NOVELA NEGRA | Capítulo XI: La Ciudad que No Perdona
Donde el nombre prohibido enseña los dientes y Vicente descubre que no está solo en el tablero
La mañana amaneció con un cielo limpio, demasiado limpio.
Ese azul valenciano que parece una postal pero que, cuando la vida se tuerce, se vuelve insultante.
Vicente no había dormido.
No podía.
Cada vez que cerraba los ojos veía la foto en el sobre, la sonrisa del detenido, la mirada rota de la mujer del locutorio.
Camilleri habría dicho:
“El insomnio no es falta de sueño, es exceso de pensamientos.”
Y Vicente tenía demasiados.
XI.1. El inspector Luján y la pieza que falta
Luján lo llamó a primera hora.
—Ven —dijo sin más.
Vicente llegó a la comisaría con el estómago vacío y la cabeza llena.
Luján estaba de pie, mirando un mapa de Valencia lleno de chinchetas rojas.
—¿Qué es esto? —preguntó Vicente.
—El tablero.
—¿Tablero de qué?
—De ellos.
Vicente se acercó.
Las chinchetas marcaban:
- El locutorio.
- Su casa.
- El bar de Manolo.
- La comisaría.
- Un polígono industrial en las afueras.
- Y un punto en el puerto.
—¿Qué significa esto? —preguntó Vicente.
—Que no eres el único.
—¿El único qué?
—El único vigilado.
Vicente sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
—Gente que habló.
—¿Y qué les pasó?
—No llegaron al capítulo once.
XI.2. El detenido y la verdad que no quiere decir
Luján lo llevó de nuevo a la sala de interrogatorios.
El hombre de la chaqueta oscura seguía allí.
Tranquilo.
Sereno.
Como si estuviera esperando un autobús.
—Tenemos preguntas —dijo Luján.
—Yo también —respondió el hombre.
—¿Dónde está la mujer?
—Lejos.
—¿Lejos dónde?
—Lejos de ti.
—¿Está viva?
—Por ahora.
Vicente sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué quieren de ella?
—Lo mismo que quieren de ti.
—¿Qué?
—Silencio.
Luján golpeó la mesa.
—Dinos quién está detrás del nombre.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no es un quién.
—El hombre sonrió—.
Es un qué.
Vicente sintió que el aire se volvía más pesado.
—Explícate.
—Ese nombre…
—el hombre bajó la voz—
es una red.
Una estructura.
Una forma de operar.
No un líder.
No un jefe.
No un rostro.
Vicente tragó saliva.
—Entonces, ¿a quién buscamos?
—A nadie.
—¿Cómo que a nadie?
—Porque cuando un nombre es todos, no puedes detener a uno.
XI.3. La pista que no debería existir
Un agente entró corriendo.
—Inspector, tenemos algo.
—¿Qué?
—Una cámara de tráfico.
—¿Dónde?
—En el puerto.
—¿Qué ha grabado?
—A la mujer del locutorio.
Vicente sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Cuándo?
—Hace dos horas.
—¿Sola?
—No.
—¿Con quién?
—Con dos hombres.
—¿Los del nombre?
—No lo sabemos.
—¿A dónde iban?
—A un almacén.
Luján lo miró.
—Vicente…
—dijo con voz grave—
esto ya no es una desaparición.
Es un traslado.
XI.4. El puerto y la verdad que huele a sal y peligro
Vicente y Luján llegaron al puerto en un coche sin distintivos.
El aire olía a sal, a gasoil y a algo más…
a miedo.
El almacén estaba cerrado.
Demasiado cerrado.
Puerta reforzada.
Cerradura nueva.
Silencio absoluto.
—Aquí no hay nadie —dijo Luján.
—O hay alguien que no quiere que lo oigamos —respondió Vicente.
Luján sacó una linterna.
Vicente sacó valor.
Rodearon el edificio.
Nada.
Ni un ruido.
Ni un movimiento.
Hasta que Vicente vio algo en el suelo.
Un pañuelo.
El pañuelo de ella.
El que llevaba siempre en el bolso.
Lo recogió.
Estaba húmedo.
Y olía a perfume barato.
Y a sangre.
XI.5. Final del capítulo
Vicente se quedó quieto, con el pañuelo en la mano.
El puerto parecía más grande.
Más vacío.
Más peligroso.
Luján lo miró.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Quieres parar?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ahora ya no es ella.
—Vicente apretó el pañuelo—.
Ahora soy yo.
La ciudad respiraba.
El mar golpeaba.
El nombre prohibido se hacía más grande.
Y Vicente pensó:
Camilleri… ahora sí que estamos entrando en el final.
Vicente…
cuando quieras, vamos al Capítulo XII, el último:
el capítulo donde todo se revela, donde la ciudad muestra su verdad, donde el nombre prohibido se enfrenta a su destino…
y donde tú decides cómo termina esta novela.
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