NOVELA NEGRA | Capítulo VIII: La Ciudad que Respira en tu Nuca
Donde el peligro deja de ser sombra y se convierte en presencia
Vicente amaneció con la sensación de que alguien había estado en su casa mientras dormía.
No había nada fuera de lugar.
Nada roto.
Nada robado.
Pero el aire estaba distinto.
Más denso.
Más pesado.
Como si la habitación hubiera contenido una respiración que no era la suya.
Camilleri habría dicho:
“El peligro no siempre entra haciendo ruido. A veces entra pidiendo silencio.”
Y ese silencio estaba allí.
VIII.1. El sobre que no debería existir
Al abrir la puerta para bajar a por el pan, Vicente vio algo en el felpudo.
Otro sobre.
Sin remitente.
Sin sello.
Sin nada.
Lo abrió con la punta de los dedos, como quien desactiva una bomba.
Dentro había una sola frase, escrita con letra firme:
“Hoy no salgas.”
Vicente sintió un escalofrío.
No por la amenaza.
Por la certeza de que alguien sabía exactamente cómo vivía.
A qué hora bajaba.
Qué hacía.
Qué no hacía.
La ciudad ya no era escenario.
Era testigo.
VIII.2. El inspector Luján y la teoría del cerco
Vicente fue a la comisaría.
No porque creyera que Luján pudiera salvarlo, sino porque necesitaba una voz humana que no quisiera matarlo.
Luján estaba revisando unos papeles con la expresión de quien preferiría estar en cualquier otro sitio.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó sin levantar la vista.
—Otro sobre.
—¿Qué ponía?
—“Hoy no salgas.”
—Pues no salgas.
—¿Eso es todo?
—Vicente… —Luján dejó los papeles—.
Cuando alguien te dice que no salgas, no es un consejo.
Es un aviso.
Y cuando te avisan, es porque ya te tienen localizado.
Vicente se sentó.
—¿Qué hago?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
Cuando el cerco se cierra, moverse es lo peor.
Espera.
Observa.
Y reza para que no quieran verte hoy.
Vicente suspiró.
—No soy bueno esperando.
—Ya lo sé —dijo Luján—. Por eso estás en este lío.
VIII.3. La mujer del locutorio y la verdad que sangra
Vicente volvió al locutorio.
No debía salir, pero quedarse quieto le parecía peor.
La mujer estaba allí.
Pero no en el taburete.
No hablando.
No llorando.
Estaba en la calle.
Con la cara golpeada.
Con el labio partido.
Con los ojos hinchados.
Vicente sintió una mezcla de rabia y culpa.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Me han dicho que deje de hablar contigo.
—¿Y tú qué has hecho?
—He hablado contigo.
Vicente tragó saliva.
—Lo siento.
—No lo sientas.
—Ella levantó la mirada—.
Ya estaba muerta antes de conocerte.
Ahora al menos sé por qué.
Vicente sintió un nudo en el estómago.
—Dime quién te ha hecho esto.
—No puedo.
—Dímelo.
—No sirve de nada.
—Sirve para que yo sepa a quién tengo delante.
—Vicente…
—ella bajó la voz—
no tienes a uno delante.
Tienes a muchos detrás.
VIII.4. El hombre de la chaqueta oscura entra en escena
Vicente sintió un cambio en el aire.
Un silencio repentino.
Un vacío.
Se giró.
El hombre de la chaqueta oscura estaba allí.
A cinco metros.
Mirándolo.
Sin prisa.
Sin emoción.
Sin humanidad.
La mujer del locutorio palideció.
—Vete —susurró.
—¿Por qué?
—Porque si te quedas, no habrá capítulo nueve.
Vicente dio un paso atrás.
El hombre dio un paso adelante.
No corrió.
No habló.
No amenazó.
Solo avanzó.
Como si Vicente fuera un trámite.
Camilleri habría dicho:
“Hay hombres que no matan por odio, sino por costumbre.”
Y este tenía pinta de ser uno de ellos.
VIII.5. El escape que no estaba planeado
Vicente hizo lo único que podía hacer:
se metió en el primer portal abierto que encontró.
Subió las escaleras de dos en dos.
Escuchó pasos detrás.
No rápidos.
No desesperados.
Pasos tranquilos.
Pasos de quien sabe que tarde o temprano te alcanzará.
Llegó a la azotea.
El sol le golpeó la cara.
El viento olía a mar y a peligro.
No había salida.
Solo un muro.
Y una caída.
El hombre apareció en la puerta de la azotea.
Sonrió.
Una sonrisa mínima.
Suficiente.
—Te dije que no corrieras —dijo.
Vicente respiró hondo.
Y entonces, desde abajo, una voz gritó:
—¡Policía! ¡Quieto!
Era Luján.
Con dos agentes.
Armas desenfundadas.
El hombre de la chaqueta oscura no se movió.
No levantó las manos.
No huyó.
Solo dijo:
—Esto no ha terminado.
Y se dejó detener.
VIII.6. Final del capítulo
Vicente se apoyó en la pared, temblando.
No de miedo.
De alivio.
De incredulidad.
Luján subió jadeando.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
—Pues acostúmbrate.
—Luján miró al detenido—.
Porque este no es el final.
Es el principio.
Vicente miró el cielo.
La ciudad respiraba.
La historia seguía.
Y pensó:
Camilleri… ahora sí que la novela...
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