NOTA DE AUTOR
Escribir esta historia no fue una decisión.
Fue una consecuencia.
Una consecuencia de vivir en una ciudad donde las sombras caminan más rápido que la luz, donde las voces se cruzan sin tocarse, donde las historias reales son más extrañas que las inventadas.
Una ciudad que, como todas las mediterráneas, tiene memoria larga y paciencia corta.
Mucho de lo que aquí se cuenta nació de anécdotas que me ocurrieron de verdad.
Anécdotas pequeñas, raras, aparentemente insignificantes, pero que se quedaron conmigo como piedras en el zapato.
Unas llamadas extrañas.
Unas miradas que no encajaban.
Unos silencios demasiado largos.
Unos encuentros que parecían casuales… y no lo eran tanto.
No he escrito esta novela para denunciar nada.
Ni para señalar a nadie.
Ni para buscar culpables.
La he escrito porque las historias que no se cuentan se pudren, y yo no quería que esta se pudriera.
Quería darle forma.
Quería darle voz.
Quería darle un final, aunque la vida rara vez los ofrece.
Si algo he aprendido mientras escribía es que todos somos un poco como Vicente:
curiosos, tercos, vulnerables, testarudos, incapaces de dejar un hilo suelto sin tirar de él.
Y también he aprendido que, a veces, tirar del hilo es lo que nos salva.
O lo que nos complica la vida.
O ambas cosas a la vez.
A quienes lean esta historia —en Valencia, en Alemania, en Singapur o en Estados Unidos— solo puedo decirles una cosa:
Gracias por acompañarme en este paseo por las calles donde la luz deslumbra y las sombras hablan.
Y si alguna vez sienten que la realidad se parece demasiado a esta novela…
no se preocupen.
A veces la ficción solo es la realidad con mejor ritmo.
— Vicente
L’Eliana, Valencia
2026
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