jueves, junio 18, 2026

TINTA

 


Contra la epidemia de tinta que se vende como libertad estética

Hay modas que uno observa con paciencia, otras con resignación, y algunas —las menos— con esa mezcla de estupor y cansancio que solo provoca lo que se repite demasiado.
Entre estas últimas se encuentra la epidemia contemporánea del tatuaje universal, esa fiebre de tinta que ha convertido la piel humana en un tablón de anuncios donde cada cual escribe lo que puede, lo que quiere o lo que le dijeron que quedaba bien.

Y no me malinterpreten:
no hablo aquí del tatuaje como arte ancestral, ni del símbolo íntimo, ni del gesto personal cargado de sentido.
Hablo de la moda, del fenómeno, del “me lo hago porque todas lo llevan”, del “es que queda moderno”, del “si no tienes uno, pareces antiguo”.

Hablo, en definitiva, de la vulgaridad disfrazada de rebeldía.

Porque resulta curioso —y un poco triste— que aquello que antaño se asociaba a marineros, presidiarios y vidas duras, hoy se haya convertido en un accesorio más del escaparate urbano.
Y no por evolución cultural, sino por imitación masiva.

Lo que antes era un gesto singular, hoy es uniforme.
Lo que antes era símbolo, hoy es decorado.
Lo que antes era decisión, hoy es tendencia.

Y aquí, Vicente, es donde mi indignación renacentista se despierta.

Porque el Renacimiento —ese periodo luminoso que tanto reivindicamos— defendía la armonía, la proporción, la mesura, la belleza natural.
Y hoy, en cambio, abundan por las calles criaturas que han decidido convertir su piel en un mural permanente, como si la epidermis fuera un lienzo público y no un territorio íntimo.

Y no hablemos del dolor.
Porque tatuarse duele, y no poco.
Y duele pagar lo que cuesta.
Y duele aún más cuando, pasados los años, uno descubre que aquella frase en inglés mal traducido no era tan profunda como parecía a los veinte.

Pero lo que más duele —al menos a quienes aún creemos en la elegancia— es ver cómo la normalidad estética se ha rendido.
Cómo chicas y chicos perfectamente sensatos, educados, discretos, han caído en la trampa de creer que un tatuaje los hace modernos, interesantes o únicos…
cuando lo único verdaderamente único hoy es no llevar ninguno.

La paradoja es deliciosa:
lo que nació como gesto contracultural se ha convertido en uniforme de masas.
La rebeldía se ha vuelto obediencia.
La singularidad, rutina.
La libertad, moda.

Y uno, que ya ha visto demasiadas modas pasar, no puede evitar pensar que la piel —esa obra maestra que la naturaleza tardó millones de años en perfeccionar— merecía algo más que convertirse en catálogo de símbolos prefabricados.

No pido que nadie renuncie a lo que le gusta.
Solo pido —con humor, con ironía, con un suspiro renacentista— que recordemos que la elegancia también existe, que la piel también es belleza, que la sobriedad también comunica, que la ausencia de tinta también es un estilo.

Y que, en un mundo donde todos se tatúan,
la verdadera modernidad quizá sea no hacerlo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL TEXTO DESTACADO

TINTA

  Contra la epidemia de tinta que se vende como libertad estética Hay modas que uno observa con paciencia, otras con resignación, y alguna...