jueves, julio 02, 2026

ENTREGA 6

 

NOVELA NEGRA | Capítulo VI: El Nombre que No Debería Existir

Donde el pasado llama a la puerta, y la puerta no tiene cerradura suficiente

Vicente pasó la tarde como quien camina por un campo minado:
despacio, atento, con la sensación de que cada paso podía activar algo que llevaba años enterrado.

El nombre que la mujer del locutorio había pronunciado seguía golpeándole la cabeza como un martillo lento.
Un nombre que él creía olvidado.
Un nombre que olía a problemas viejos, de esos que no se resuelven, solo se esconden.

Camilleri habría dicho:
“El pasado es como un perro callejero: aunque lo eches, siempre encuentra el camino de vuelta.”

Y ese perro había vuelto.


VI.1. El bar de Manolo y la verdad servida en vaso pequeño

Vicente decidió ir al bar de Manolo.
No porque tuviera sed, sino porque necesitaba una excusa para pensar sin parecer que pensaba.

Manolo lo vio entrar y levantó una ceja.

—Tienes cara de haber visto un fantasma —dijo.
—Peor —respondió Vicente—. He escuchado un nombre.
—¿Y desde cuándo los nombres asustan?
—Desde que pertenecen a gente que no debería existir.

Manolo dejó el vaso que estaba secando.

—Dime el nombre.
—No puedo.
—Entonces no puedo ayudarte.
—No quiero que me ayudes. Quiero que me digas si últimamente has visto movimientos raros por aquí.
—Vicente… aquí todo es raro. Pero sí, hay algo.
—¿Qué?
—Gente nueva. Gente que no encaja. Gente que mira demasiado.

Vicente sintió un escalofrío.

—¿Desde cuándo?
—Desde hace una semana.
—¿Y qué buscan?
—A alguien.
—¿A quién?
—No lo sé. Pero preguntan por un escritor.

Vicente dejó de respirar un segundo.

—¿Un escritor?
—Sí. Uno que vive cerca. Uno que se mete donde no debe.

Manolo lo miró con esa mezcla de preocupación y resignación que solo tienen los camareros que han visto demasiadas vidas torcerse.

—Vicente… creo que te están buscando.


VI.2. El inspector Luján y la teoría del círculo que se cierra

Vicente salió del bar con el corazón acelerado.
No corrió.
No quería parecer culpable de nada.
Pero caminó rápido hacia la comisaría.

Luján estaba en su despacho, peleándose con un ordenador que parecía odiarlo.

—¿Otra vez tú? —gruñó.
—Me están buscando.
—¿Quién?
—Ellos.
—¿Quiénes son “ellos”?
—Los del nombre.
—¿Qué nombre?
—El que no puedo decir.

Luján se quitó las gafas y lo miró como si estuviera evaluando si valía la pena seguir hablando.

—Vicente… si no me dices el nombre, no puedo ayudarte.
—Si te lo digo, te meto en un problema.
—Soy policía. Los problemas vienen con el sueldo.
—No este.

Luján suspiró.

—Mira, escritor. Cuando un nombre vuelve del pasado, es porque el pasado no ha terminado contigo.
—Eso ya lo sé.
—Entonces haz lo que haría un hombre inteligente.
—¿Qué?
—Corre.

Vicente sonrió.

—No soy tan inteligente.
—Ya lo sé —dijo Luján—. Por eso estás aquí.


VI.3. La sombra que no se esconde

De camino a casa, Vicente sintió que alguien lo seguía.
No era paranoia.
Era instinto.
Ese instinto que Camilleri habría descrito como “el sexto sentido de los que no quieren morir”.

No se giró.
No aceleró.
Solo caminó.

Al doblar la esquina, lo vio reflejado en un escaparate:
un hombre alto, chaqueta oscura, manos en los bolsillos.

No era el de la farola.
Era otro.
Peor.
Más profesional.

Vicente entró en una tienda cualquiera.
El hombre esperó fuera.
No miraba el móvil.
No fingía.
Solo esperaba.

Eso era lo peor.

Vicente salió por la puerta trasera.
Callejón estrecho.
Olor a humedad.
Pasos rápidos.

Llegó a su portal.
Subió las escaleras sin encender la luz.
Entró en casa.
Cerró la puerta.
Apoyó la espalda contra ella.

Y entonces sonó el móvil.

Número oculto.

Vicente contestó.

—¿Sí?
—Has vuelto a moverte demasiado —dijo una voz que no era la del hombre de la farola ni la de la mujer del locutorio.
Era otra.
Más fría.
Más peligrosa.
Más… final.

—¿Quién eres? —preguntó Vicente.
—El que viene cuando los demás fallan.

Vicente sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres?
—Que dejes de buscar.
—No estoy buscando.
—Sí, Vicente. Estás buscando.
Y cuando uno busca…
encuentra.

La llamada se cortó.


VI.4. Final del capítulo

Vicente dejó el móvil sobre la mesa.
Temblaba.
No de miedo.
De certeza.

El nombre que había escuchado no era solo un eco del pasado.
Era una puerta.
Y al abrirla, había liberado algo que llevaba años esperando.

Algo que ahora venía hacia él.

Y mientras la ciudad respiraba en silencio, Vicente pensó:

Camilleri… ahora sí que la novela se ha vuelto personal.



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