Luis ya no esperaba nada. Todas las personas que alguna vez lo habían apoyado —su abuelo, Javi, aquella chica que lo animó a escribir— habían hecho su vida, y él se sentía como un juguete roto, olvidado en un rincón. Radio Sin Fronteras, con sus cuatro años y siete meses, seguía siendo su refugio, pero también su carga. Siguió buscando música y publicidad, aunque esta última la delegó en un convenio con una agencia que sabía que no le daría más que disgustos. Era una decisión desesperada; llegó un momento en que no podía con todo: buscar músicos, gestionar la radio para que no sonara siempre igual, lidiar con las malditas redes sociales que tantos quebraderos de cabeza le traían. No eran mensajes de apoyo lo que encontraba ahí, sino negocios turbios, cursos de "hágase rico en una mañana" y estafas que esquivaba como podía —las seductoras sentimentales con promesas falsas, el timo del nigeriano que llegaba puntual el 1 de cada mes—.
Perseguir músicos para tener más variedad exigía volver a la casilla de salida. Algunos llamaban a su puerta, Clara seguía fiel, el rapero de Sevilla mandaba algo de vez en cuando, pero no bastaba. No quería estancarse, repetir las mismas canciones hasta que los oyentes se fueran. A veces le daba la impresión de ser invisible, como si sus emisiones se perdieran en el éter; otras, se sentía un mendigo de afecto, rogando un "sigue" que apenas llegaba. Por eso siempre volvía a su refugio, la radio. Ahora todo lo controlaba él: los logotipos, las canciones, cada cuánto cambiaba la programación para intentar dar el salto que soñaba desde los veinte años. Pero muchas veces pensaba si todo valía la pena. Había dado tumbos por emisoras municipales desde entonces, buscando un lugar, solo para acabar de nuevo en el maldito anonimato.
Era enero de 2025, y el frío no ayudaba. Con tres anunciantes —coches, seguros, comida rápida y una salud que se desmoronaba, cada día era un esfuerzo. Entonces llegó un correo: "Soy psicóloga, ofrezco un consultorio en tu radio. Podría conectar con tus oyentes". Luis lo leyó con una mueca. ¿Cómo iba a pagar a una psicóloga por una sección si hasta había tenido problemas con algún cantante por el horario en que quería que sonaran sus canciones? Recordaba a un tipo quejándose porque su tema no salía a las diez de la noche, como si Luis tuviera un ejército para complacerlo. "No, gracias", respondió, seco, y cerró el portátil. No había dinero, no había energía, y la idea de un consultorio le sonaba a otro sueño que no podía permitirse.
Esa noche, puso un tema italiano que no le entusiasmaba. "Esto es Radio Sin Fronteras, donde seguimos respirando", dijo al micrófono, con la voz gastada por los cincuenta años y los desengaños. Un mensaje llegó: "No te veo, pero te escucho", desde Zaragoza. No era mucho, pero era algo. Miró el logo que había diseñado él mismo —unas ondas torcidas, como su vida— y se preguntó si el salto llegaría alguna vez o si seguiría siendo un juguete roto, controlando su cueva mientras el mundo giraba sin él.
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