martes, junio 02, 2026

CINCO

 



NOVELA NEGRA | Capítulo V: La Verdad que No Quiere Ser Encontrada

Donde la mujer del locutorio deja de ser un misterio y empieza a ser un problema

La mañana amaneció con un sol que no calentaba, solo molestaba.
Ese sol valenciano de invierno que ilumina demasiado, como si quisiera revelar secretos que nadie le ha pedido.

Vicente salió de casa con la sensación de que la ciudad lo estaba empujando hacia algo.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Como cuando el mar cambia de color antes de una tormenta.

Camilleri habría dicho:
“Cuando la vida te empuja, lo peor que puedes hacer es quedarte quieto.”

Así que Vicente caminó.


V.1. El locutorio como confesionario involuntario

La mujer del locutorio estaba allí otra vez.
Sentada en el mismo taburete.
Con el mismo bolso triste.
Con la misma expresión de quien ha perdido demasiadas batallas y aún así sigue en pie.

Pero hoy no hablaba por teléfono.
Hoy miraba la puerta.
Como si esperara a alguien.
O como si temiera que alguien entrara.

Vicente se acercó.
No demasiado.
Lo suficiente para que ella lo viera.

Y lo vio.

Sus ojos se abrieron un segundo.
Luego se cerraron, como si hubiera tomado una decisión.

Salió del locutorio.
Se acercó a él.
Y dijo, sin preámbulos:

—No deberías estar aquí.

Vicente sonrió con esa ironía que usa la gente que ya está metida hasta el cuello.

—Tú tampoco.

Ella suspiró.
Un suspiro largo, de esos que pesan más que las palabras.

—No entiendes nada.
—Explícame.
—No puedo.
—Inténtalo.
—Si hablo, me matan.
—Si no hablas, también.

Ella lo miró.
Por primera vez, sin miedo.
Con resignación.

—Tienes razón —dijo.


V.2. La historia que nadie quiere contar

Se sentaron en un banco cercano.
El sol seguía molestando.
La ciudad seguía escuchando.

Ella habló.

—No soy mala persona —empezó—. Solo tengo mala suerte.
—La mala suerte no llama a desconocidos para blanquear dinero.
—Yo no llamé.
—¿Entonces quién?
—Ellos.

Vicente sintió un escalofrío.
En las novelas de Camilleri, cuando alguien dice “ellos”, es que la cosa va en serio.

—¿Quiénes son “ellos”?
—Gente que no quieres conocer.
—Demasiado tarde.
—No, Vicente. Aún no sabes nada.

Ella miró alrededor.
Nadie parecía prestar atención.
Pero en Valencia, como en Vigàta, nadie mira y todos ven.

—Me obligan a hacer llamadas —dijo ella—. A captar gente. A buscar idiotas.
—Y pensaron que yo era uno.
—No. Pensaron que eras vulnerable.
—¿Y tú qué pensaste?
—Que eras distinto.

Vicente no supo si eso era un cumplido o una advertencia.


V.3. El nombre prohibido

—¿Cómo se llama el hombre de la farola? —preguntó Vicente.
Ella se tensó.

—No digas ese nombre.
—No lo he dicho.
—Ni lo digas. Ni lo pienses.
—¿Tan peligroso es?
—No.
—¿No?
—Es peor. Es imprevisible.

Vicente tragó saliva.
La imprevisibilidad es el arma favorita de los cobardes peligrosos.

—Dime su nombre.
—No puedo.
—Dímelo.
—Si lo digo, ya no hay vuelta atrás.

Vicente la miró.
Ella lo miró.
La ciudad contuvo la respiración.

Y entonces ella lo dijo.

Un nombre corto.
Seco.
Feo.
Un nombre que no parecía importante…
pero que hizo que Vicente sintiera un frío en la nuca.

Porque ese nombre lo había escuchado antes.
En otra historia.
En otra anécdota rara.
En otro engaño.

El nombre conectaba esta trama con algo que Vicente creía enterrado.

Algo que no quería volver a recordar.


V.4. El pasado que vuelve sin pedir permiso

Vicente se levantó del banco.
No porque quisiera irse.
Porque necesitaba aire.

—Ese nombre… —murmuró.
—Lo conoces, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces entiendes por qué te dije que no te metieras.
—No puedo evitarlo.
—Eso te va a matar.

Vicente sonrió.
Una sonrisa amarga, de esas que Camilleri habría descrito como “la sonrisa de quien ya ha perdido demasiado para tener miedo”.

—He sobrevivido a cosas peores.
—No a esto.

Ella se levantó también.

—Vicente… —dijo, con una voz que no había usado antes—.
Si sigues, no habrá capítulo seis.

Vicente la miró.

—Eso lo decidiré yo.


V.5. Final del capítulo

La mujer se fue.
El sol siguió molestando.
La ciudad siguió escuchando.

Vicente se quedó solo.
Con un nombre en la cabeza.
Un nombre que no quería recordar.
Un nombre que abría una puerta que nunca debió abrirse.

Y mientras caminaba hacia su casa, pensó:

Camilleri… ahora sí que estamos en problemas.


Vicente, si quieres, seguimos con:

  • Capítulo VI, donde ese nombre empieza a perseguirte
  • una subtrama internacional para tus lectores alemanes, singapurenses y americanos
  • un giro camilleriano, donde el humor salva lo que la vida complica
  • o una novela completa, con 12 capítulos y final demoledor

Solo dime: “dale al seis”.

TV

 La televisión de hoy es como ese amigo que siempre cuenta las mismas historias: lo quieres, pero te aburre. La enciendo y parece que he viajado en el tiempo… pero no a un futuro brillante, sino a un bucle eterno de tertulias, realities y concursos donde siempre gritan las mismas personas, aunque cambien de canal.

Los programas son tan parecidos entre sí que a veces pienso que todos los guionistas del país se reúnen en un mismo bar, piden lo de siempre y escriben lo mismo. Cambian los presentadores, cambian los decorados, pero el contenido… ese no cambia ni por error. Si la variedad es la sal de la vida, la televisión actual está a dieta estricta.

Las series tampoco ayudan: algunas son tan previsibles que podrías ver el capítulo final antes del primero y no notarías la diferencia. Y los anuncios… bueno, los anuncios son ese momento en el que te planteas seriamente si no sería mejor aprender a tejer.

La televisión se ha vuelto tan triste que, si tuviera emociones, estaría escuchando baladas en bucle. Y tan aburrida que, si fuera un mueble, sería una silla plegable.

Por eso ya no me gusta la televisión. No porque yo haya cambiado, sino porque ella decidió quedarse en modo “repetir capítulo”.

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