NOVELA NEGRA | Capítulo IV: El Día en que la Ciudad Decidió Hablar
Donde la amenaza se hace carne, y la ciudad demuestra que escucha más de lo que dice
Vicente amaneció con la sensación de que alguien había movido los muebles de su cabeza mientras dormía.
No recordaba sueños, pero sí un peso.
Un peso que no venía del cuerpo, sino de la calle.
El mensaje del hombre de la farola seguía ahí, flotando en el aire como un olor que no se va ni con ventanas abiertas.
“Mañana hablaremos. Y esta vez… no será por teléfono.”
Vicente se preparó un café.
Lo bebió sin ganas.
Miró por la ventana.
La ciudad estaba demasiado tranquila.
Demasiado limpia.
Demasiado ordenada.
Y cuando una ciudad se comporta así, es que está escondiendo algo.
Camilleri habría dicho:
“Cuando la ciudad calla, es porque está escuchando.”
IV.1. El inspector Luján y la teoría del idiota útil
A media mañana, Vicente decidió pasar por la comisaría.
No porque creyera que Luján fuera a ayudarlo, sino porque necesitaba ver una cara que no quisiera matarlo.
Luján estaba sentado detrás de su mesa, con un café que parecía haber sido torturado.
—¿Otra vez tú? —gruñó sin levantar la vista.
—Me han vuelto a llamar —dijo Vicente.
—¿Y qué querías que hicieran? ¿Mandarte flores?
—Me han amenazado.
—Ah —dijo Luján, como si le hubieran dicho que iba a llover—. Eso ya es otra cosa.
El inspector se inclinó hacia adelante.
—Escucha, escritor. Esta gente no es lista. Pero tampoco es tonta.
Buscan idiotas útiles.
Y tú…
—hizo una pausa teatral—
tú tienes pinta de no ser idiota, pero sí de útil.
Vicente lo miró con una mezcla de indignación y resignación.
—¿Eso es un cumplido?
—Es lo más parecido que vas a oír de mí.
IV.2. La mujer del locutorio reaparece
De camino a casa, Vicente pasó por el locutorio.
No quería entrar.
No quería mirar.
No quería saber.
Pero la mujer estaba allí.
Sentada en un taburete, hablando por teléfono con una voz que ya reconocía como si fuera una canción triste.
Esta vez no discutía.
Esta vez lloraba.
Vicente sintió un pinchazo en el estómago.
No de compasión.
De intuición.
La mujer colgó, se secó la cara con la manga y salió.
Vicente la siguió a distancia.
Ella caminó rápido, como si la calle fuera un enemigo.
Se metió en un callejón estrecho.
Vicente dudó.
Pero siguió.
Al doblar la esquina, la vio hablando con un hombre.
No era el de la farola.
Era peor.
Tenía la mirada de alguien que no teme a la policía porque la policía teme a él.
Vicente retrocedió un paso.
Demasiado tarde.
El hombre lo había visto.
IV.3. El encuentro
El tipo se acercó despacio.
No tenía prisa.
Los que no tienen prisa son los que mandan.
—¿Tú eres Vicente? —preguntó sin rodeos.
—Depende de quién pregunte —respondió Vicente, intentando sonar más valiente de lo que se sentía.
—Yo pregunto —dijo el hombre.
La mujer del locutorio lo miraba con ojos de súplica.
No por él.
Por ella.
Como si temiera que la culpa fuera contagiosa.
El hombre se acercó tanto que Vicente pudo oler su aliento:
tabaco barato y algo más…
algo metálico.
—Te dije que hablaríamos —dijo el hombre—.
Y aquí estamos.
Vicente tragó saliva.
—No quiero problemas.
—Los problemas no se quieren —dijo el hombre—.
Los problemas vienen.
La mujer intervino.
—Déjalo, por favor. Él no sabe nada.
El hombre la ignoró.
—Escucha, escritor.
No te metas donde no te llaman.
No sigas a nadie.
No preguntes.
No mires.
No escribas.
Vicente sintió un escalofrío.
—¿Es una amenaza?
—No —dijo el hombre, sonriendo por primera vez—.
Es un consejo.
Y se fueron.
Sin mirar atrás.
Como si Vicente fuera un mueble viejo que ya no les interesaba.
IV.4. El silencio que pesa
Vicente volvió a casa caminando despacio.
No por miedo.
Por dignidad.
Se sentó frente al ordenador.
Abrió un documento nuevo.
Escribió una frase.
La borró.
Escribió otra.
La borró también.
Camilleri habría dicho:
“Cuando la vida se vuelve novela, la novela se vuelve vida.”
Vicente cerró el portátil.
Miró la pared.
Miró el móvil.
Miró la ventana.
La ciudad seguía ahí fuera.
Respirando.
Esperando.
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