NOVELA NEGRA | Capítulo X: El Nombre que Respira en las Sombras
Donde la ciudad se estrecha, la policía duda y Vicente descubre que el pasado no estaba dormido
La noche cayó sobre Valencia como una manta húmeda.
No refrescaba.
No calmaba.
Solo pesaba.
Vicente caminaba sin rumbo, como si la ciudad pudiera darle respuestas si la recorría lo suficiente.
Pero la ciudad no hablaba.
La ciudad observaba.
Camilleri habría dicho:
“Cuando la ciudad calla, es porque está esperando que seas tú quien hable.”
Y Vicente no tenía ganas de hablar.
X.1. El inspector Luján y la verdad que no quiere decir
Luján lo llamó a medianoche.
—Ven a la comisaría —dijo sin saludar.
—¿Ha pasado algo?
—Siempre pasa algo. Ven.
Vicente llegó en diez minutos.
Luján estaba en su despacho, con la camisa arrugada y la mirada de quien lleva demasiadas horas peleando con la realidad.
—Tenemos un problema —dijo.
—¿Otro?
—Uno grande.
Luján dejó caer una carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotos.
Documentos.
Informes.
Vicente reconoció un rostro.
La mujer del locutorio.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Su expediente.
—¿Por qué me lo enseñas?
—Porque ya no es testigo.
—¿Qué es entonces?
—Una desaparecida.
—Luján bajó la voz—.
Y una pieza clave.
Vicente sintió un nudo en el estómago.
—¿Clave de qué?
—De algo que no debería existir.
X.2. El nombre prohibido empieza a tomar forma
Luján abrió otra carpeta.
Esta vez no había fotos.
Solo un nombre escrito en mayúsculas.
El nombre.
El que la mujer había dicho en voz baja.
El que Vicente había intentado olvidar.
El que había vuelto del pasado como un perro callejero.
Vicente tragó saliva.
—¿Qué sabes de él? —preguntó.
—Lo justo para no querer saber más.
—Dímelo.
—No te va a gustar.
—Dímelo igual.
—Ese nombre…
—Luján respiró hondo—
no es un hombre.
Vicente sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no es un hombre?
—Es un alias.
—¿De quién?
—De un grupo.
—¿Qué grupo?
—Uno que opera entre Valencia, Marsella y Palermo.
—¿Mafia?
—No exactamente.
—¿Entonces qué?
—Algo peor.
—Luján lo miró a los ojos—.
Gente que no quiere dinero.
Quiere silencio.
Vicente se apoyó en la mesa.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Todo.
X.3. La mujer del locutorio y la deuda que no sabía que tenía
Luján encendió un cigarrillo.
No debía fumar allí.
Pero lo hizo igual.
—La mujer del locutorio —dijo— no trabajaba para ellos.
—¿Entonces?
—Les debía algo.
—¿Qué?
—Un favor.
—¿Qué favor?
—El tipo de favor que no se puede devolver.
Vicente sintió un vacío.
—¿Y yo qué pinto en esto?
—Ella habló contigo.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque tú escribes.
Porque tú cuentas cosas.
Porque tú ves cosas.
Y ellos no quieren que nadie vea nada.
Vicente se dejó caer en la silla.
—¿La han matado?
—No lo sé.
—¿Lo sospechas?
—Sí.
X.4. El detenido habla… pero no lo suficiente
Luján lo llevó a la sala de interrogatorios.
El hombre de la chaqueta oscura seguía allí.
Sentado.
Tranquilo.
Como si el tiempo no le afectara.
—Tenemos preguntas —dijo Luján.
—Yo también —respondió el hombre.
—¿Dónde está la mujer?
—No lo sé.
—Mientes.
—Siempre.
—¿Quién se la llevó?
—Gente que no perdona.
—¿Por qué?
—Porque habló.
—¿Con quién?
—Con él.
El hombre señaló a Vicente.
Vicente sintió un escalofrío.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó.
—Nada.
—¿Entonces por qué me siguen?
—Porque existes.
—Eso no tiene sentido.
—Para ellos sí.
El hombre se inclinó hacia adelante.
—Vicente…
—dijo con una voz que no había usado antes—
tú no eres un objetivo.
Eres un mensaje.
X.5. Final del capítulo
Vicente salió de la sala con la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies.
La ciudad parecía más estrecha.
Más oscura.
Más consciente.
La mujer del locutorio estaba desaparecida.
El nombre prohibido ya no era un hombre.
Era un grupo.
Una sombra.
Una estructura.
Y él estaba en medio.
Mientras caminaba hacia la salida, Vicente pensó:
Camilleri… ahora sí que la novela ha dejado de ser una historia. Ahora es una advertencia.
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