O por qué la buena presencia no debería ser una especie en extinción
Hay imágenes que uno no quiere ver ni en sueños.
Y luego están esas otras que, sin verlas, ya producen un escalofrío estético, moral y casi metafísico.
Una de ellas, Vicente, es esta:
Un cirujano tatuado hasta las cejas, operando una rodilla.
No hablo del tatuaje discreto, simbólico, íntimo.
Hablo del brazo convertido en mural, del antebrazo que parece un cómic, del bíceps que parece un mapa del tesoro, del cuello que parece un catálogo de símbolos esotéricos.
Y ahí está él, bisturí en mano, con un dragón tribal asomando por el guante quirúrgico, mientras uno piensa:
—Doctor, ¿me va a operar usted… o va a ilustrar mi rótula?
La paradoja médica contemporánea
El cirujano, por definición, es la encarnación de la precisión, la sobriedad, la mesura.
Es el heredero de Hipócrates, de Vesalio, de Paré.
Un profesional que trabaja con la serenidad de un monje y la exactitud de un relojero.
Y sin embargo, hoy abundan cirujanos que parecen salidos de un concurso de tatuaje extremo.
Uno imagina la escena:
—Doctor, ¿esa sombra en la radiografía es un quiste?
—No, es mi manga tatuada reflejada en el monitor.
La medicina, que siempre fue territorio de la buena presencia, se ha convertido en un desfile de tinta.
Y uno no sabe si pedir una segunda opinión… o un traductor de símbolos.
La estética como lenguaje profesional
La buena presencia no es superficialidad.
Es comunicación no verbal.
Es decirle al paciente:
“Puede confiar en mí, sé lo que hago, estoy centrado, soy sobrio, soy preciso.”
Pero cuando el cirujano entra en quirófano con un brazo que parece un grafiti, la mente —que es muy suya— no puede evitar preguntarse:
¿Qué necesidad tenía este hombre de convertir su piel en un mural si su profesión exige claridad, limpieza, neutralidad?
No es clasismo.
Es coherencia estética.
El tiempo, ese enemigo de la tinta
Porque además está el detalle filosófico:
el cuerpo cambia.
La piel cede.
La gravedad trabaja horas extras.
Lo que hoy es un mandala perfecto mañana será un mandala… interpretativo.
Y uno piensa:
si el cirujano sabe que el cuerpo envejece, ¿por qué eterniza en él dibujos que no envejecerán bien?
La buena presencia como virtud renacentista
El Renacimiento lo tenía claro:
la armonía exterior refleja la interior.
La mesura es elegancia.
La sobriedad es inteligencia.
La presencia es parte del oficio.
Un cirujano tatuado hasta el codo puede ser excelente, brillante, impecable.
Pero la estética —esa que habla antes que las palabras— envía un mensaje confuso.
Y en una operación de rodilla, Vicente, uno quiere claridad, no jeroglíficos.
La verdadera modernidad
La modernidad no es tatuarse.
La modernidad es pensar antes de hacerlo.
La modernidad es saber cuándo parar.
La modernidad es no convertir la piel en un tablón de anuncios.
Y la buena presencia, esa virtud antigua que algunos creen pasada de moda, sigue siendo un valor.
Un valor que tranquiliza, que ordena, que inspira confianza.
Conclusión
No es cuestión de prohibir nada.
Es cuestión de preguntarse:
¿Qué aporta la tinta al bisturí?
¿En qué mejora la operación?
¿En qué ayuda al paciente?
¿En qué eleva la profesión?
La respuesta, Vicente, es sencilla:
en nada.
Y por eso, cuando imagino a un cirujano tatuado operando una rodilla, no me escandalizo…
pero tampoco me tranquilizo.
La buena presencia no es un capricho.
Es una forma de respeto.
Y el respeto, en un quirófano, debería ser sagrado.
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