Luis no tuvo que esperar mucho. Clara tardó poco en enviar una de las letras que él había lanzado a modo de reto, esas dos piezas románticas que escribió con mano temblorosa y envió desde un correo anónimo. Llegó un archivo con su voz, esa mezcla de calidez y rasguños que ya conocía, pero esta vez envuelta en una melodía pegajosa y una instrumentación inusual para ella. Nada de guitarras suaves o loops electrónicos discretos; había metido un bajo pulsante, sintetizadores que brillaban como luces lejanas y un ritmo que se te pegaba a los pies. Quedó muy bien, mejor de lo que Luis esperaba. Se quedó escuchándola tres veces seguidas, sentado en su cueva, con el micrófono apagado y una media sonrisa que no recordaba haber tenido en meses.
No se lo pensó y se lo hizo saber con prontitud. "Clara, esto es oro. Gracias por darle vida", escribió desde el correo de la radio, olvidándose por un momento de ocultar que era él. Luego, buscando algo más que palabras, le mandó una tarjeta digital con unas violetas. Supuso que con la estética de Clara —esa mezcla de melancolía y delicadeza que imaginaba en ella— le gustaría. Era un gesto pequeño, casi torpe, pero sincero. No esperaba respuesta, no la buscaba; solo quería que supiera que su esfuerzo valía. Que ella, entre los 100 discos acumulados y las semillas desperdigadas de Radio Sin Fronteras, era un faro que no se apagaba.
Puso la canción al aire esa noche. "Esto es Radio Sin Fronteras, y esto es Clara con algo nuevo", dijo, con la voz menos gastada que de costumbre, como si la melodía le hubiera quitado un poco de peso a sus cincuenta años. El tema llenó el éter, y los mensajes no tardaron: "Esto se queda en la cabeza", desde Madrid; "Clara siempre sorprende", desde Bogotá. No eran muchos, pero eran algo. Luis miró el mapa del servidor —puntos verdes en Sevilla, Santiago, Lisboa— y pensó que quizás Clara sí atraería a otros, que esas violetas digitales no caerían en saco roto. La selva seguía ahí, con sus tres anunciantes raquíticos y las reglas del proveedor apretando, pero por un momento, la barca de pesca navegó más ligera.
Clara no respondió al correo ni a la tarjeta, pero Luis no lo tomó a mal. Ella era así: una voz que llegaba, no una presencia que se quedaba. Guardó la otra letra, la que aún no había musicado, y se preguntó si alguna vez se atrevería a escribirle algo más personal. Por ahora, la melodía pegajosa seguía sonando en su cabeza, y eso bastaba para seguir remando.
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