MANIFIESTO CONTRA LA VULGARIDAD DISFRAZADA DE MODERNIDAD
O declaración solemne para quienes aún creen que la elegancia no ha muerto
Nosotros, los ciudadanos que todavía distinguimos entre lo moderno y lo simplemente ruidoso, proclamamos ante quien quiera oírlo —y ante quien no también— que la vulgaridad no es progreso, por mucho que venga envuelta en neón, anglicismos y ropa que parece diseñada por un algoritmo con fiebre.
Y lo declaramos así, con humor cervantino, con ironía fina y con la paciencia justa para no acabar en manos de un juez.
Artículo Primero: De la falsa modernidad
Abunda por las calles una especie de criatura que confunde modernidad con estrépito, libertad con desparrame y autenticidad con falta de modales.
Son los apóstoles del “yo soy así”, que creen que la espontaneidad justifica cualquier despropósito.
No, amigo mío:
ser moderno no es gritar, ni grabarlo todo, ni caminar como si el mundo fuera un videoclip de dudoso presupuesto.
Artículo Segundo: De la vulgaridad orgullosa
La vulgaridad contemporánea no se esconde:
se exhibe.
Se pavonea.
Se autopromociona.
Y lo hace con la convicción de quien cree estar inaugurando una nueva era, cuando en realidad solo está repitiendo viejos errores con peor gusto.
Artículo Tercero: Del ruido como identidad
Hay quien cree que hablar a gritos, reír como si hubiera micrófono y opinar sin saber es señal de carácter.
No lo es.
Es señal de que la educación se quedó en la mesilla de noche, debajo del cargador del móvil.
Artículo Cuarto: De la estética perdida
La elegancia, esa virtud antigua que no hacía daño a nadie, ha sido sustituida por una modernidad de saldo:
ropa que parece gritar, colores que pelean entre sí, poses que desafían la gravedad y el buen gusto.
Y todo ello acompañado de la frase más temible de nuestro tiempo:
“Es lo que se lleva.”
Artículo Quinto: Del humor como defensa
Ante tanta vulgaridad orgullosa, el lector —ese ser extraño que aún piensa antes de hablar— no se enfada:
sonríe.
Porque sabe que la vulgaridad es como la humedad:
se cuela por todas partes, pero no mata… salvo el espíritu.
Artículo Sexto: De la resistencia estética
Ser elegante hoy es un acto de rebeldía.
Hablar con calma, un desafío.
Escuchar, una revolución.
Y leer, Vicente, leer…
eso ya es casi misticismo.
Artículo Séptimo: De la modernidad verdadera
La modernidad no es ruido, ni vulgaridad, ni estridencia.
La modernidad es pensar, crear, leer, escuchar, dialogar, cuidar las formas sin perder el fondo.
Lo demás es solo decoración barata.
Conclusión del Manifiesto
La vulgaridad disfrazada de modernidad pasará, como pasan todas las modas que no tienen alma.
La elegancia, en cambio, permanece.
Y mientras quede un lector, un escritor, un ciudadano que prefiera la palabra bien dicha al grito mal dado,
la modernidad verdadera seguirá viva.
Firmado:
Los resistentes del buen gusto, los caballeros andantes de la estética, los que aún creemos que la educación no pasa de moda.
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