lunes, junio 08, 2026

QUIERO SER TERTULIANO DE MODA


Hay criaturas en la fauna mediática que desafían toda lógica, toda prudencia y toda vergüenza ajena. Son los tertulianos omniscientes, esos oráculos de saldo que, con la solemnidad de un profeta y la ligereza de un globo inflado, proclaman: “No tengo una opinión formada sobre este tema…” y acto seguido se lanzan a pontificar como si hubieran bajado del Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.

Son un prodigio de la naturaleza: hablan sin saber, opinan sin pensar y concluyen sin haber empezado. Son como fuentes decorativas: mucho ruido, mucha agua moviéndose… y ninguna utilidad.

Estos opinadores profesionales poseen un talento digno de estudio: la capacidad de llenar minutos con palabras que no significan absolutamente nada. Son maestros del circunloquio, artesanos del relleno, alquimistas del vacío. Transforman la ignorancia en discurso, la duda en certeza y la nada en espectáculo.

Uno los escucha con la misma fascinación con la que se observa a un malabarista lanzando cuchillos… con los ojos vendados… y sin cuchillos. Porque lo suyo no es malabarismo: es puro humo.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante circo— es su versatilidad. Hoy opinan sobre geopolítica, mañana sobre neurociencia, pasado sobre macroeconomía y al día siguiente sobre el apareamiento del pingüino emperador. Todo con la misma seguridad, la misma convicción y la misma falta de pudor.

Son navajas suizas sin herramientas. Todo brillo, ningún filo.

Y cuando el tema se les escapa —que es siempre— recurren a su frase favorita: “Yo, desde mi humilde punto de vista…” Humilde, dicen. Humilde como un pavo real en celo.

Lo más trágico es que jamás se ruborizan. Jamás dudan. Jamás callan. Para ellos, el silencio es una derrota, la prudencia una enfermedad y la ignorancia un combustible renovable.

Si algún día un tertuliano decidiera decir “no lo sé”, el universo se detendría. Los planetas se alinearían. Los ángeles cantarían. Y las cadenas de televisión entrarían en pánico, porque ¿cómo se rellena un programa sin alguien dispuesto a hablar de lo que no entiende?

Por eso, Vicente, si algún día ves a un tertuliano guardar silencio, no lo dudes: estás ante un milagro. Un acontecimiento histórico. Un fenómeno digno de estudio científico. Quizá incluso merecedor de un especial en prime time: “El día que un tertuliano decidió pensar antes de hablar”.

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QUIERO SER TERTULIANO DE MODA

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