domingo, junio 07, 2026

EL TERTUALIANO PESADO


En los platós de este atribulado reino, donde la opinión se sirve templada y la certeza se improvisa como un mal verso, habita un personaje digno de figurar en un museo de rarezas morales: el tertuliano progresista iluminado, ese que, con gesto de esfinge y verbo de púlpito, se erige en guardián del porvenir, juez del pasado y notario del destino.

Su frase predilecta —pronunciada con la gravedad de un astrónomo que acaba de descubrir un planeta nuevo— es siempre la misma: “Si no piensas como yo, estás en el lado incorrecto de la historia.”

Y ahí, Vicente, es cuando uno sabe que está ante un espécimen sublime: un cartógrafo del tiempo, un aduanero del progreso, un funcionario del futuro que, sin haber leído más que tres consignas y dos titulares, se siente autorizado para decidir quién asciende al Olimpo moral y quién queda relegado al foso de los desorientados.

Este personaje no debate: dictamina. No conversa: imparte sentencia. No escucha: espera a que los demás terminen de equivocarse.

Su sabiduría, vasta como un suspiro y profunda como un charco en agosto, se sostiene sobre una arquitectura verbal tan barroca como vacía: frases que serpentean, palabras que se inflan, conceptos que se retuercen… y al final, nada. Un palacio de humo con columnas de aire.

Cuando alguien osa discrepar, él no discute: se compadece. Inclina la cabeza con la solemnidad de un santo cansado de salvar almas ajenas, suspira como quien carga con el peso del mundo y sentencia que su interlocutor está “en el lado incorrecto de la historia”, como si la historia fuera un tranvía y él el revisor que decide quién sube y quién se queda en la parada.

Lo más admirable —si es que cabe admiración en semejante teatro— es su incapacidad para errar. Cuando la realidad le contradice, él no rectifica: redecora el pasado. Lo barniza, lo pule, lo ajusta, lo acomoda… hasta que vuelve a coincidir con su opinión del martes pasado.

Porque este tertuliano no se equivoca: evoluciona. No cambia de postura: madura. No se contradice: se adelanta a su tiempo. Y si el tiempo no le sigue, peor para el tiempo.

Uno lo observa con la misma mezcla de fascinación y cansancio con la que se contempla a un pavo real convencido de que su plumaje ilumina el mundo. Mucho color, mucha pose, mucho giro retórico… y muy poca sustancia.

Por eso, Vicente, cuando este personaje te diga que estás “en el lado incorrecto de la historia”, no te inquietes. La historia —la de verdad, la que no se graba en platós ni se tuitea en directo— suele tener la mala costumbre de no pedir permiso a los iluminados.

Y cuando el polvo del tiempo se asiente, cuando las modas se desvanezcan y los dogmas se marchiten, solo quedará una certeza: la historia no la escriben los tertulianos, sino los hechos. Y los hechos, por fortuna, no ven tertulias.

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