martes, junio 16, 2026

VULGAR

 En estos tiempos nuestros, tan dados al exceso y tan enemigos del matiz, conviene recordar —aunque sea a riesgo de parecer un humanista escapado de una pintura de Rafael— que la elegancia no es un capricho, sino una forma de civilización.

Y que su ausencia, tan celebrada hoy bajo el disfraz de modernidad, no es progreso, sino simple ruido con pretensiones.

Porque, digámoslo sin temblor: la vulgaridad se ha puesto de moda, y lo ha hecho con la insolencia de quien cree estar inaugurando una nueva era estética, cuando en realidad solo está repitiendo viejos errores con peor gusto y más decibelios.

El Renacimiento, ese periodo luminoso que algunos recuerdan solo por las pelucas y los cuadros, entendía algo que hoy parece ciencia oculta: que vestirse bien es un acto de respeto, no de vanidad. Que la armonía de las formas no es superficial, sino profundamente humana. Y que un perfume, usado con mesura, es una cortesía; usado en exceso, un atentado.

Pero hoy abundan por las calles criaturas que confunden libertad con desaliño, autenticidad con estridencia y personalidad con un frasco de colonia vaciado sobre el propio cuerpo como si fuera un ritual chamánico. Son los apóstoles del exceso, los profetas del “yo soy así”, los devotos del “es lo que se lleva”, que creen que la elegancia es un invento opresor del pasado, cuando en realidad es la forma más amable de convivencia.

Porque la elegancia —la verdadera, la que no presume— no consiste en vestir caro, sino en vestir con criterio. No consiste en llamar la atención, sino en no agredir la mirada ajena. No consiste en oler a kilómetros, sino en dejar un rastro leve, como un buen verso.

El perfume, ese invento que en manos sabias es poesía líquida, se ha convertido en manos imprudentes en arma química de uso cotidiano. Hay quien entra en un ascensor y deja tras de sí un ambiente que haría llorar a un ángel renacentista. Y no de emoción.

La elegancia, en cambio, es discreta. Es sobria. Es silenciosa. Es, si se me permite el atrevimiento, una forma de inteligencia. Porque quien sabe vestirse sabe mirarse; y quien sabe mirarse, sabe estar.

Y quizá por eso molesta. Porque la elegancia exige algo que nuestra época detesta: medida. La medida que enseñaban los humanistas, la que predicaban los filósofos, la que practicaban los artistas. La medida que hoy se confunde con timidez, cuando en realidad es la base de toda belleza.

No se trata de volver al jubón ni a la gola —aunque algún día, quién sabe, podría ser divertido—, sino de recuperar la idea renacentista de que el exterior no es un envoltorio, sino un lenguaje. Y que si vamos a hablar con la ropa, mejor que no grite.

Por eso, desde esta columna que quizá no gane dinero pero sí lectores, me atrevo a proclamar un pequeño manifiesto renacentista: vistamos con dignidad, perfumémonos con mesura y vivamos con elegancia, no por nostalgia, sino por higiene estética y moral.

Porque la vulgaridad pasará, como pasan todas las modas que no tienen alma. La elegancia, en cambio, permanece. Y mientras quede un solo ciudadano que entienda que la armonía es una forma de bondad, el Renacimiento seguirá vivo, aunque sea en la cola del supermercado.

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