A estas alturas de mi vida —y de mi paciencia— ya no espero que el cine y la televisión española me sorprendan. No lo digo con rencor, sino con la serenidad de quien ha visto suficientes series nacionales como para saber que, tarde o temprano, llegará el momento en que un actor pronuncie una frase crucial como si estuviera recitando un conjuro dentro de una cueva.
La vocalización, ese arte antiguo que antes se enseñaba en las escuelas de interpretación, parece haberse convertido en una excentricidad. Hoy lo que se lleva es el susurro críptico, esa forma de hablar que obliga al espectador a convertirse en experto en lectura labial o, en su defecto, en arqueólogo de diálogos perdidos.
Uno se sienta frente a la pantalla con buena voluntad, incluso con ilusión, y lo que recibe es un murmullo que podría significar cualquier cosa. “Te quiero”, “te odio”, “me he dejado el gas abierto”… todo suena igual. Y lo más gracioso es que los actores lo dicen con una intensidad tan profunda que parece que están interpretando para sí mismos, no para el público. Como si vocalizar fuera un gesto vulgar, impropio de almas sensibles.
He llegado a activar los subtítulos en castellano con la misma dignidad con la que uno pide una manta extra en un hotel barato: resignado, consciente de que no debería ser necesario, pero sabiendo que sin eso no hay manera de sobrevivir. Y a veces los subtítulos, sinceros como pocos, se rinden y escriben “(ininteligible)”. Al menos alguien en la cadena de producción conserva la honestidad.
No sé si esta tendencia responde a una escuela interpretativa, a un trauma colectivo o simplemente a la pereza fonética. Pero lo cierto es que muchos actores parecen empeñados en hablar hacia dentro, como si temieran que una consonante bien pronunciada pudiera arruinarles la carrera. Si vocalizar fuera de mal gusto, estarían todos impecablemente elegantes.
La escena puede ser preciosa, el plano digno de festival, la música envolvente… pero si no se entiende lo que dicen, la emoción se convierte en un sudoku. Y uno, a ciertas edades, ya no está para resolver acertijos después de cenar.
Así que, queridos actores, si algún día les da por vocalizar —aunque sea por accidente— avisen. Algunos llevamos años esperando ese milagro, y sería una lástima perdérnoslo por no haber subido el volumen a tiempo.
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