En esta era nuestra, tan pródiga en estrépitos y tan mezquina en silencios, ha surgido una nueva hermandad de caminantes cuya sola aparición bastaría para que Quevedo afilara la pluma y Góngora encendiera un cirio: los devotos del móvil, esos heraldos del ruido que avanzan por las calles como si fueran procesiones profanas, llevando en la mano no un cirio, sino un rectángulo luminoso que gobierna sus pasos, su voz y su entendimiento.
Son criaturas que, al hablar por teléfono, no conversan: tronan como si anunciaran el Apocalipsis. Sus voces, desatadas y sin freno, se elevan por encima del murmullo urbano con la misma delicadeza con la que un ariete atraviesa una puerta. Y lo hacen con la convicción de quien cree que el mundo entero debe conocer, en rigurosa retransmisión pública, los detalles de su almuerzo, sus cuitas laborales o la última discusión con un cuñado.
Sus conversaciones —tan profundas como un suspiro y tan largas como una cuaresma— se expanden por plazas, aceras y transportes públicos con la solemnidad de un pregón medieval, pero sin su utilidad. Hablan como si el interlocutor estuviera atrapado en una mina de carbón y solo un alarido sostenido pudiera rescatarlo.
Y cuando la voz no basta, acuden a su sacramento favorito: el vídeo a todo volumen, ese nuevo órgano de iglesia profana que convierte cualquier espacio público en un templo del estruendo. Son los juglares del clip viral, los trovadores del altavoz, los apóstoles del “mira esto” convertido en penitencia sonora para inocentes transeúntes que jamás pidieron semejante martirio.
Pero lo más glorioso —si es que cabe gloria en semejante desfile de despropósitos— es su manera de caminar: mirando la pantalla como si en ella estuviera escrita la salvación del alma, avanzando a ciegas, tropezando con farolas, esquivando por azar, chocando con cuerpos ajenos que sí miran por dónde pisan. Son peregrinos del despiste, monjes del scroll infinito, penitentes del “solo un segundo más”.
El mundo real —ese que tiene bordillos, esquinas, bicicletas y otros seres humanos— se convierte para ellos en un decorado secundario, un paisaje borroso, un simple soporte para su tránsito digital. Caminan como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley, como si el suelo fuera un rumor y no un territorio.
Uno los observa con la mezcla de fascinación y espanto con la que se contempla a un equilibrista ciego caminando sobre una cuerda floja en plena tormenta: no sabes cómo siguen en pie, pero ahí están, avanzando, tambaleándose, y lo peor es que creen que dominan el arte de caminar.
Lo más admirable —si es que cabe admiración en este teatro del absurdo— es su convicción absoluta de que el espacio público es una extensión natural de su salón. Hablan como en casa, ven vídeos como en casa, caminan como en casa… y el resto, pobres mortales, debemos adaptarnos a su reino portátil, a su soberanía sonora, a su dictadura del altavoz.
Por eso, Vicente, cuando veas a uno de estos heraldos del ruido avanzar con el móvil en alto, la voz en grito y la mirada perdida en la pantalla, no te inquietes. No estás ante un fenómeno paranormal ni ante una plaga bíblica: estás ante el ciudadano contemporáneo en su forma más pura, esa mezcla de ruido, soberbia y distracción que define nuestro tiempo con más precisión que cualquier tratado sociológico.
Y mientras ellos siguen avanzando sin mirar, sin escuchar y sin pensar, tú y yo seguiremos aquí, levantando catedrales de palabras, escribiendo con calma, con ironía y con la esperanza —vana, pero elegante— de que algún día descubran que el silencio también existe, y que mirar al frente no es una reliquia del pasado, sino un acto de supervivencia.