La televisión de hoy es como ese amigo que siempre cuenta las mismas historias: lo quieres, pero te aburre. La enciendo y parece que he viajado en el tiempo… pero no a un futuro brillante, sino a un bucle eterno de tertulias, realities y concursos donde siempre gritan las mismas personas, aunque cambien de canal.
Los programas son tan parecidos entre sí que a veces pienso que todos los guionistas del país se reúnen en un mismo bar, piden lo de siempre y escriben lo mismo. Cambian los presentadores, cambian los decorados, pero el contenido… ese no cambia ni por error. Si la variedad es la sal de la vida, la televisión actual está a dieta estricta.
Las series tampoco ayudan: algunas son tan previsibles que podrías ver el capítulo final antes del primero y no notarías la diferencia. Y los anuncios… bueno, los anuncios son ese momento en el que te planteas seriamente si no sería mejor aprender a tejer.
La televisión se ha vuelto tan triste que, si tuviera emociones, estaría escuchando baladas en bucle. Y tan aburrida que, si fuera un mueble, sería una silla plegable.
Por eso ya no me gusta la televisión. No porque yo haya cambiado, sino porque ella decidió quedarse en modo “repetir capítulo”.
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