NOVELA NEGRA | Capítulo II: El Eco de la Llamada
Donde el delito empieza a tener rostro, y la ciudad huele a algo que no encaja
La noche cayó sin pedir permiso, como siempre.
Vicente estaba sentado frente al ordenador, pero no escribía.
Tenía la mirada clavada en el móvil, como si el aparato fuera un animal dormido que podía despertarse en cualquier momento para morderle.
La llamada de la mañana seguía allí, dando vueltas en su cabeza como una mosca pesada.
No era miedo.
Era curiosidad, esa maldición que Camilleri habría descrito como “la enfermedad de los que piensan demasiado”.
Encendió un cigarrillo que no necesitaba y abrió la ventana.
La ciudad olía a humedad, a cena barata, a conversaciones que no quería escuchar.
Un barrio cualquiera, una noche cualquiera… pero algo estaba fuera de sitio.
—Esto no ha terminado —murmuró.
Y tenía razón.
II.1. El número fantasma
Vicente marcó el número que lo había llamado.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
Ni tono.
Ni buzón.
Ni rastro.
Como si el número hubiera sido inventado para una sola llamada.
Como si la mujer hubiera desaparecido en el aire.
Pero en las novelas de Camilleri, cuando algo desaparece tan rápido, es porque alguien no quiere que lo encuentren.
II.2. El bar de siempre
Vicente decidió bajar al bar de la esquina.
No porque tuviera sed, sino porque allí siempre había alguien que sabía algo de alguien que conocía a alguien.
El camarero, Manolo, lo vio entrar y levantó una ceja.
—Tienes cara de haber visto un fantasma.
—Peor —dijo Vicente—. Un delito con voz de mujer.
Manolo dejó la copa a medio limpiar.
—¿Otra vez te han llamado los de las compañías telefónicas?
—Ojalá. Esta quería que blanqueara dinero.
Manolo soltó una carcajada seca.
—Pues te ha tocado la lotería, chaval. Eso ahora lo hacen por teléfono. Antes por lo menos venían en persona.
Vicente sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—¿Has oído algo raro últimamente?
—Aquí todo es raro, pero nada sorprende. ¿Qué buscas?
—Una voz. Una mujer. Treinta y muchos. Acento mezclado. Habla como si te conociera.
Manolo se rascó la barbilla.
—Eso suena a captadora. Hay un grupito moviéndose por los barrios de fuera. Gente que trabaja para otros. No son peligrosos… salvo que digas que sí.
Vicente tomó nota mental.
Captadora.
Barrios de fuera.
Gente que trabaja para otros.
La ciudad empezaba a hablar.
II.3. El detective involuntario
De camino a casa, Vicente sintió esa sensación que Camilleri describía tan bien:
la de estar metido en un lío que no buscó, pero que ahora lo había elegido a él.
No era policía.
No era detective.
No era héroe.
Era un hombre que escribía.
Y los hombres que escriben tienen un defecto fatal:
ven patrones donde otros ven casualidades.
La llamada no era casualidad.
Era un hilo.
Y Vicente, como buen escritor, sabía que los hilos llevan a ovillos… y los ovillos a historias que no siempre terminan bien.
II.4. La sombra en la esquina
Al doblar la calle, lo vio.
Una figura apoyada en la farola.
Quieto.
Demasiado quieto.
Vicente no aceleró.
Tampoco frenó.
Siguió caminando con la calma estudiada de quien sabe que lo están observando.
La figura no se movió.
Pero lo siguió con la mirada.
Cuando Vicente pasó a su lado, escuchó un murmullo apenas audible:
—No deberías haber colgado.
El corazón le dio un salto.
Pero no se detuvo.
No miró atrás.
No dio señales.
Solo siguió caminando hasta su portal, con la sensación de que la novela negra acababa de empezar de verdad.
II.5. Final del capítulo
Subió las escaleras sin encender la luz.
Entró en casa.
Cerró la puerta.
Apoyó la espalda contra ella.
La ciudad estaba cambiando.
El delito ya no llamaba:
seguía tus pasos.
Vicente respiró hondo.
—Camilleri, dame fuerzas —dijo en voz baja.
Y se sentó a escribir.
Porque cuando la vida se convierte en novela negra,
lo único que queda es contarla.
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