Luis ya no se hacía ilusiones, pero los números lo miraban desde la pantalla como un desafío. Que 900 personas hubieran entrado a la página de Radio Sin Fronteras no quería decir que hubiera esas mismas orejas disponibles. Muchos entraban, curioseaban, y se iban; pocos se quedaban a escuchar. Que el buzón de la radio acumulara 100 discos en un mes no significaba más que la lucha seguía. Eran temas de músicos desconocidos —Clara seguía fiel, otros llegaban y desaparecían—, un montón de archivos digitales que Luis revisaba con desgana, buscando algo que rompiera la monotonía. Cuatro años y siete meses llevaba en su barca de pesca, enfrentándose a los grandes buques, y ahora, en enero de 2025, le habían cambiado las reglas del juego.
El proveedor de la radio, ese ente invisible que cobraba por mantener su señal en el aire, apretó las tuercas otra vez. "Busca plataformas que amplifiquen tu alcance o la tarifa sube", le avisaron en un correo frío. No era solo cuestión de oyentes o anunciantes —tres seguía teniendo: coches, seguros, comida rápida—; ahora tenía que encontrar aliados digitales que lanzaran su señal más allá de su cueva. "Esto es una maldita selva", murmuró, mirando las paredes de su apartamento, llenas de notas que ya no le decían nada. Una selva de plataformas, algoritmos y promesas vacías donde su barca de 150 euros se perdía entre buques millonarios.
Se puso a buscar. Plataformas había muchas: unas pedían dinero que no tenía, otras querían control sobre sus canciones, algunas eran un caos de estafas disfrazadas de oportunidad. Recordó al fabulador y a Rick —"Eres una gran voz", pero sus palabras ya no pesaban. La agencia de publicidad, esa que le gestionaba los tres anunciantes, le mandó un informe: "Necesitas más alcance". "Claro, y yo necesito un yate", pensó, borrándolo. Los 100 discos esperaban en su buzón, los 900 visitantes eran un espejismo, y él seguía solo, manejándolo todo: logotipos, programación, redes sociales que solo le traían disgustos.
Esa noche, puso un tema nuevo, un piano solitario que alguien le mandó desde Valencia. "Esto es Radio Sin Fronteras, donde seguimos perdidos en la selva", dijo al micrófono, con la voz gastada por los cincuenta años y el cansancio. Un mensaje llegó: "Te oigo entre los árboles", desde Sevilla. No era mucho, pero era algo. Luis sabía que las reglas habían cambiado, que la selva lo podía tragar, pero también que su barca, pequeña y terca, seguía flotando. Si encontraba una plataforma decente, tal vez daría el salto. Si no, seguiría remando, aunque fuera contra la corriente de una jungla implacable.
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