Luis no siempre fue el hombre sombrío que hoy se mira al espejo. Hubo un tiempo en que su sonrisa llenaba las habitaciones, pero las decepciones, como gotas persistentes, la borraron de su cara. Su carácter se oscureció, y él empezó a vivir en piloto automático, con una salud frágil que lo perseguía desde niño. En 2004, la muerte de su abuelo —su refugio, su guía— lo dejó a la deriva, y desde entonces se escondió en los libros y la tecnología, buscando en ellos lo que el mundo le negaba. Un mensaje anónimo en un foro oscuro —"Si quieres respuestas, descifra las tuyas"— lo despertó. Así nació Radio Sin Fronteras, una estación en línea que montó con un micrófono rescatado y una computadora vieja, un vuelo en solitario tras años de soledad entre multitudes. Era diciembre de 2020, y aunque Javi, su amigo y compañero radial desde los 90, no lo tomó bien, Luis decidió seguir solo.
Los primeros años fueron un caos de cables y sueños rotos. Con un presupuesto mínimo —reparando computadoras, vendiendo trastos—, habló de libros olvidados y teorías imposibles, sin saber si alguien lo oía. Pero lo oían: "Sigue hablando", llegó desde Tokio; "Esto me hace el día", desde Bogotá. Su voz, ronca y cargada de sombras, se volvió un faro para otros, aunque él apenas lo notara. El tercer año trajo cambios: los músicos llegaban solos —Clara de Granada, un rapero de Sevilla, italianos con sintetizadores—, pero la publicidad era esquiva, y el proveedor exigía 20.000 oyentes mensuales, una meta imposible cuando 10.000 al año ya era un milagro. Tres anunciantes —coches, seguros, comida rápida— lo sostenían, mientras ofertas extranjeras —una discográfica italiana, plataformas americana y alemana— lo tentaban con alcance a cambio de control. Luis dudó y esperó, hasta que Clara trajo un eco español que lo ancló.
Pero no todo era luz. La poca interacción de su audiencia lo confundía; sus desvelos parecían caer en el vacío. Un pódcast en inglés fue un fracaso, y rechazar a Marta, una locutora que pudo haberlo cambiado todo, le dolió como un clavo. Luego vinieron sombras extrañas: correos de equipos caros que no podía pagar, amenazas anónimas de piratas coreanos, una oferta absurda de un inglés para comprar una pistola. Luis rastreó el rastro, vio que era ruido digital y lo arrojó a la papelera. "No siempre los malos ganan", pensó, aliviado, pero la calma no duró. En 2025, con cincuenta años recién cumplidos, su salud empeoró —hernias, colon traidor, cansancio—, y el estancamiento de la radio pesaba. Un conocido lo intentó engatusar con otro proyecto vacío, pero Luis ya conocía sus mentiras.
El tiempo lo golpeaba. Su abuelo no estaba para animarlo, Javi vivía feliz con su mujer y su imprenta, dejando su radio muerta desde 2023. Luis no celebraba Navidad desde 2004, aunque programaba villancicos para otros. El postgrado de radio en 2013, que le costó salud y esperanza, no lo salvó; desde entonces, solo portazos. Cuatro años y siete meses llevaba con Radio Sin Fronteras, una criatura que crecía demasiado lento. Fuera de la radio y sus blogs —leídos por cuatro belgas despistados—, se sentía un perdedor. Un directivo de 1989 le dijo que no llegaría a nada, y quizás por eso leyó 800 libros y montó su emisora tras dar tumbos desde los veinte. Había sido confiado, se había querido poco, y lo pagaba caro.
En enero de 2025, borró el teléfono de Javi, cansado de ser su sombra. En un cajón encontró fotos: una chica que lo animó a escribir, una cantante a quien regaló la guitarra de su abuelo en 2012 y que desapareció tras reírse cada tres palabras. Las tiró a la basura; no pesaban tanto como creía. "Las canciones no me tienen que gustar a mí, son para ellos", pensó, programando un tema que no le decía nada. "Esto es Radio Sin Fronteras, donde seguimos", dijo al aire. "Gracias por no rendirte", llegó desde Lisboa. No era mucho, pero era algo. Cuatro años y siete meses en su cueva, y Luis aún no sabía si volaba o solo resistía.
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