La radio de hoy tiene la sorprendente habilidad de sonar siempre igual, como si todas las emisoras hubieran firmado un pacto secreto para no arriesgar ni medio decibelio. La enciendo y me recibe un desfile de voces que parecen cortadas con el mismo molde: alegres a la fuerza, dinámicas por obligación y con un entusiasmo que, si fuera real, ya habrían ganado un premio por interpretación.
La programación es tan uniforme que uno podría cambiar de emisora con los ojos cerrados y no notar el salto. Es como pasar de un café solo a otro café solo: distinto vaso, mismo sabor. Y lo de la variedad… bueno, digamos que la radio actual la trata como si fuera un lujo exótico, reservado para ocasiones especiales que nunca llegan.
En cuanto al buen gusto, parece que está de viaje. A veces escucho ciertas canciones y me pregunto si no habrá un comité dedicado exclusivamente a seleccionar los estribillos más pegajosos y menos elegantes del mercado. Y lo peor es que lo hacen con una convicción admirable.
La radio se ha vuelto tan previsible que, si fuera una novela, sabrías el final en la primera página. Y tan poco refinada que, si fuera un invitado a una cena, llegaría con calcetines blancos y sandalias, convencida de que está marcando tendencia.
Por eso no me gusta la radio. No porque yo sea difícil de complacer, sino porque ella decidió repetirse como un eco sin gracia, olvidando que la elegancia también puede sonar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario