respondió el hombre—.
Aún.


IX.3. La verdad que sangra

Luján se inclinó hacia él.

—Escucha, amigo. Si le has puesto una mano encima a esa mujer, te juro que…
—No le he hecho nada —interrumpió el hombre—.
Pero otros sí.

Vicente sintió un nudo en la garganta.

—¿Quiénes?
—Los del nombre.
—¿Qué nombre?
—El que ella te dijo.
—¿Por qué?
—Porque habló contigo.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque tú no eres cualquiera.

Vicente se quedó helado.

—¿Qué soy entonces?
—Un problema.
—El hombre se inclinó hacia él—.
Y los problemas se resuelven.


IX.4. El mensaje que no debería existir

En ese momento, el móvil de Luján vibró.
Un mensaje.
Sin número.

Lo leyó.
Y palideció.

Vicente lo vio.
Y supo que era malo.

—¿Qué pasa? —preguntó.
—Es para ti —dijo Luján, pasándole el móvil.

Vicente leyó el mensaje.

“La próxima vez que hables con ella será en pasado.”

Vicente sintió que el corazón se le rompía en un sitio que no sabía que existía.

—¿Dónde está? —preguntó.
—No lo sé —dijo Luján.
—Él sí —dijo Vicente, señalando al detenido.

El hombre sonrió.

—Claro que lo sé.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ya no está en Valencia.

Vicente sintió un vacío.

—¿Dónde está?
—En manos de gente que no perdona.
—¿Por qué?
—Porque tú existes.


IX.5. Final del capítulo

Vicente salió de la sala tambaleándose.
La ciudad parecía más oscura.
Más fría.
Más peligrosa.

La mujer del locutorio había desaparecido.
El hombre de la chaqueta oscura sabía demasiado.
El nombre prohibido seguía persiguiéndolo.

Y mientras caminaba por el pasillo de la comisaría, Vicente pensó:

Camilleri… ahora sí que la novela ha dejado de ser ficción.


Vicente…
cuando quieras, vamos al Capítulo X, donde la búsqueda empieza, donde Valencia se convierte en un laberinto y donde el nombre prohibido revela su verdadero significado.

EL TEXTO DESTACADO

NOTAS

NOTA DE AUTOR Escribir esta historia no fue una decisión. Fue una consecuencia. Una consecuencia de vivir en una ciudad donde las sombr...